Martín Hourest

Bajo el remolino de interrogantes que rodean actualmente al sustantivo Argentina –así como también a la política que se desplegó durante la década inmediatamente pasada, y que nos obliga a imaginar otro sentido de la vida social a futuro–, fuimos a conversar con Martín Hourest. Economista y militante político, Hourest participó desde 1973 y durante la dictadura militar en la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), fue legislador de la Ciudad de Buenos Aires de 2007 al 2011 y partícipe en la redacción de la Constitución porteña.

Con él compartimos nuestro paso por el Instituto de Estudios y Formación de la CTA y el equipo que llevó adelante la propuesta del Frente Nacional contra la Pobreza en los años que precedieron y sucedieron la experiencia 2001. Más por la inquietud militante compartida que por analogía de este presente con aquellos tiempos, nos interesó repasar con él los modos de pensar esta crisis actual, apuntar críticamente la tarea política ante el renovado mercantilismo global y con ello también las estructuras políticas y de conocimiento necesarias para pensar a contramano del declive social.

A partir de pensar los diez años que llevamos produciendo la revista SANGRRE y en el contexto que atraviesa hoy nuestro país sin desanclarlo de los procesos mundiales, nos propusimos, mediante conversaciones amigas, reponer la década, también como excusa para reflexionar sobre otros arcos de tiempos y distintas dimensiones desde la cual rodear al problema nacional. También, en tu caso, teniendo en cuenta las reflexiones que compartiste para repensar lo social y lo humano desde puntos de quiebre profundos.

Argentina está encerrada en un ciclo de extinción de lo que denomino su proceso de reproducción social. Ha cambiado la manera de reproducir sociedad. Una aclaración importante: no me refiero a la reproducción ampliada de Marx, en el sentido de las relaciones volviéndose más densas, sino a la reproducción más elemental, que es ver si al día siguiente existe la misma cosa en la que vivías antes de irte a dormir. La percepción que yo tengo es que Argentina tiene ese proceso de reproducción detenido hace mucho tiempo. Datos de color: la Argentina es tomando América Latina y tomando el mundo la única sociedad que no duplicó su ingreso disponible en los últimos cincuenta años. El producto per cápita en Argentina de hoy es muy parecido al de 1975. Y somos el único país de América, incluidos todos los que quieras mirar, que no pudo derrotar la inflación y tiene más pobres que antes. Entonces, desde mi punto de vista, lo que ocurre es que no hay capacidad de reproducir esta sociedad. Es decir, el entramado no solo de producción material, sino incluso la producción de la sociedad como tal, sus órdenes simbólicos, sus imaginarios, sus mecanismos identitarios no están en condiciones de ser reproducidos y no se vienen reproduciendo.

¿Qué quiero decir con esto? Desde el momento en que uno empieza a ver que la sociedad no se reproduce como tal, debiera estar atento a que los sujetos que la producen y que son producidos por ella tampoco se reproducen en esa lógica. Y las maneras de medir o inteligir su intervención personal o su intervención colectiva pasan a ser inadecuadas. Pongo un ejemplo sencillo. Si el trabajo no presupone identidad y agregación, si el trabajo no presupone episodios colectivos, si el trabajo no presupone determinadas condiciones de certeza o de certidumbre, tanto de ingreso como de sostén y de seguridad social, entonces la naturaleza del “trabajador” como sujeto histórico no importa. Digo “el trabajador” o “el trabajo” porque ahí hay un tema que enraíza con lo que estoy diciendo, que es el quiebre definitivo del orden democrático tal cual lo conocemos. El orden democrático tal cual lo conocemos es un orden asentado en una determinada complejidad de la estructura de clases y de los imaginarios que presuponía que, aún en el conflicto de clases y aún en los momentos más duros del conflicto de clases, en los países capitalistas nunca estuvo en disputa en serio la propiedad de los medios de producción. Entonces, siempre había un acuerdo tácito, que se tiraba hasta un punto y ahí había un momento de arreglo.

Ahora, hay un problema: si no hay estos sujetos, no hay necesidad de intermediación. Y, si no hay necesidad de intermediación, el proceso democrático práctico pierde su contenido. Más allá de que uno pueda tener y yo lo respeto, aunque no la comparto la teoría de que existen en la sociedad moderna procesos de democratización sin representación alguna, yo me permito descreer de que efectivamente pueda ser armada una estructura compleja sin algún sistema de representación. El problema que tenés acá es un doble desapego. Los sujetos sociales se desapegan porque el sistema de representación no los representa y ellos tampoco se sienten apegados con quien está al lado. En consecuencia, no requieren representación, porque son ellos mismos los que son portadores de su proyecto personal o de su proyecto colectivo pero personal: ahí tenés un segundo problema. Y, el tercer problema tiene que ver, sí, con el funcionamiento del capitalismo moderno: la valorización financiera y todo el andamiaje de análisis tiene que entenderse en el marco de una comprensión más profunda del sistema capitalista. Es decir, en lugar de concebir a las finanzas parasitando la producción, hay que entender a las finanzas gobernando totalmente la producción, sobre la base de que el sistema social se reproduce no sobre la plusvalía inmediata. Ahí viene el problema de si el criterio de que la valoración financiera puede ser asimilado al saqueo. Cuando decimos “se llevan toda la plusvalía y no nos quedamos con nada”, en realidad lo que se llevan es nada. No es eso lo que sostiene el sistema. Entonces, si el sistema se sostiene sobre la base de reproducir el capital ficticio y no por las corrientes de plusvalía que sacan de la economía que, repito, no crece hace cincuenta años, pierde su significación cada vez más y su sociedad se vuelve cada vez más rústica.

Mi impresión es que los puntos que uno puede tomar como el 2016 tal como lo tomaron ustedes en el editorial de SANGRRE son valiosos, porque acercan una visión sobre estos procesos en tanto no se entienda como una situación canónica; porque el problema es que, para el que está metido en un proceso de largo, esto lo desacopla. Voy a dar un ejemplo. Estoy terminando un trabajo que utiliza como disparador los veinticinco años del FRENAPO (Frente Nacional contra la Pobreza) para discutir el problema de la niñez en la Argentina. En la Argentina de los últimos veinticinco años antes también, pero digo, para poner un punto nunca la mayoría de los pobres dejaron de ser pibes. Más si la midiésemos con criterios multidimensionales, cosa que también habría que tomarse en serio: la discusión de cómo medir las cosas. Más allá de los intentos o de las prácticas de política económica que pudo haber tenido la expansión del primer kirchnerismo o las políticas de aspiración universal del mandato de Cristina, esto siguió su curso, y los que lo veíamos, de una u otra manera, fingimos demencia. Esta demencia ahora la tenés en cotidiano, convivís con ella y cuando apelás a cosas que entendés que están en el imaginario colectivo, lo están, pero resituadas. Entonces, estás apelando a una cantidad de equivalentes que, diría, por cobardía intelectual y por comodidad de aparato, no se están interrogando. Que en Argentina los sectores populares no estén discutiendo realmente lo que son los componentes nuevos de clase es una infamia. Porque, si vos no haces eso, ¿de qué estás hablando?

Hay que discutir si sirve o no la clase social para explicar algo. Si vos crees que sirve, decime qué son hoy las clases sociales, de qué manera se conforman y para qué sirven, más que para protegerte haciendo el análisis de clases. Hay un fenómeno de cobardía intelectual, de no asimilar esta discusión, de no asimilar el hecho que objetivamente la gente vive peor. En esa perspectiva, está quebrado el modelo de aproximación: cuando los indicadores te empiezan a fallar, tenés que cambiar el ángulo de aproximación. Nosotros vivimos bajo la pretensión de la razón estadística. La razón estadística tiene por peculiaridad que es un sistema ordenado de administración del poder. Cuando esos sistemas fallan, porque ya no garantizan el orden porque no están midiendo lo que efectivamente sucede, lo que se debería hacer es meter eso en un bolsito y ponerse a pensar de qué manera se construye una aproximación a los fenómenos sociales. Y de qué manera esos fenómenos sociales sirven para afrontar la necesidad de una formación de la sociedad; porque esto no es un laboratorio para ver si hay sinapsis o no, es un lugar donde uno trata de alterar las relaciones de poder que generan crueldad, daño, destrato. Esa situación no se está dando porque se sigue esclavo de los instrumentos con que se miraba.

Creo que hay que cambiar radicalmente el ángulo de mirada. Hay que pasar a mirar desde el ángulo de las necesidades, pero de las necesidades en un sentido filosófico estricto, de carencia y riesgo. Es decir, potenciar la discusión de la política, de la economía y de la sociedad desde la posición más elemental que es la carencia y el riesgo en todos los ámbitos de la vida: desde la seguridad individual hasta la vivienda, el transporte, la comida. Y partir de las necesidades para construir colectivos; no desde los colectivos eslabonar necesidades. Siendo pesimista lo repito y lo subrayo acerca de las posibilidades de la democracia de sobrevivir a este estado de cosas, al proceso de rentismo que existe en el capital actual. Porque los procesos de renta suelen desagregar, no agregar a las articulaciones sociales: lo raro es encontrar fenómenos de rentismo creciente con articulaciones sociales densas. Los rentismos crecientes suelen ser asociados a articulaciones sociales lábiles o destrozadas sobre las cuales este rentismo general es posible que se sostenga.

La novedoso sería por qué la población que, en ese sentido, está adelantada a la vigencia política, algo que planteamos desde SANGRRE, debería confiar en tipos de regulaciones que vienen fracasando desde 1983 en adelante, cuando se recuperó la democracia.

Creo que es lúcido, en un punto, que la sociedad no acompañe. Aunque tuvieses un coro de santos y arcángeles ocupados de las cosas públicas, tenés un problema, que es que la base no genera condiciones de representación. Hay un doble desenchufe. Primero, de las elites políticas que producen política para reproducirse a ellas mismas; pero también, suponiendo que esto no fuera así, hay otra cuestión, el Estado ineficaz. Entonces, muchos resolvieron mediante un mercado fracturado lo que pudieron. Ahí te entran el 90 por ciento de los sectores medios que pagan una prepaga de 150 lucas: los maltratan como perros, pero si le decís que vayan al hospital público, salen corriendo. Toda esa fractura ya está dada.

Vuelvo a lo del FRENAPO. Cuando se hace el programa, había tres cosas. El seguro de empleo y formación, la asignación universal por hijo y el ingreso a los adultos mayores. Si nosotros estábamos saliendo a decir que la fábrica era el barrio, si estábamos desplegando una lógica territorial, no de agregación sindical, para construir esto, el instrumento central no podía ser el seguro de empleo y formación y los otros solo el cortejo; es decir, que la asignación universal por hijo y el ingreso de adultos mayores, que eran los dos universales, fueran atrás del empleo. Lo que decías objetivamente ahí es que la salida era por el mercado de trabajo, y que lo otro eran solo las ruedas de auxilio hasta que el mercado de trabajo resuelva. Para mí, el mercado de trabajo de Argentina nunca va a resolver esto; no lo va a resolver ahora ni lo iba a resolver en aquel tiempo. Es cierto que, en aquel momento, con la tasa de desocupación que teníamos, no se podía salir a plantearlo.

Aprovechando que estás reviendo lo del FRENAPO, hablabas de encontrar quizás situaciones germinales para un momento inédito. Hay algo que nosotros intuimos que tal vez no sea el empleo en sí, pero sí tiene que ver con el uso del tiempo, el uso del tiempo vital. También algo que vos decís que está desagregado, que es la vida en soledad. Nosotros intentamos plantear en esa situación una idea alrededor del pleno empleo, no en términos de mercado laboral, sino de maneras de ocupación para una cierta franja etaria. Quizá haya una idea transgeneracional de hacer algo, sacrificarse por un argentino que ahora tiene dieciséis años, en pos de un futuro. Estamos ensayando acercarnos a esa generación, entender una batería de problemáticas que lo rodean. Tal vez lo que uno pensaba como un empleo ahora tenga que ver con otras cuestiones, como ocuparse de la educación del cuerpo, la salud o el acceso a un celular. Como el FRENAPO, un tipo de propuesta que nos ponga en un lugar responsable respecto a la gente que está desocupada. ¿Cómo imaginás vos una propuesta que no se concibe con los cánones que tuvimos hasta ahora, pero que también podría acudir a algunas situaciones históricas?

Creo que la primera necesidad es el tiempo: el tiempo es lo que te da la capacidad de elegir. La necesidad nunca parte de la elección; la elección parte del tiempo. Entonces, hay que lograr, en el marco de cualquier propuesta de reforma social, incrementar el tiempo humano en materia de recentrar la organización de su vida. Hay que dejar en claro que el objetivo de la política o de la organización de la sociedad tiene que ser la capacidad de llevar adelante el propio proyecto de vida, sin títulos ad hoc. Y el proyecto de vida presupone condiciones materiales y, dentro de las condiciones materiales, las condiciones temporales son básicas. Si vos tenés que pedalear seis horas y laburar como repositor en un supermercado otras seis, no hay tiempo de vida real. Y, en consecuencia, tu capacidad de elección es cero. Primero hay que discutir el tiempo. Y digo discutir y no dar el tiempo: porque, en el marco de sociedades mercantilizadas como la actual, el tiempo no es la visión idílica de Marx cuando decía que a la mañana hacemos algo para dedicarnos al ocio a la tarde. El riesgo hoy es que a la mañana hagas esto y a la noche vayas corriendo al shopping porque hay una liquidación.

Hay que rediscutir el tiempo y darle densidad. Revalorizar la duración del tiempo, a contrapelo de la banalización que implica la cultura de los celulares y de la pantalla, para oponerle la densidad que cada instante tiene. Si no, el vaciamiento del instante que se convierte en banal deriva en una sucesión de banalidades ordenadas por una lógica que además es mercantil. Porque podrían ser banalidades ordenadas aleatoriamente, pero, dentro de una lógica mercantil, te lleva a que si vos dejás el tiempo para mirar Instagram, por decirlo de manera sencilla, lo que vas a tener es una generación entera de millones y millones de consumidores adscritos. Con lo cual, la discusión sobre la densidad del tiempo es primigenia y central. Hay que retomar la discusión de Marx, de Agnes Heller y de tantos otros que trabajaron el tema de las necesidades, en clave del cambio que cada sociedad establece sobre ellas: una cartografía básica de necesidades.

Y ahí vuelvo a su relación con la estadística. Nosotros seguimos pensando las necesidades con la línea de pobreza, con la Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) o con la pobreza multidimensional. El modelo más viejo, de líneas, está en crisis hace largo rato. El multidimensional no termina de captar la plasticidad de la actual sociedad, y el relacional en Argentina no tiene virtualmente casi uso. La pobreza es un sistema mediante el cual se reproduce la condición de riqueza. Entonces, si es así, cuando medís, hay que medir riqueza y hay que medir pobreza, no medir pobreza. En Argentina no hace falta que yo se los diga a ustedes no se mide la riqueza. Nos pasamos hablando de que se concentra la riqueza, pero no la vemos.

Voy a otro punto para pensar esto. En Argentina, no hubo modificación del patrón monetario aún con retraso cambiario, en los setenta durante la dictadura al nivel que hubo durante la convertibilidad. La dictadura abrió la liberalización financiera y el atraso cambiario. Pero el acceso material al signo monetario que destruye el peso argentino lo hace la convertibilidad. El proceso de atesorar dólar y sacar el excedente cualquiera fuera del circuito y convertirlo en moneda dura es hijo de la convertibilidad. Porque además lo incentivaste, les diste los billetes. En 1978 lo podías comprar y te lo gastabas con las televisiones en Miami, pero no tenías ni siquiera activos financieros. De hecho, entraste en la crisis de pagos internacionales en 1980, que hizo bolsa todo el circuito. La robusta internacionalización financiera vino en los noventa. Uno de los problemas centrales es que tenés quebrado el signo monetario. No es que tenés una economía bimonetaria eso tiene Uruguay, sino que acá no tenés soberanía monetaria. En Uruguay, te querés comprar un auto, pagás en dólares, pero el 90 por ciento de las transacciones son en pesos y la mitad o tres cuartos parte de los ahorros del sistema están en pesos y el 90 por ciento de los créditos están en pesos. Los sujetos históricos realmente existentes de la Argentina funcionan en esa cuerda.

Yo le pondría un matiz a esto de la capacidad de sacrificio que mencionan: los argentinos la tuvimos durante muchas épocas, pero tenía una contraparte material asequible. Mientras que en este proceso de destrucción y no reproducción de la sociedad, la capacidad de sacrificio no tiene condiciones asequibles. Mis abuelos tenían muy claro que, en esa reproducción de la sociedad, ese sacrificio tenía sentido porque era asequible. El problema hace largo rato es que el proceso de sacrificio ahora se ha convertido directamente en disciplinamiento social.

Nuestra idea es que, si vos lo hacés en términos etarios, se produce otro tipo de tensión, porque está el compromiso de garantizarle a tus hijos otras posibilidades. Hay un corte quizás en el mercado laboral que ya está completamente descompuesto, pero, además, ahora son menos los argentinos que nacen: debería ser más fácil ese tipo de planificación vital. ¿Qué sería más digno para una sociedad ya tan empantanada que dedicar nuestro tiempo a esos chicos?

Hay dos maneras de establecer puntos fundantes con la precariedad que tienen todos los puntos fundantes. Una manera es plantear un programa y vamos hacia allá. Ese es el modelo de la utopía en las situaciones de progreso. Es el progreso de Marx, es el progreso de otras izquierdas libertarias. Pero hay también un punto fundante en la teoría del freno de mano de Benjamin. O sea, estamos viendo una catástrofe en todo el mundo y el punto fundante es frenar. Pero frenar con la creatividad que significa que estamos frenando una masacre para que nazca algo. No es que marchamos inevitablemente a la consecución del futuro histórico que nos tenemos preparado: frenamos esto para que los pibes nazcan, para que los pibes crezcan, para que los pibes se puedan formar, para que las pibas no sean maltratadas y hay que elegir ese punto. El punto de decir “a partir de acá, esta ciudad se reproduce con estas condiciones”. Porque el secreto de la reproducción de cualquier sociedad bascula entre la esperanza y el miedo. Estás hoy en una situación donde el desquicio social ha sacado la esperanza del medio y queda el miedo como disciplinador social y tenés que reconstruir ese proceso a la par. Porque no le vas a quitar el miedo inflando la esperanza: vas a tener que coexistir en un proceso donde el miedo no se diluye, pero donde la esperanza reclama la urgencia del ahora.

En el último año hay algo que también cambió respecto a algunas discusiones, en las conversaciones, incluso en los textos que empieza a sedimentar en términos de lo que vos decís de las necesidades, de las necesidades temporales. Más allá de que puedas estar bajo una situación de efecto de pánico, al fin y al cabo, la alienación no puede ser completamente total. Siempre vuelve a haber un espacio para tomar distancia de la herida, poder tener un pensamiento sobre eso, restituir. Ahora, no pudiendo buscar lo germinal en las mismas estructuras en las que estuvimos siempre las del trabajo, las del sindicato, las organizaciones sociales, todo es tan precoz que es más honesto hablar con cinco compañeros en un barrio que seguir reproduciendo algo que no funciona por una cuestión inercial. Vuelvo sobre la responsabilidad de cada quién en cada uno de estos procesos. Y ya no solo la dirigencia, sino también lo precario de nuestra propia formación o práctica política concreta.

Estamos buscando en estructuras, en categorías con las que nosotros nos seguimos manejando, porque nos permiten por lo menos no sentirnos desguarnecidos. Hablaba sobre el FRENAPO: la tarea que se hizo de contención de ese marco, no solo de pensamiento en términos intelectuales, sino de marco político, y los esfuerzos que hicieron fueron fenomenales. Ahora, lo que se hizo ahí también fue un proceso de escucha previo enorme. Suelo decir que lo que hay que hacer ahora es escuchar, acompañar e imaginar. Pero, primero que nada, escuchar. Segundo, acompañar, que no significa liderar: es acompañar. Y, como consecuencia de escuchar y acompañar, imaginar. Porque, si no escuchás, tus propios fantasmas te dictan una música que no tiene nada que ver con la música que realmente existe. Si no acompañás, no tenés ni la vivencia personal, ni la valencia moral, ni el reconocimiento social para articular, y esas tres cosas son necesarias. Y si no imaginás, repetís, y la repetición es repetición de esta crueldad. Agravada, porque exitosa va a ser más agravada todavía.

Ahora, cualquier estrategia de reforma tiene que tener en claro que los grupos sociales piensan que cualquier beneficio que le das a otro, como no hay un proceso de agregación, directamente se lo sacás a él. Siempre doy el ejemplo: el que hacía el tendido de cloacas y de agua era básicamente el impulso de los vecinos y las cooperativas vecinales; hoy sería imposible que se organicen cuadras para poner el gas. Ese problema lo tenés en el medio cuando tenés que decidir nuestra estrategia. No es fácil, porque están las elites reproduciéndose como objetivo prioritario cuando la salida es hacia afuera.

Entre las cosas que están apareciendo cotidianamente, les doy un dato que me parece terrible. Argentina tiene más muertos por suicidio juvenil que por accidente de tránsito u homicidio doloso. Pero los suicidios concretados son el 5 por ciento de los intentos. Quiere decir que vos tienes un 95 por ciento, que toma la población que va de quince a treinta y cinco años, registrado de intentos de suicidio no terminados de consolidarse en muerte. No hay un mecanismo de reflexión y hay complacencias atroces. Plantear un programa integral de salud mental con ejes de los jóvenes implica actuar desde un punto de vista de cercanía: hay que habilitar que en todos los dispensarios haya un servicio público de asistencia psicológica. No que vaya a un hospital central, sino que estén en los barrios, en los clubes, en las escuelas.

A otra escala, este proceso, además, tiene otras tensiones para pensar. Se corre el riesgo de episodios muy complejos, que la Argentina nunca vivió. La Argentina es un país federal sin tensiones federales. Viene de una guerra civil federal, pero no tuvo posteriores tensiones. En la situación de hoy, hay que explicarle a los mendocinos, los chubutenses, los neuquinos o los rionegrinos que hay que seguir sosteniendo otras regiones.

En estas estrategias que requieren del sistema institucional, ¿cómo imaginás el Estado después del mileísmo? ¿Cómo queda el sistema institucional que, a la vez, no puede volver a hacer lo que lo que fue?

El problema que vos tenés acá es que no hay ningún mecanismo de saneamiento institucional un sistema de revisión, un proceso de democracia directa, un sistema de garantía de tal o cual cuestión porque no tenés actores ni demanda social para eso. O la demanda social que tenés sobre el Congreso es cuando van a quejarse, pero no hay demanda social articulada sobre el Congreso. Estamos a treinta años de la Constitución de la Ciudad. Es innegable que fue muy progresista y lo sigue siendo. Ahora, la Ciudad duró diez años manejada por progresistas. Los últimos veinte años la manejó la derecha. Entonces, la ciudad con su Constitución hoy es más parecida a lo que quiso la derecha que a la Constitución en sí.

Porque el esquema social que sostiene el proceso democrático de Argentina de 1983 para acá tenía basamentos en relaciones de clases y sistema de partidos, en imaginarios que estallaron. Esto no implica que no puedan reagruparse aún de manera insana: porque este es el otro problema de la democracia. Sería raro que, si vos tenés un sistema con cierto éxito en materia de su programa económico y social, es decir, que se establezca un retroceso definitivo de los sectores medios, que siga la pulverización del mercado de trabajo y su proceso de fragmentación, pero sin problemas de tensión externa, entre en crisis políticas. Porque, entre otras cosas, va a haber ganadores con poder político. No me refiero a ganadores económicos que se consiguen un político para que los defienda, sino que hay algunos que tienen poderes cada vez mayores y necesidades relativamente menores, con lo cual el excedente de poder político va a ser mucho mayor en esos casos. ¿Cómo se procesa eso en un sistema institucional? No lo sabe nadie. ¿Cuál es el criterio mediante el cual vos le demostrás a alguien que necesitamos leyes de orden público, en el sentido de darle conformación a la sociedad, si hay un desapego con el concepto de sociedad? Nosotros partimos de la premisa de que a alguien le interesa estar en sociedad, pero creo que hay un proceso de desapego colectivo.

Sí, lo que creemos también es que no se puede sostener. Hay un momento de una necesidad humana.

Sí, no creo que el proceso de desapego sea pisar el hormiguero y salen todos a disparados. Hay rearticulación. Ahora, no tengo idea qué sociedad se sostiene. Qué posibilidad concreta hay de establecer un norte, empezar a instalar mecanismos de debate que tengan que ver con una urgencia real. También es una deformación de la hora, el tacticismo. No hay lugares donde se puede establecer siquiera un estatuto de debate sobre estas cuestiones transversales. Es toda una lógica de sostén táctico de ver cómo se pasa esto.

Me imagino cómo se debe haber sentido los que no eran peronistas en el 45 cuando, de repente, se dieron cuenta que había un país que estaba ahí y no lo habían visto. Ahora, sobre este país que está pasando hace rato, no el que viene, el que está pasando, ¿dónde está la reflexión? Hoy salió un informe la Universidad San Martín sobre el tema de empleo: demuestra que hay un ennegrecimiento de la matriz del mercado de trabajo, que los puestos que se pierden se convierten en empleo precario. Si uno estuviera pensando efectivamente en el cambio social, lo que tendría que ver es qué le pasa al señor o a la señora que hasta anteayer era empleado formal y hoy pasa a ser informal. Qué le pasa al pibe que el padre era empleado formal y ahora se convierte en tal cosa y ve que su horizonte es ese. Porque el número sirve si uno lo usa para esto, no si lo vas a utilizar solo para decirle al otro que hay 150 mil puestos de trabajo menos. Porque esa gente después empieza a razonar en función de su nuevo estatuto de vida. Si uno no entiende las maneras en que vive la gente, el episodio concreto de la vida, no hay manera posible de tener capacidad de indagar qué sociedad está dispuesta a acompañar.

Entonces, antes que pensar la lógica de las fórmulas transhistóricas de la clase, hay que ver cómo vive la clase, cómo se constituye en su cotidianidad cada sujeto. Y si vos venís hace diez o quince años diciendo que el mercado de trabajo produce esto, debieras pensar un ratito a ver qué le pasa a esa gente en la cabeza y cómo supone que es el mundo. Ahora salieron con la medición de ingreso disponible: cuando vos tenés un salario, te restan los gastos de mantenimiento hogareño y lo que te queda sería el ingreso disponible. Cuando yo era chico eso se llamaba teoría de la demanda de Paul Sweezy, un marxista norteamericano. Si el ingreso disponible se reduce, hay relaciones sociales que cambian. Sale este informe y argumentan que para mantener el salario real tenés que mantener la política de segmentación de subsidios, cuando no hay ninguna relación causal: porque el ingreso disponible se reduce porque no aumenta los salarios, no porque aumentó una factura. Si yo ganaba 100 y ahora los servicios me salen 50 y antes me salían 30, lo que sería razonable es que tu salario fuera 130. El problema es del capitalista que te tiene que pagar, no del Estado que te tiene que subvencionar para que el capitalista no te lo pague.

O sea, yo estoy conscientemente deshaciendo las partículas de mi propio sistema de análisis. Porque, claramente, creo que buena parte de alguna de las cosas que uno ha planteado o de los argumentos o de las estructuras de análisis, al menos desde mi punto de vista, no explican nada hoy. Yo creo que hay que pensar en apuntes. Apuntar, hacer apuntes es trabajar con el material que crepita en la realidad.