Entrados en el último tercio de un año en el que la destrucción de la producción nacional, la parálisis del consumo masivo y el deterioro de los ingresos y la calidad de vida de las grandes mayorías de la población se han vuelto cada vez más difíciles de soslayar, el gobierno nacional encabezado por Javier Milei parece decidido a privilegiar el disimulo, la negación y el triunfalismo como modos de sortear una realidad cada vez más acuciante.

En este contexto, las elecciones presidenciales de 2027 comienzan a ocupar un lugar preponderante en la conversación política y la agenda mediática. Por eso, nos pareció oportuno conversar con el politólogo Hilario Moreno del Campo, de la Consultora Dicen, acerca de algunas particularidades del escenario político argentino de cara a la próxima contienda electoral: la polarización entre peronismo y mileísmo –y sus complementarios antiperonismo y antimileísmo–; la incorporación de la Boleta Única de Papel a nivel nacional y su relación con los sufragios provinciales y locales; la insatisfacción, el desencanto, el apatismo como posibles elementos en juego a la hora de la participación electoral; la tendencia a la baja del voto peronista como un dato verificable en la última década.
En estos días circuló una de las primeras encuestas –a cargo de Manuel Zunino, Proyección– sobre el escenario electoral nacional hacia el 2027. Presenta una polarización entre Milei, presidente de la Argentina, y Kicillof, gobernador de la Provincia de Buenos Aires, en un eventual balotaje, que contrasta con los sondeos que ubican al oficialismo en ventaja. ¿Cuál es tu percepción sobre este trabajo? ¿Cómo pensás la proyección o el reagrupamiento del antimileísmo y el antiperonismo durante este año?
Sí, vi recién la encuesta de los amigos de Proyección. Sinceramente, no veo mucha novedad. El escenario polarizado en la Argentina –diría que en Latinoamérica y en buena parte de Occidente, pero en casi toda Latinoamérica y en Argentina en particular– ya es de larga data, desde 2015 por lo menos. Un fenómeno que, en nuestro país, aparece poscrisis de la 125 en 2008 y se acrecienta hasta nuestros días presentando este escenario polarizado o de fractura de electorados. Y lo que tiende a pasar con los escenarios polarizados es que se arman dos polos irreconciliables. Lo que no necesariamente pasa –aunque creo que fue la apuesta, hasta ahora, de los principales espacios políticos– es que uno de los espacios pueda pasarle por encima al otro espacio. Por el contrario, lo que tiende a pasar con los dos polos es que ambos resisten: hay dos núcleos fuertes que resisten, y en la medida que al polo opuesto le va mal se tiende a recomponer el polo opuesto.
En esa lógica que, para mí, caracteriza desde hace ya tiempo a la estructura de la opinión pública argentina, su sociedad, el comportamiento electoral y su sistema de partidos, lo que vemos ahora es un capítulo más: en la medida que Milei va perdiendo votos, el peronismo se acerca a la paridad, pero sin producir más votos: porque el peronismo hoy tiene menos votos que los que tenía hace una década. Comparemos, por ejemplo, la elección general del 2023 de Massa con la elección general del 2015 de Scioli. El 37% de Massa se vivió casi con épica, mientras que el casi 38% de Scioli se vivió como derrota. ¿Qué pasó en el medio? Que se fue naturalizando un peronismo que ya no es mayoritario y no puede ganar un balotaje. Lo que pasa es que, como desde 2008 el peronismo no ocupa el centro de la escena sino el núcleo del polo opuesto al antiperonismo, es solo la pérdida de votos del oponente en el gobierno lo que le permite ir recomponiendo votos y recuperar competitividad electoral.
La única novedad es que Milei, como era de esperarse, se va descomponiendo, Va perdiendo apoyo y, en la medida que la economía siga como ahora, sin creación de empleo, con malestar social, con algunos sectores y negocios minoritarios creciendo, pero con el 80 o 90% de la población sin poder llegar a fin de mes, lo más probable es que pierda aún más votos. Más allá de esto, a mi entender, el peronismo no tiene garantizado el triunfo en las próximas elecciones. Porque para eso tiene que tener más del 50% de apoyo, y esta polarización hizo que le cueste mucho ocupar el centro de la escena y crecer en votantes nuevos. Y sin votantes nuevos es difícil que ganes y que gobiernes; sobre todo, que gobiernes.
El año que viene, por primera vez, se votarán los cargos ejecutivos nacionales con la Boleta Única de Papel (BUP). Esto desancla las elecciones provinciales de las nacionales, incluso aunque se hagan en la misma jornada. ¿Qué impacto imaginás que puede tener esa implementación en el comportamiento electoral, no solo en cuanto a la participación, sino sobre la posibilidad de diversificar la elección en un plano local, provincial, del nacional?
Efectivamente, se empieza a usar a nivel nacional la boleta única a papel. La primera cuestión que hay que analizar son los efectos locales, sumada a otra cuestión, que es, también, la fecha de las elecciones provinciales: porque, en la medida que los gobernadores desanclan la elección provincial, el efecto de la boleta única queda más diluido. Es mucho más fuerte separar dos elecciones distintas –provincial y nacional– que el efecto que tiene la boleta en sí. Especialmente, en la provincia de Buenos Aires.
Puede tener algún efecto el tema de la BUP, pero creo que es de un menor impacto de lo que se supone en las elecciones. La verdad es que ya están bastante desancladas las elecciones locales de las elecciones de los oficialismos provinciales, que en el caso de la provincia de Buenos Aires es básicamente la elección de los intendentes más los gobernadores. Una cosa particular en la provincia, que no pasa en el resto del país, donde sí los gobernadores realizan elecciones muy locales: en la provincia de Buenos Aires, la performance electoral del gobernador suele estar siempre más alineada a las políticas de su partido nacional; en cambio, la de los intendentes no. Los intendentes sí tienen, en algunos casos y bajo ciertas condiciones, efectos locales fuertes en las elecciones bonaerenses.
El efecto local de las elecciones es fuerte, pero cuando para el electorado vale la pena que sea fuerte. Básicamente, eso se nota cuando se produce algo parecido a los eclipses, pero al revés: cuando las elecciones están alineadas y a un partido nacional le va bien y también a su candidato local, la luz del intendente no se deja ver. Pero cuando a un partido nacional no le va bien, pero tiene intendentes que sí, ahí se desalinean y es posible ver la relevancia de la política local. El fenómeno que habitualmente permite ver eso son los intendentes. Es mucho más raro que eso pase con un partido de oposición. Las oposiciones locales suelen ser como satélites carentes de toda luz y calor interno.
La situación más clásica es el partido nacional debilitado y el referente local fortalecido. Ahí hay gente que quiere votar al intendente o al gobernador, pero no a su partido a nivel nacional. Y ahí aparecen los fenómenos de corte de boleta. Pero para eso tiene que darse esa situación desanclada y por diferencias importantes. Y algunas veces se dan las situaciones opuestas, que es el arrastre: o sea, cuando candidatos desconocidos, simplemente por el hecho de que los lleva una boleta nacional, logran ganar elecciones locales, sin conocimiento de la gente.
En síntesis: la BUP facilita el “no arrastre”, pero esos efectos son, desde mi punto de vista, secundarios cuando el electorado tiene voluntad clara de votar a favor (o en contra) de alguien.
Las elecciones legislativas del año pasado estuvieron marcadas por una deserción en la participación, que en algunos distritos fue cerca del 50%. Analizaste este problema en una extensa nota para Sangrre. ¿Podría alterarse esa dinámica entre insatisfacciones con la representación política y la desafección electoral, al tratarse de una elección por el cambio de conducción del país? ¿Ves más posible que pueda sostenerse esta apatía con fragmentación del voto (algo más similar a lo que ocurrió en las elecciones del 2003)? ¿O la puede impulsar una reacción anticontinuidad del gobierno (más parecido a las de 2019 o, incluso, a las de 2023)? ¿Qué factores son determinantes en cada caso?
El tema de la deserción y la apatía me parece que no es estructural, no es continuo: es decir, no es que tenés cantidades importantes de gente fuera del sistema político. Lo que tenés es elecciones en las cuales los electores están desmotivados para votar. ¿Por qué? Bueno, una muy clara puede ser porque están un poco enojados o desencantados con todas las opciones. Caso más claro, la elección 2021, más todavía después de la pandemia. También pasa a veces en las PASO, donde se eligen candidatos, no es una elección definitiva, entonces muchos –sobre todo los que no tienen internas dentro del partido con el que simpatizan– no tienen o no sienten necesidad de ir a votar. Pero creo que la apatía cae en la medida que la elección se va haciendo interesante o porque querés votar un candidato, o porque querés votar en contra de un candidato o a favor de una tercera opción, o porque ves que está mucho en juego, como en los balotajes, ¿no? No podés no ir a votar. En esas situaciones, la participación tiende a crecer.
Respecto al antimileísmo, en principio sí, creo que va a tender a estar presente de entrada en la próxima oferta electoral, porque se va a configurar de manera más o menos sencilla. Es fácil ir a votar en contra del presidente que está y cuando le está yendo mal. Eso sea quien sea el presidente: votar en contra de los oficialismos te diría que es lo que más viene pasando en Latinoamérica desde hace como diez años. (Casi) nadie reelige.
Respecto al antiperonismo, hay que ver si los mileístas más algunos otros antiperonistas no se activan poselecciones agitando el miedo a que vuelva el peronismo. Las elecciones PASO suelen ser buenas para activar los miedos y para generar escenarios más polarizados. Eso sí puede pasar, viene pasando en varias elecciones que los resultados pendulan de un lugar a otro. La elección de Kicillof en la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, que gana primero en la provincia el peronismo; después, en la nacional el peronismo saca exactamente los mismos votos, pero el mileísmo, que había perdido la elección provincial, gana remontando votos en la nacional. Eso muestra, para mí, la activación por el miedo a que no vuelva a ganar el peronismo. Entonces, ahí muchos antiperonistas se activan por el miedo a que vuelva a ganar el peronismo, a que Milei entre en crisis, a que venga Cristina, digamos, toda una conjunción de miedos y de males para ese electorado que los lleva a taparse la nariz y votar a Milei aunque no les guste.
Ese tipo de fenómenos viene pasando bastante más de lo que reparamos en él. Pasó también en la presidencial de 2023. Las PASO las gana Milei, las generales las gana Massa, y cuando ya parecía que Massa iba a ser presidente, el balotaje lo ganó Milei y lo ganó más cómodo que otras veces. Bueno, ese tipo de reacciones electorales viene pasando bastante en todas las elecciones y me parece que es un rasgo de esta estructura polarizada de la opinión pública.
En tu nota para Sangrre de septiembre del 2025, sostenías que, si bien el peronismo había hecho una buena elección en las legislativas de PBA, presentaba una tendencia a la baja en votos como un dato a considerar: “3 millones 820 mil votos (que probablemente lleguen a 3 millones 850 mil en el escrutinio definitivo), casi 350 mil votos menos que los 4.163.689 de la elección a diputados y senadores provinciales en la general de octubre de 2023”). ¿Cómo creés que se desplegará esa tendencia en esta próxima elección provincial y como impactará en el resultado nacional?
Como decía anteriormente, el triunfo de Axel en la provincia hay que observarlo detenidamente. Que haya sacado menos votos de los que había sacado en 2023 en la provincia habla de un problema estructural del peronismo, que no es el peronismo ganador de 47, 48, 50 puntos que mantenía si se quiere desde los noventa con Duhalde y con Menem o desde antes, en 1987 con Cafiero, o que sostuvo con el kirchnerismo también con Scioli.
Desde 2015 el peronismo en general atraviesa una pérdida por goteo de votos. Elección tras elección, va siendo un poquito más débil y cada vez consigue menos votantes nuevos, no tiene nuevas propuestas, está en una situación complicada, de crisis. Si eso no estuviese presente, si el peronismo hubiera logrado encontrarle una vuelta a eso, creo que hoy ya Milei tendría el boleto recontrapicado, los días contados. Creo que lo que más lo sostiene a Milei es que el peronismo no aparece, no es visto como la alternativa para los que no quieren más al oficialismo.
Existe un cambio en la reproducción social argentina que evidentemente ha impactado en la participación política y por ende en el sufragio –voto blanco, ausentismo– en términos de desencanto o antipoliticidad. ¿Cómo creés que esa tendencia se manifestará ante la crisis económica que atraviesa la población en general y sus anhelos de cambio?
No creo que necesariamente la crisis económica o el malestar económico genere voto en blanco o apaticidad o esas cosas. En general, eso lo genera un enojo con todas las ofertas. Si hay crisis, hay malestar; y el malestar puede generar participación, porque lo que no hay que pensar es que el electorado es homogéneo, entonces es todo apático, es todo que no participa; eso es cuando hay una impugnación a todo el sistema político, que creo que no es el caso. Acá lo que vos tenés son electorados fuertemente enojados con una parte del sistema político, que es con la parte opuesta a la de ellos. Lo que pasa es que a veces se combina que sos peronista, estás enojado con Milei y, a la vez, desencantado del peronismo, ¿no? O al revés, si sos de derecha, sos liberal, si sos antiperonista, estás en contra de eso, pero estás desencantado con Milei o con Macri. Esos son los dilemas que atraviesa la apatía. A mí me parece que la crisis no necesariamente lleva a la apatía por el hecho de que, si tenés cómo votar en contra, la gente te va y vota en contra, y eso sí hace que participe. Ese es el juego un poco de la democracia electoral actual.
Es verdad que, por un lado, pareciera no prosperar la propuesta del mileísmo de quitar las Primarias, y que, por otro, el comportamiento en elecciones presidenciales es diferente al de las elecciones de medio término. Pero ambas cuestiones expresan, cada una a su modo, cierta desafección política, tonalidad emotiva que no deja de ser alimentada por el actual gobierno nacional, tanto por la continuidad de su prédica antipolítica como por su performance en términos de gestión, incapaz de concitar entusiasmos reales y masivos. ¿Cómo ves estas cuestiones –Primarias, participación electoral, desafección política– en el horizonte de las próximas elecciones?
Yo creo que siempre las elecciones pasan más por los electorados que por la oferta electoral: es decir, hagan lo que hagan los dirigentes –por más engañapichanga que hagan, digamos, vueltas, acuerdos, cosas–, en general la gente, son los electores los que terminan de alguna u otra manera imponiendo su voluntad. Sin embargo, en esta oportunidad, me parece que es un poco distinto, ¿por qué? Porque, ceteris paribus, digamos, dejando todo como está, los electorados están bastante consolidados en estos dos polos opuestos y algunos pocos en el medio que fluctúan. Sin embargo, creo que la diferencia en la elección la pueden hacer, esta vez sí, los dirigentes, en el sentido de cuál es el tipo de oferta, de propuesta política tanto de candidatos como de alianzas, ¿no?
Candidatos, siempre hay, pero propuestas de contenido, propuesta de ideas, es decir, diferenciarse de Milei, por ejemplo, en esto y en aquello, voy a hacer un gobierno distinto en estas cosas, o voy a hacer un gobierno distinto al gobierno peronista en esto, porque esto lo vamos a superar de tal manera. Digamos que, en la medida que los dirigentes puedan, a través de las alianzas, a través del discurso, a través de ideas, atraer a una población golpeada –para eso son representantes, ¿no?–, que puedan representar alguna opción que nos haga salir del loop, ahí puede haber algún cambio. Esto de que el voto antiperonista y el voto antimileísta son cada uno más del 40% y es sólido, y se mantiene hace tiempo, eso va a seguir siendo así. Entonces, en la medida que los candidatos propongan, los dirigentes logren inventar alguna opción superadora, solo así quizás cambie algo; si no, va a ser más parecido a 2023, que fue una elección bastante “carambolesca”, ¿no? De hecho, termina Milei presidente. En ese sentido, quién sabe, puede llegar a pasar alguna cosa rara también.




