Hace casi diez años, la encerrona (seguida de fuga) entre la reproducción (en red/mediática) y el mutismo (cínico) dio lugar a la primera publicación de Sangrre. Ni el vaivén político que se encarrilaba en los 140 caracteres bajo excusa de “actualidad” ni los temas de aquel 2016 daban señal certera respecto al aceleramiento de la disminución del poder-hacer que implicaba el triunfo político de la derecha argentina en octubre de 2015[1].

Mientras hay sangre, hay posibilidad de asir. Lo intentamos, y la inquietud cabía en una pregunta: ¿todavía es posible una revista, más bien una excusa, para seguir hablando con otros sobre este destino común? Sin lugar a duda, ninguna respuesta podía llegar a ser tan escéptica como para introducir la cuestión de que el hombre actual mira pantallas casi como acción exclusiva del repertorio “actuar”, y que muchos aspectos de la tradición conversacional se habían perdido para siempre. Pero en ese momento confiamos en los residuos, de hecho, bajo el diseño/logo de Ale nos plateamos ser solo un repositorio (quedaba lindo decirlo así también). Salimos sin editorial, y lo primero que publicamos fueron unos folletines de Gina y Kari, las crónicas de dos poetas amigos[2] con fotos de Pato e ilustraciones de Ana y un bestiario que armó Emi junto al bueno de Cima. Transcurría noviembre y nos mandamos así, deconstruidos: si hay estética que se note, reíamos. Acción política no había por ninguna parte.

El báculo sirvió. Los amigos fueron llegando[3]. Vimos juntos los ejercicios performativos que recreaban la supuesta “nueva derecha democrática” y los seudoesfuerzos interpretativos de “la grieta” desvelándose por explicar una sociedad (¿también nueva?) nacida en la crisis del campo en 2008. También, claro, vimos cómo el residuo significante de la “recuperación del Estado” servía de envión o retaguardia a otros para seguir pensando (o pedaleando) en clave de la siempre provisoria hechura de las “políticas públicas”.

Un avance (sobreactuado) y una inercia (frustrada), que dieron lo que podían dar en función de significar el (y en el) vacío de lo último social (real) argentino en esta década… Eso que se prefigura por centro para que se espectacularice por derecha cada vez que se pretende anular el uso popular del lenguaje político (la aniquilación de la lengua peronista) o que se lo reduce a una realidad frustrada en el intento de saberse a sí misma (el peronismo inhibido de ser objeto). Las dos caras retóricas del ser argumental de la vida.

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¿Qué se pensaba? Seguramente no es este editorial el sitio adecuado para discutir si las producciones de sentido que giraban alrededor de la cuestión política argentina hace una década atrás partían de bases erróneas (ya habrá tiempo y espacio); lo único que queremos subrayar en esta entrega inicial es que, en lugar de enfocar el problema político desde nuestra precaria existencia histórica y social, se reflexionó casi exclusivamente (y nuevamente 2015/2019/2023) a partir del “votante/espectador”, bajo una ideología neoliberal subrepticia. Al hacerlo, se reintrodujo a “la gente” en el mismo concepto de lo político-democrático con su bienaventurada impersonalidad y validez universal. ¡Otra vez a la olla! Si al menos hubiéramos conocido bien al espectador/votante, se hubiese dudado de encarrilar el pensamiento o análisis político hacia la democracia o su posversión, ya que, en un punto por materialidad histórica y discursiva, por inercia cíclica, la operación nos devolvió indefectiblemente al espíritu (cínico o tontolón) lavado de 1983, sin rastros de las crisis sociales con la que terminaron sus mandatos Alfonsín en 1989 y De la Rúa en el 2000. ¿Negación traumática? ¿Especulación laboral? Las respuestas a esas dos cuestiones serían argumentaciones que exigirían un carácter compasivo, obviamente, y podría extenderse a toda la re-producción político cultural argentina. Sin embargo, muchas de las producciones que intentaron explicar la sociedad y la política de nuestro país durante estos años, demostraron, por sus sesgos sociopolíticos y por autocomplacencia discursiva, su concurrencia irreductible al mercado.  En mayor o menor medida, y con sus respectivas variaciones ideológicas, el nuevo “grupo analítico” que adscribió al emprendedorismo periodístico de la década fue cayendo en un enfoque microsociológico y autorreferencial, con un desprecio proyectado a quienes no se plegaran al modo de recepción adulatorio dominante de la circulación mediático-cultural asentado en el último cuarto de siglo. Lo discutible, por supuesto, no son los negocios emprendidos en sí, sino los sesgos sociopolíticos y la autocomplacencia discursiva promovidos e instalados, en prolija sintonía –y en ciertos casos en sinergia directa– con el reaccionarismo en despliegue y hoy imperante.

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La deriva de la derrota, que comenzó hace diez años y desplegó la actual coyuntura nacional, mostró también el declive de la sociedad a la mera denuncia (sin encarnadura), de la política a la supervivencia organizada (comercialmente), de la demanda de organización (hacia afuera) a la parcelación planificada (hacia adentro), de la existencia misma a la producción industrio-publicitaria. Un país empobrecido pero narrado para campeón mundial. Esa configuración fue un caldo de sentidos sobre el carácter perentorio de toda fuerza política emancipatoria, pero especialmente del peronismo. Tanto Macri como Milei reflotaron la imaginería de volver a enterrarlo (1955/1976) a coste, claro, cómo no, de un totalitarismo superior; y en la fábula del cansancio se anotaron todos… como siempre.

Fieles alumnos a la vieja escuela, tuvimos que reiterarnos: los peligros operativos (conscientes e inconscientes) de sustraer del horizonte facciones del peronismo tanto como de estilizarlas (en cualquiera de sus versiones históricas) hacen perder de vista el drama de las figuraciones políticas y las lecturas que, en esta tierra, se eximieron de ser parte de la destrucción y de los “procesos” de reorganización (corporativos y colonizantes) que la articulan[4]. Desde la mitificación del 2001 como acontecimiento revolucionario, hasta el olvido seguido de estetización de los setenta, la onegeización de los DDHH, o la adhesión superficial y oportunista al Ni Una Menos, la sobrerrepresentación solo realimentó el resentimiento: una de las pasiones de la cual la derecha supo tirar para su giro mayoritario.

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¿Hace cuánto se viene anunciando el mismo asunto?, se preguntó Javier[5]. La herida capital de la vida comunitaria argentina es el objeto en cuestión. Un “asunto” que la pandemia desnudó quizás más de lo conveniente, y dejó otra pregunta flotando: ¿y si la defensa de su salud (vacunas, distancia, cuidado) delató y abrió paso a su constante voluntad de suprimirse? Una enorme dificultad para enfrentarse a un posible final, sin que nos arrastren las fuerzas en cuestión. Cuando somos solos, sumidos en nuestro instante, desnudos, sin sentido de la experiencia histórica, son los equívocos, la violencia, y la comedia los encargados de reemplazar los sentidos seguros del arquetipo social del que adolecemos. El separatismo antivacunas, semejante partidismo exclusivista, fue esta vez la emboscada: se opuso al cuidado de todos condenando a una parte mientras juntaba el dolor y los resentimientos restantes. La humillación a la que nos llevó a la larga este pacto tiene origen en los gérmenes destructivos que nos constituyen; la política está después.

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Así llegamos hasta acá. A un renovado estado de violencia y oquedad. Un desmadre. Una aceleración de procesos, con dramatismo nuevo que, erosionados muchos de sus sentidos, nos interpela respecto de separar durante este nuevo año editorial (la paja del trigo) los supuestos con que construimos las “verdades” circulantes. Hace una década, Sangrre intentó sostener alguna narrativa o dar cuenta sobre prácticas, relaciones e inscripciones populares (sentimentales y constructivamente cuidadosas) en el tejido social y político argentino. ¿Para qué? Puede ser que porque (como decía Nicolás Casullo) resultan expresiones de una estructuración que define el conflicto (y por ende la política y la noción de justicia social) en el escenario nacional. También, claro, por no esperar en soledad a que el horadar de la derrota nos arrastre con su impiedad. Para no perder el ejercicio de vigilancia antes de echarnos a perder del todo… o porque (aquel invierno en que tomábamos vino en el Barcelona) buscábamos una estructuración de cautelas y vigilias que no trataran de un “yo” sino precisamente de una verdad desconocida por y desde el ensimismamiento, y para eso se necesitaba una hermandad cuidadosa y una singular persistencia en las ruinas de la lengua común de nuestra tierra.

Valió la pena.


Notas

[1] Así planteado, hasta hoy podría sonar “antidemocrático”: era una fuerza que ya venía gobernando la ciudad de Buenos Aires, el pueblo se expresaba… “Nada que temer”, decían, y casi que el planteo del achicamiento hacia la sustracción de las condiciones para pensar y actuar nos volvía a dejar en la intemperie.

[2] Horacio Fiebelkorn y Gabriel Reches.

[3] En 2017, con Alejandro, Pia y Javier (siempre), Gustavo, Ceferino, Daniel, Roby, nos metimos a pensar el hacer político popular argentino llevado adelante bajo los sentidos del peronismo. Esa deriva después produjo podcasts, audiovisuales y demases acciones.

[4] “Ah, pero el votante, en un focus group…” (¡creíamos que nunca extrañaríamos a los buenos sociólogos!). Duhalde, Kirchner, Fernández, Kicillof (¡oh! ¡ups!) son figuras de un orden que no le lavan la cara al desastre político que implica desdibujar por completo la idea de una vida y un país (nuestra verdadera y mayor amenaza latente). Dejamos de lado al compañero Menem, ya que los “asesores” de turno se han cansado de poner la balanza a su favor, y el encanto “libertario” le ha hecho los homenajes pertinentes (ya les pertenece más que a nosotros).

[5] Javier Trímboli, El virus de lo absoluto, Buenos Aires, Las Cuarenta, 2025.