“La realidad es la caída del empleo en Argentina, que es superior al equilibrio fiscal, a los arreglos y escritorios… Nos invita a mirar a los desocupados, a los pobres… Y les tenemos que responder”. El que habla es el padre Lorenzo “Toto” de Vedia, en la Plaza de Mayo, en el acto de la Confederación General del Trabajo (CGT) por el Día del Trabajador, y esa responsabilidad para asumir una respuesta a la desocupación, a la pobreza, al futuro de nuestros pibes nos lleva a buscarlo para charlar.

“Ahora me dicen ‘el cura de la CGT’”, nos recibe en la entrada de la parroquia Virgen de los Milagros de Caacupé, donde ya ha pasado la mitad de su vida. “Yo soy de la CGT, de los otros, de todos… Cómo les gusta poner etiquetas…”. A sus 59 años, Toto tiene el saldo experiencial para interpelar a la dirigencia obrera, política y social con su particular acento en la realidad. “No estoy a favor de una visión clasista, estoy a favor de la realidad”, hace la diferencia mientras saluda a un vecino en muletas y a una familia que también lo esperan. Cercano al Papa Francisco, es la referencia más solvente en la defensa de los pobres de la Villa 21-24 en Barracas, en el sur postergado de la opulenta y desigual Ciudad de Buenos Aires.

El pasado 1 de mayo abriste el acto de la CGT citando a Francisco. Hablabas allí de que “el trabajo es con derechos o es esclavo”, afirmación que demuestra la recuperación del lenguaje político por parte de Francisco y buena parte de su Iglesia. Además de tu llamado a rezar y denunciar el trabajo esclavo, ¿creés que social y políticamente somos conscientes del peso de esta enunciación?

Yo creo que la gran novedad, la buena noticia que significó Francisco –entre nosotros, y en el mundo– fue volver a poner a los pobres en el centro de la escena. La Iglesia toda la vida habló de los pobres, pero Francisco dijo: “esto es de verdad”. Lo central en el Evangelio son los pobres, y en la misma línea yo diría que hoy muchas de las cosas que nos pasan es porque la clase dirigente de muchos ámbitos –el sindicato, el partido, la parroquia– se alejó de la gente de a pie. Entonces, la palabra no tiene fuerza, porque no hay un convencimiento fuerte de lo que las mismas palabras significan, porque no hay un convencimiento fuerte de querer cambiar la realidad. La palabra de Francisco sobre “el trabajo o es con derechos o es esclavo” tiene que ver con lo que él hizo en la misa contra el trabajo esclavo en Plaza Constitución. Es una palabra fuerte, clave y firme, porque es una palabra que desea y tiene que transformar la realidad. Las acciones, por supuesto también, como segundo paso después de la palabra… Pero yo creo que hoy por hoy las enunciaciones no tienen la fuerza que tendrían que tener porque no hay ni el deseo ni la acción que las acompañe.

Estás desde 1999 en uno de los barrios más pobres de la Ciudad de Buenos Aires. ¿De qué se trata tu trabajo pastoral aquí, que, como vos mismo aclarás, no está divorciado del trabajo social? Porque vos has dicho: “En los barrios populares, en la villa, lo que le pasa al otro no me puede resbalar. Para ver el agua, para ver la luz, para ver la infraestructura de mi casa tengo que interactuar con el de al lado”. ¿Cuál es el saldo de la gestión de esta ciudad a manos del PRO –desde 2007, veinte años– respecto a la realidad que vive el barrio y la construcción de comunidad?

Cuando yo digo que una de las virtudes de la villa es que no podés desentenderte del otro, no es una visión romántica de la pobreza. Después de estos años de estar acá, puedo asegurar que tanto lo bueno como lo malo que le pasa al vecino te afecta. Para bien o para mal no te resbala lo que pasa, no hay margen para desentenderte. Hay una solidaridad casi natural en los vecinos de este barrio, porque para poner la luz, el agua, la cloaca, sí o sí tenés que interactuar con los otros. En nuestra parroquia, como parte de este colectivo y de esa dinámica, con nuestras luces y sombras, nos vinculamos así también en la comunidad. A veces es acordar, a veces es trabajar juntos, a veces es arreglar un problema y otras veces pelearse, pero sí o sí hay que estar.

En ese sentido, creo que, si hay una crítica que podemos hacer a la gestión de la Ciudad en las distintas etapas que atravesó en los veinte años de gobierno, es que jamás fue parte de esta comunidad, no pudo apoyarse en esa interactuación que hay entre los vecinos, no se vinculó con los problemas ni con la forma de resolverlos. Las veces que hubo presencia del Estado –porque hoy es pura ausencia, claro– no se llegó a mucho. Yo me acuerdo cuando Gabriela Michetti venía porque presentaban mejoras urbanas en la Villa 1-11-14 con Larreta: pasaba la gente de ellos por acá, los del IVC (Instituto de Vivienda de la Ciudad) también, y yo les decía: “Ustedes no pueden venir a la villa como si esto fuese la vecindad del Chavo, este es Don Ramón, este es Quico, este es el Chavo…”. Acá los vecinos son los protagonistas del lugar, y los proyectos de urbanización –que acá en la 21 ni eso hubo– hay que armarlos con ellos; no es fácil, pero bueno… sin ese ida y vuelta de las necesidades, de los deseos, de comprender la vida acá, la gestión no ofrece más que postergación. Así, el supuesto “diálogo” termina siendo con los punteros políticos.

A eso iba… ¿La militancia política?

Vos sabés, yo no le tengo miedo a la política, no es que quiero correrme de las organizaciones: ahora me dicen el cura de la CGT, te etiquetan, después me pegan a otra organización social y no me importa. Pero tengo una crítica tanto hacia quienes les toco gobernar la ciudad, como –comprendiendo otro grado de responsabilidad, obvio– hacia quienes les toco ser militantes acá. Muchos errores fueron de las organizaciones sociales y tendremos que revisarlos: ¿qué mirábamos, el bien del barrio o posicionarnos mejor nosotros, la carrera, en la estructura organizativa o partidaria?

Por otro lado, es verdad que el trabajo militante sufre una estigmatización mediática y social, una persecución sistemática (“gerentes de la pobreza”, “kukismo”). Parece más imperar el mandato social de la “limpieza” fascista (“buenos vecinos”) que el modelo compasivo cristiano. ¿Cómo pensás este nuevo/viejo fenómeno?

Yo creo que es un fenómeno ideológico de larga data. Es gente que tiene un prejuicio ante los pobres y ante todo aquel que quiere trabajar contra la pobreza. Pero al mismo tiempo creo que esto pasa porque no hemos sabido aprovechar bien los espacios que había para actuar en favor de los más humildes. Dejamos un hueco para que aparezcan estos tipos y hagan lo que están haciendo. La demonización del que trabaja con los pobres es ideológica, pero también pasaron otras cosas en estos años. Me gusta poner este ejemplo: ¿viste cuando somos chiquitos? Papá y mamá son Dios. Y cuando somos adolescentes, papá y mamá son el demonio. Pero cuando crecemos nos damos cuenta: no eran ni el Dios de tu infancia ni el demonio de tu adolescencia, son seres humanos con lo bueno y con lo malo, que hicieron lo que pudieron y, bueno, te educaron, te criaron, estuvieron con vos hasta que fuiste esto que sos ahora. Bien, yo creo que cuando la sociedad demoniza a los que llaman los “gerentes de la pobreza” es porque alguna vez los endiosamos. Cuando digo que endiosamos, me refiero a que pusimos en ellos una expectativa que en realidad es imposible cumplir. El trabajo en y con los barrios populares no tiene que ser una especie de mesianismo, tiene que ser una compañía de la gente. Si hoy la sociedad nos demoniza es porque, en parte, alguna vez la presencia fue mesiánica. Eso de que “yo” vengo a “salvar” a “otro” no es así, nunca fue así. Si trabajamos contra la pobreza, venimos a acompañar un proceso en la vida de un barrio. Creo que tenemos que revisar cómo hemos trabajado con los pobres para que después nos digan “gerentes de la pobreza”: que el que lo dice está ideologizado y por eso lo dice, no hay duda; pero también revisemos si a lo mejor no le estamos dando letra con algunas acciones para que se siga diciendo y la gente lo repita.

Lo que decís me resuena al problema de la responsabilidad. También a una generación de sacerdotes que caminaron junto a Francisco que se hacen cargo de la realidad social y de la responsabilidad de la estructura de la Iglesia en esta cuestión del lugar mesiánico al interpelarnos para pensar como cristianos adultos, como decías, para sacarnos del lugar del niño o adolecente. Quizás es mi esperanza, pero veo un cambio en ese sentido, un llamado a que nos hagamos más responsables todos en lo que hacemos en cada lugar, más que utilizar el atajo de la religión para esquivar la tarea a la que estamos llamados.

Y sí, como decís, tenemos que hacernos cargo todos los cristianos de ese camino, no delegarlo en el cura ni en los más cercanos a la Iglesia. Respecto a las formas de los curas para abordar el trabajo con la pobreza, son cuestiones epocales. Mujica no vivía en la villa y la generación de curas de esa época no vivía en la villa. Antes, el cura iba a la villa, que se la seguía llamando “de emergencia”, pensando que algún día se superarían todos los problemas que hacían que una población se asiente en un lugar con bajísimas condiciones para poder vivir. Mujica decía: “Yo me puedo ir, ellos no”. Después, nos dimos cuenta que las villas como espacio territorial de los pobres llegaron para no irse, y los curas nos vinimos a los barrios. Creo que para nosotros, vivir y acompañar la vida de los pobres, de un modo no mesiánico, es compartir la vida y ayudar a la comunidad. Yo creo que Francisco marcó mucho esto de entender el rol que tenemos y como aprovecharlo. Porque él se acercó a una realidad y fortaleció el equipo de curas de la villa y de la ciudad para que acompañemos la vida de la gente, no para que seamos los salvadores de nadie. Me acuerdo cuando estaba en Santa Elisa, en Constitución –estuve seis años allá–, le dije a Bergoglio “quiero hacer una carpa misionera” y me respondió “muy bien, hay que hacer quilombo”. Porque la Iglesia no está para controlar la vida de la gente, sino para ir donde la gente está, acompañar. Al menos yo creo que eso es lo que tengo que hacer.

Cómo vos mismo planteás, “hay que buscar hacer cosas por el otro”. Pero no solo acciones individuales, sino organizarnos. En ese sentido, repensando en recuperar la organización para hacer algo por los jóvenes, ¿cuáles creés que son las necesidades más urgentes de los pibes de este barrio?

Yo creo que históricamente los pibes también son pobres, porque se los patea de todos lados y no hay quién les dedique tiempo. O sea, para empezar, nuestros pibes son pobres de tiempo y de espacio. Creo que hay que escucharlos, hay que darles un lugar y bancarse esa. Si yo digo “abro la parroquia de los jóvenes” y después digo “che, no hagan tanto ruido”, el que está mal soy yo, no ellos. Me parece que hay que escucharlos, hay que darles un lugar y construir también con ellos. Si bien tienen que tener sus espacios, también tenemos que aprender a interactuar de un modo intergeneracional con ellos. Eso es importante, porque estamos muy separados.

Así como decimos “recibir la vida como viene”, tenemos que recibir a los jóvenes como vienen. No es el joven como yo quisiera que sea, sino el joven como realmente es, y hay que recibirlo, acompañarlo, y tratar de comunicarles que los queremos y necesitamos. Pero estamos asistiendo a un rompimiento fuerte del tejido social. Entonces, los padres no pueden ser padres como debieran, las madres no pueden ser madres como debieran y los chicos, de golpe, trajeron cuestiones que no teníamos pensadas. Por ejemplo, un maestro, un profe de escuela se formó para educar, para facilitar conocimiento; después llega acá y se encuentra con un pibe de gorrita y que le dice, “¿qué me mirás?” o “¿qué te importa?”, y obvio que ese pibe no tiene nada que ver con las expectativas que el docente tiene, ni sus necesidades tienen tanto que ver con la tarea que el profe vino a ejercer.  ¿El tipo tiene vocación? Sí, tiene vocación el docente; pero estos años nos llevan a pensar una educación que hay que estar constantemente reinventando. Alguna vez dijimos: “Trabajar con jóvenes y con pobres, siempre volver a empezar”. No hay recetas. Hay testimonios, hay experiencias; pero después hay que volver a empezar siempre.

Acá en el barrio creo que cuando no hay plata aparecen muchas más delincuencias, violencia institucional y consumos problemáticos de todo tipo. ¿Cómo ves a los dirigentes políticos combatiendo eso realmente? O sea, ¿es un problema de seguridad, es un problema de educación o es un problema de salud, todo al mismo tiempo?

Para mí el problema grande que hay es la lejanía existencial. Creo que todos estamos alejados: los profes, los curas, los padres también podemos caer en eso. Pero en lo que respecta a las dirigencias, a veces gente que son del mismo barrio, la misma arena política los va llevando a alejarse. Ha pasado acá. Alguien accede a una junta vecinal y después se enamora más de los recursos –todo tipo de recursos: materiales, sociales, de accesos– que de la misión. Y entonces terminan interesándose más por la rosca y cosas de ese tipo que por responder a lo que los pibes pobres del barrio necesitan. Ojo, también nos puede pasar a nosotros. Si en el Hogar de Cristo estamos más pendientes de ver si ocupo este nuevo rol que por el compañero que está ahí tirado, tenemos que revisar un poco. Si las catequistas están más pendientes de los espacios de poder o de que el cura les dé más más lugar o no, se están distrayendo de su esencia, que es acompañar el crecimiento religioso de los chicos.

Muchas veces la Iglesia está aportando a la construcción de la militancia casi sin darnos cuenta. Yo me acuerdo cuando fui a la Facultad de Ciencias Sociales, la carrera de Trabajo Social, y les pregunté a los pibes: “Che, ¿por qué decidiste estudiar Trabajo Social en la UBA?”. Y uno me dijo con vergüenza “porque yo fui con una monjita a una villa y me picó el bicho de la sensibilidad”, otro me dijo “iba a un grupo de jóvenes, tuvimos una misión y me entusiasmé”. O sea, hay muchos militantes que desde la fe tuvieron experiencias sociales y después creyeron que eso se podía convertir en trabajo social, en acción política. En esta villa tenemos la experiencia de que un hecho religioso transformó la vida del barrio. O sea, no tenemos que acomplejarnos con nuestra historia y con nuestra realidad. Me parece que a veces a los cristianos nos pasa eso, a la política también, no sé, a gente que auténticamente quiere militar en la política, ocuparse de los problemas, pero la estigmatización actual, como decías, los hace correr esas identidades a la hora de presentarse. Eso también es parte de la lejanía entre nosotros, el prejuicio del otro.