V-Zinos

Ilustración: Cima / Texto: Sreo

De las guerras libradas en los últimos siglos contra los humanos, la que llevan adelante los V-Zinos es quizás la más subrepticia y corrosiva. De piel amarillenta y algo escamada, con una preferencia insana y voraz por cerebros humanos, esta especie de lagarto zombie protagoniza desde hace algunas décadas una verdadera invasión intra-terrestre: prestarle mente, afecto y oído a su lengua viperina, bajar la guardia ante su aparente bonhomía, poco y nada basta para que el incauto o el cándido se acerque más de la cuenta, caiga en sus garras, vea su cerebro devorado y se convierta él mismo en un V-Zino.

Se dirá: la humanidad debería a esta altura haber creado artilugios para mantenerse a distancia y recaudo de estas bestias zombíficas. Desafortunadamente, todo se complica en la medida en que su fisonomía real se advierte, de manera oblicua, solo a través del reflejo de su imagen (en un espejo, en una venta, en una pantalla): a simple vista, los V-Zinos se ven como humanos normales y corrientes. Por si esto fuera poco, esa imagen real solo puede verse si uno mismo no es ya un V-Zino. Esto supone una complicación adicional, ya que, a sus propios ojos, todo V-Zino piensa que es un humano normal, tanto como el resto de los V-Zinos. La regla número uno de la invasión V-Zina es, por lo tanto: los V-Zinos no existen. Trágico cuadro, habida cuenta que estudios especializados calculan que, en la actualidad, del treinta al cuarenta por ciento de la población aparentemente humana de las grandes urbes mundiales es, en realidad, V-Zina.

Muertos vivos zalameros y comedidos por demás, los V-Zinos hacen gala de las estrategias más burdas para acercarse a los humanos: sonrisa guasonesca, ojos tristes y beboteo de Heidi, palabras melosas, culto exacerbado a la amistad, apelaciones huecas al amor, la paz y la concordia, todo vale para tener a tiro el cerebro que se anhela almorzar. Y a quienes no se dejan seducir por sus encantos, bala: no hay nada que irrite más a un V-Zino que un humano suspicaz o simplemente ajeno a sus redes de captación mental. En esos casos, el buenondismo bonachón deja paso a la burla, el desprecio y, finalmente, a un odio que no conoce límites y lleva a la persecución despiadada. Esta afectividad cambiante es uno de los elementos que permiten suponer que estamos frente a un V-Zino, en casos en que se hace difícil apreciar su imagen reflejada.

Otro modo de detectar V-Zinos es a partir de su desbocada devoción por las selfies. ¿Narcisismo, cinismo, solipcismo, voluntad de afirmación? Nadie lo sabe. Lo cierto es que, a pesar de que su verdadero aspecto no queda fijado en las actuales fotografías digitales, la fascinación que los V-Zinos tienen por su propia (falsa) imagen y la necesidad de compartirla y festejarla a todo momento y por todos los medios es por demás llamativa y merece mayores estudios biológico-políticos. Si bien no es un comportamiento excluyentemente reptiliano, la pulsión fotogénica es, hoy, un indicador valioso en la lucha por la supervivencia del ser humano en la Tierra.

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