Los bradburys

Ilustración: Cima / Texto: Sreo

Hay ocasiones en las que la humanidad crea bestias a su imagen y semejanza. Los avances en los campos de la inteligencia artificial y de la holografía, las mutaciones de los medios de comunicación, un desgano generalizado en relación con las llamadas redes sociales tradicionales: todos ellos fueron factores que ayudaron a la invención y popularización de los bradburys. En parte fantasmagorías hi-tech, en parte condensación del inconsciente colectivo, lo que en principio fue un experimento nerd –el desarrollo de una virtualidad capaz de llevar adelante una experiencia de auto-aprendizaje en procesos de interacción con humanos– se convirtió de súbito en la revolución tecnológica de turno. Un grupo de ingenieros informáticos albaneses fue el responsable del núcleo básico de funcionamiento, las primeras versiones y el nombre –un homenaje (no exento de ironía) al escritor estadounidense Ray Bradbury, quien en su novela más famosa había anticipado en cierto modo la idea al describir una realidad en la que, mientras los bomberos se encargaban de quemar libros, el común de la gente vivía encerrada en sus hogares en diálogo constante con personajes que habitaban pantallas parlantes. El entorno holográfico y la producción en serie corrió por cuenta de la feliz fusión entre empresas de hardware y automotrices coreanas, quienes se vieron forzadas a mantener el nombre original debido al tipo de patente elegida por sus creadores originales.

Muy pronto cada individuo del tercio consumidor del planeta tuvo su kit básico de bradburys, integrado por cuatro componentes: adulto, adulto mayor, joven y mascota. La posibilidad de configurar género, aspecto físico, tamaño y personalidad permite, desde la versión 3.0, que los usuarios adapten cada bradbury a sus aspiraciones relacionales y necesidades afectivas específicas. Así, los hogares están hoy llenos de padres, madres, hijos, hijas, sobrinos, parejas, amigos, perros, gatos y perrogatos virtuales, dispuestos al diálogo y la comunicación 24/7. Su carácter incorpóreo es la razón determinante de su popularidad: al no ocupar lugar real y utilizando los micro-auriculares de alta sensibilidad incluidos en los lentes de visualización, cada miembro de la familia puede interactuar con sus bradburys en un mismo ambiente sin molestar al resto. Al costado de la cama, en la oficina, en el transporte público, el vehículo particular o en la calle: los bradburys ocupan el lugar que en otros tiempos tuvieron los teléfonos inteligentes y las redes sociales, con la ventaja de no depender del humor y los límites de la disponibilidad humana. Su eficaz inteligencia artificial resulta imbatible: en unas pocas semanas, un bradbury construye más afinidad con su dueño que la que puede tenerse con amistades de la infancia o familiares directos a lo largo de décadas. No obstante, todo progreso lleva aparejado su accidente: no son pocos los que temen que, en algún momento, los bradburys se aburran de nosotros, comiencen a hablar únicamente entre ellos y quedemos, de repente y sin posibilidad de vuelta atrás, fuera del mundo, cara a cara con nuestra soledad.

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