Dipuffskein

Ilustración: Cima / Texto: Sreo

“Los dipuffskeins van a terminar siendo las babysitters de todos nosotros”, solía decirse en broma en las mesas familiares de los hogares pudientes, cuando la función excluyente de esos bichos peludos era aquietar la crisis causada por el fallo masivo de la tercera generación de tamagutchis (toscas traducciones de carne y hueso de aquella formidable intuición japonesa sobre la conjunción de carencia afectiva y deseo de sumisión del amo tan de moda a fines de siglo XX). El apuro del mercado de proveer mascotas no virtuales y seguras a los consumidores de la primera infancia llevó a su crianza y venta masiva a lo largo y ancho del globo. Un dipuffskein promedio posee una inteligencia menos que modesta; no obstante, es una criatura muy extrovertida y lenguaraz, dueña de una alta capacidad de manipulación afectiva. La combinación de diseño esférico, pelambre suave y ojos tristes de las tierras bajas flechó de inmediato los corazones del segmento ABC1 y, en menos de lo que se queja una cibervieja, convirtió al dipuffskein en el amigo fiel predilecto del noventa y cinco por ciento de los niños y niñas de clase media.

Luego de un tiempo de circulación de las primeras tandas de híbridos, la manipulación genérica casera permitió que aparecieran los primeros dipuffskeins fecundables y, con ellos, algunos clásicos problemas asociados al desarrollo evolutivo: sobrepoblación, aumento de la agresividad, primeros esbozos de corporativismo de especie. Desde aquel momento, los dipuffskeins parecieran haber sellado un pacto tácito alrededor de un único objetivo: la conquista del mundo humano adulto. De ser un divertimento infantil, mitad mascota, mitad juguete, pulieron y desarrollaron sus capacidades de interacción y de dominio afectivo y lograron convertirse en compañía y soporte permanente de estudiantes, amas de casa y ancianos, mostrando eficacia y esmero en tareas domésticas, organizativas y de cuidado. Esas mismas cualidades los catapultaron a ocupar, tanto en el ámbito privado como en organismos públicos, funciones de asistencia, atención y administración básica, a título de “ayudantes terapeúticos” de sus dueños o directamente como “insumos biotecnológicos” de las propias empresas e instituciones.

Tras la aprobación de la Enmienda Democrática Global y la consagración de derechos ciudadanos a especies no humanas, los dipuffskeins se emanciparon de sus propietarios, pasaron a obtener beneficios económicos por sus servicios y comenzaron a participar de la vida cívica. A ciencia cierta, nadie sabe cuál fue el primer ejemplar que ensayó la actividad parlamentaria: el ingreso de los dipuffskeins al mundo de la política fue un fenómeno de carácter planetario y rutilante. Esto, por supuesto, tuvo su patrón de comportamiento: 1) presencia pública a la vera y sombra de un político menor; 2) estrategia de exposición mediática extrema como opinólogo, masticador de frases hechas y trilladas y, eventualmente, denunciante; 3) abandono de su mentor y lanzamiento de candidatura propia; 4) búsqueda de nuevo tutor o encargado en el estamento superior de la espiral de la rosca, ya con cargos, representatividad, fueros y dieta. En menos de un lustro, los dipuffskeins inundaron los estamentos legislativos de todas las democracias nacionales y transnacionales, gracias a su locuacidad proverbial y su capacidad de conectar discursiva y emotivamente con el votante cualunque y el ciberciudadano promedio. En la actualidad, la presencia institucional dipuffskein corresponde, en promedio, a un tercio del total de los diputados y parlamentarios en actividad, y sigue creciendo. De cada diez políticos profesionales que aparecen en los medios de comunicación y espectáculo, siete son de la especie de los grandes ojos. “Una buena semana de pantalla de un dipuffskein ducho te da vuelta una elección” es una verdad irrefutable que se escucha, con sus variantes lógicas, en bares y calles de toda ciudad de más de cien mil cibervotantes.

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