La tanga violeta

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Se puso roja como la carpeta de inglés que usaban en primaria. Miró a la profesora de Educación Cívica otra vez, tratando de disimular, de bajar la saturación de rojo en sus cachetes, de apretar los brazos contra el cuerpo para que no se vean los círculos mojados de transpiración en la chomba gris. Volvió a mirar para arriba a ver si ya la habían sacado. Pero no: seguía girando, colgando de una de las aspas del ventilador.

La semana anterior habían ido a su casa todos los del grupo de Whatsapp “Barilo 2018”. La idea era juntarse una vez por mes en la casa de alguien para pensar y organizar formas de juntar plata para el viaje y la fiesta de egresados. Esa iba a ser la tercera reunión. Nadie ponía casa; Poli ofreció la suya.

Mis viejos tienen un casamiento y mi hermana se va a lo de una amiga. Pueden venir. ¿Cuántos somos? Somos ocho: Ceto, Tomi, Fede, Santo, Flor, Luke, Cele y Poli. Ocho. Caemos tipo nueve, nueve y media. Dale, listo. Y pedimos pizza. Ok. Yo voy con vos del cole directo Poli, ¿dale? No puedo porque tengo médico. Ah, bueno. ¿Entonces me voy con vos, Cele? Sí, dale. Me pasa a buscar mi vieja. Bueno…

Después de la pizza compraron helado en Cittanova. Luke fue a buscar su mochila. Había traído licor de melón Tres Plumas. Ceto abrió la suya, un Smirnoff por la mitad. Y Santo le había robado un Red Label al viejo. Solo había podido disfrutar de cuatro medidas. El resto sacó botellas de gaseosa de sus mochilas. Se hicieron tragos: la combinación que sea pero siempre combinar, esa era la clave.
Fede: Pero en nuestro curso no hay minas tan lindas, ponele.
Santo: No digas así, boludo, no ves que están ellas acá, sos un bestia.
Luke: Bueh, ni que ustedes estuvieran tan fuertes, pará…
Cele: Sí, nosotras tampoco tuvimos suerte. Mirá lo que son los de cuarto… Está Pita que se parte solo…
Flor: Naaahh, Luqui, boluda, viste los músculos, los ojos, ¡me muero!
Fede: Bueno, en realidad sí hay chicas lindas en nuestro curso. Pao, ponele, está buena.
Chicos: Seee.
Fede: Y, ponele, vos, Luke, tenés buenas gomas.
Luke: ¡Ay, qué pajero, chabón!
Fede: Vení, vení, no te enojes. ¡Yo te quiero!
Fede se levanta, la abraza a Luke y la sienta encima suyo. Las tetas de Luke salen estrujadas hacia arriba por la presión del brazo de él.

La profesora volvió a entrar al aula. Atrás venía el rector, con el saco cruzado, los bigotes enroscados para arriba y los pantalones con las rodillas gastadas. Poli se sentó, pero tampoco así pudo controlar el rojo de la cara. Sentía las orejas hirviendo. “¿Alguien me puede explicar qué es esto, señores?”, preguntó el rector. Nadie contestó, pero Poli podía escuchar las risas contenidas de todos. “Si a las 12 no tengo en mi oficina al responsable, se llevan todos una suspensión. Rigoletto, venga para acá”. Tomás se levantó sin despegar los ojos de los mocasines del rector. “Agarre esa silla y baje eso ahora mismo. Después, me lo trae a mi oficina”. Se subió, miró a todos desde lo alto y, con los dedos como palitos chinos, agarró la tanga violeta que estaba colgando del ventilador en velocidad dos.

Cuando se empalagaron del licor Tres Plumas ya estaban bastante en pedo y hablando de cualquier cosa; especialmente, de las milfs del curso. Cada vez que tocan el tema, a alguien se le ocurre empezar a ver los videos de Youtube donde aparece la mamá de Poli. En los 80 había sido modelo de un joven Pancho Dotto y participaba de muchos programas de TV como promotora. El que más les gustaba a los compañeros de Poli era ese en el que ella y otra de las chicas tenían que ir levantando del piso las cartas que tiraban los participantes al intentar hacer el castillo más alto en el menor tiempo posible. En eso, cuando la mamá de Poli se agachaba a buscar las cartas, la cámara tomaba de lleno su tanga violeta.

El rector salió, Tomás fue detrás de él. La profesora de Educación Cívica se sentó en el escritorio y empezó a completar el libro de actas. Después, dijo: “Si alguno se quiere levantar en el medio de la clase para ir a confesarle al rector quién fue, no hace falta que me pidan permiso para salir. Ahora, saquen una hoja. Del examen no se salvan”. Paula se inclinó sobre el pupitre y estiró la mano hasta alcanzar el block de hojas que tenía tirado en la mochila.

Terminó la prueba y entregó sin releer. Salió del aula caminando para el lado de las aulas de quinto, a ver si su hermano estaba dando vueltas por ahí. Pasó por la ventana de la oficina del rector que daba al pasillo y miró entre la persiana entornada. Todavía no había ido nadie a confesar; estaba solo, inclinado sobre el cajón del escritorio, sosteniendo algo con los dedos a la altura de la nariz.

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