Hubo un tiempo en que las orillas del Riachuelo eran territorios ocultos dentro de la ciudad. Montañas de basura y escombros, barcos abandonados, pastizales que impedían ver lo que sucedía junto al agua. No se trataba solamente de un río contaminado: era un espacio público sustraído a la mirada y a la vida de la comunidad.

En aquellos barcos abandonados se acumulaban arenas, residuos y sustancias contaminantes. Personas inescrupulosas arrojaban líquidos dentro de las sentinas o utilizaban los viejos tanques como depósitos clandestinos. Sobre el agua flotaban residuos de toda clase, que formaban una capa de sobrenadantes que parecía cubrirlo todo.

Pero el deterioro ambiental no terminaba en el agua. Faltaban caminos para recorrer las márgenes, iluminación, vigilancia y presencia pública. El Riachuelo era inaccesible e invisible. Y, cuando un lugar deja de verse, también se vuelve posible que allí sucedan cosas que la sociedad prefiere no mirar.

Una de ellas fue el asesinato de Ezequiel Demonty. En septiembre de 2002, un grupo de policías lo obligó a arrojarse al Riachuelo, a la altura del Puente Alsina. Ezequiel no sabía nadar y murió ahogado.

Al revisar los noticieros de aquellos días, una frase resulta estremecedora. Un integrante de la fuerza policial explica frente a las cámaras: “Esto pasa habitualmente acá”. No habla solamente de un crimen. Describe una normalidad. Como si arrojar personas al río formara parte del paisaje y la muerte pudiera aceptarse como otro residuo más de sus aguas.

Durante los primeros años de limpieza encontrábamos, cada tanto, el cuerpo de alguna persona. También aparecían animales grandes: perros, caballos. El río devolvía aquello que la ciudad había decidido abandonar. Lo más grave, sin embargo, no era únicamente que esas cosas sucedieran, sino la naturalidad con la que eran relatadas.

Recuerdo una de las primeras navegaciones que realicé con Juan José Mussi, entonces ministro de Ambiente de la Nación. Era la primera vez que recorría el Riachuelo desde el agua. Detrás de nuestra embarcación venía una lancha de Prefectura, como correspondía al traslado de un ministro nacional.

Cuando pasábamos bajo el puente Victorino de la Plaza, en medio de un mar de basura flotante, vimos un cuerpo.

—¿Ve, doctor? Esto es lo que ocurre acá —le dije.

Tomé el handy y avisé al oficial de Prefectura que nos seguía:

—Hay una persona flotando. Está muerta en el agua.

La respuesta llegó de inmediato:

—Eso es natural, Antolín. Ayer hubo partido.

Otra vez la misma naturalización. Un cadáver flotando era explicado como una consecuencia previsible de un acontecimiento deportivo. El río aparecía como un lugar en el que la violencia podía descargar sus restos sin provocar demasiado asombro.

Por eso la recuperación del Riachuelo no puede medirse solamente en toneladas de residuos retirados, barcos removidos o kilómetros de márgenes liberadas. Recuperar un río es también interrumpir esa normalidad. Es devolverle visibilidad a un territorio, hacerlo accesible, iluminarlo, recorrerlo y ponerlo nuevamente bajo la mirada y el cuidado de la comunidad.

Durante varios aniversarios de la muerte de Ezequiel Demonty, desde ACUMAR facilitamos una embarcación para colocar sobre el río una bandera con su rostro. No era solamente un homenaje: era una manera de devolverle un nombre y una historia a quien había sido arrojado al agua como si su vida no importara.

En una de esas oportunidades, su madre dijo algo que todavía recuerdo con orgullo y emoción: si el río hubiera estado entonces como estaba en ese momento, su hijo no habría muerto.

La frase resume el sentido profundo de la recuperación ambiental. Un río limpio y navegable no es únicamente una postal agradable. Un espacio público cuidado, iluminado, transitado y ocupado por la comunidad también protege la vida.

Hoy el paisaje es otro. Ya no existe aquella alfombra de sobrenadantes que impedía ver el agua. Las márgenes pueden recorrerse y las embarcaciones vuelven a navegar. Donde antes predominaban el abandono y el miedo comienzan a aparecer actividades comunitarias, deportivas y recreativas.

En la Villa 21-24, los chicos del Puertito practican remo desde hace años. En la Vuelta de Rocha, el Club de Regatas Almirante Brown navega prácticamente todos los fines de semana y también durante los días hábiles. A ellos se suma ahora una bajada pública y gratuita en Barracas, al final de la calle Río Limay, frente al Club de Regatas Avellaneda.

Ese lugar también guarda una historia. Allí se encontraba la Villa 26, donde vivían 264 familias. Después de su relocalización, se construyó un parque público lineal sobre la margen de la ciudad. Del lado de la provincia, el borde costero también fue recuperado. Hoy el espacio se mantiene en buenas condiciones y permite acercarse al río, bajar una embarcación y practicar remo. Incluso lo utilizan deportistas con experiencia en competencias internacionales.

La escena tiene algo de reparación y también de paradoja. Frente a la nueva bajada pública permanece el Club de Regatas Avellaneda, que hoy no funciona para la práctica del remo, pero conserva una presencia cargada de memoria. Allí se filmaron escenas de la película Luna de Avellaneda. En una de ellas, sus protagonistas navegan en una barcaza por un Riachuelo cubierto de basura. A su alrededor flotan residuos y animales muertos, mientras al fondo aparece la Villa 26.

Aquella imagen cinematográfica retrató con precisión una época. Hoy la villa ya no está, las familias fueron relocalizadas, existe un parque público y donde antes flotaba la basura ahora avanzan los remos.

No se trata de afirmar que todos los problemas del Riachuelo estén resueltos. Su recuperación sigue siendo una tarea permanente, frágil y siempre expuesta a retrocesos. Pero hay transformaciones que deben reconocerse, porque demuestran que la degradación no es un destino.

Durante demasiado tiempo nos dijeron que ciertas cosas eran naturales: la basura, los barcos abandonados, los cuerpos flotando, las orillas inaccesibles, la violencia escondida detrás de los pastizales. Pero no eran naturales: eran el resultado del abandono, de la desigualdad y de decisiones políticas.

Hoy, cuando una embarcación baja al agua desde un espacio público y gratuito, cuando los chicos de la Villa 21-24 reman, cuando una familia camina por el parque lineal de Barracas, cuando el rostro de Ezequiel Demonty vuelve al río convertido en memoria, comprendemos que recuperar el ambiente es también recuperar ciudadanía.

El Riachuelo no solamente está más limpio. Está más visible, más recorrido y más vivo. Y un río que vuelve a ser mirado por su comunidad deja de ser un escondite para convertirse, otra vez, en parte de la ciudad.