El sujeto ideal del totalitarismo no es el nazi convencido, tampoco el comunista convencido, sino las personas para quienes separación entre los hechos y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso ya no existen.
Hannah Arendt

Protagonizada por Jack Nicholson y Adam Sandler, la comedia Locos de ira produce escalofríos, principalmente si, finalizada, uno tiene la ocurrencia de representársela en un escenario de realidad. Básicamente, se trata de un fundamento azaroso: debido a un malentendido en un avión, la jueza Brenda Daniels (Lynne Thigpen) decide que Dave Buznik (Adam Sandler), quien sufriera un supuesto “brote de violencia”, tome sesiones para aprender a controlar su temperamento en un centro de control que dirige el Doctor Buddy Rydell (Jack Nicholson). En la institución, se encuentran en una misma situación individuos inestables y excéntricos, y el doctor aplica terapias poco ortodoxas, condicionando al paciente Dave a una serie de sucesos que lo atrapan en una trama sin control. Una recaída, y su consecuente obligación, muestran no solo una personalidad sana pero débil, sino el abuso de poder de un terapista corrupto y cruel, pero de personalidad expresiva e histriónica, que deja una pregunta rondando: ¿cuán seguros estamos de no pasar ese límite infinitesimal entre paciente y terapeuta, entre víctima y victimario, entre el salvador mesiánico y la masa inerme?

Las sociedades actuales en general, y la nuestra en particular, muestran desde hace tiempo una propensión a las pasiones antes que a los actos virtuosos. Si hay algo que en estos diez años se inoculó entre nosotros –planteo supremo de Lacan, “significante amo”– es la sujeción alienante: al no haber una diferencia entre ideal (el deseo del Otro) y mandato (la ley), la imposición de lo exterior (cultura), en definitiva, nos ha dejado atrapados bajo una identidad sin garantías de sentido pleno. Una comedia de la realidad frente a la desinformación, el ostracismo, la ignorancia, el odio incubado. Ignorando si la alegría o el odio tienen dimensiones comparables, o si a igual motivación las intensidades expresivas de ambas son similares, se intuye que despertar alegrías es más difícil, puesto que su componente subjetivo es disímil, atemporal, contextual. Mientras que, a su turno, el odio o la ira recrean una manifestación más plana, homogénea y contextualmente con mayores posibilidades de elegir “el objeto” de su pasión: la frustración en cuanto cimiento y plataforma de un nuevo sino social, donde la siembra iracunda alcanza su mayor productividad.

Aquello que el arte en general plantea como comedia, parodia o ficción ha tenido más realidad que la realidad misma. Desde antaño, quienes han tenido el coraje de manifestarlo, denunciarlo o evidenciarlo –Aristófanes es un magnífico ejemplo– mostraron lo absurdo no como metáfora, sino como hecho fáctico de la condición humana. Dos mil y pico de años han pasado y parte del sujeto social es víctima, activa y pasiva, del desquicio y desequilibrio de determinados personajes, y la historia debe reescribir la catástrofe. El academicismo no ha sido una frontera infranqueable: la historia de la humanidad nos muestra con suficiente cantidad de ejemplos que esquizofrénicos, neuróticos, psiquiátricos han usurpado y detentado el poder y han transformado un ideal social en un canon de odio, de violencia y de ira.

El objeto puede ser cualquiera, desde lo más encumbrado hasta lo más nimio, desde lo perenne hasta lo coyuntural, desde lo trascendente hasta lo más superficial. Pulsión, voluntad, pensamiento pueden ser víctimas de una misma cosa –el desapego al acto reflexivo– y lo catártico un flujo por el sedimento o la escoria de la vida sin propósito.

¿Hasta qué momento se repetirá la oscuridad de la vida? ¿Hasta dónde es posible el abismarse colectivo? Quizás ya no sean las preguntas. ¿Esto es real? Sí que lo es. Trump, Zelensky, Netanyahu o Milei son más que suficiente para develar no solo una sociedad en crisis, sino una nueva condición humana que, como imperativo categórico, ciega la poca razón aun existente, aborta cualquier atisbo de imaginación y determina una hostilidad que todo lo subsume y lo contagia. Seguramente habrá un después; en el mientras tanto, Nicholson y Sandler ven cumplida una profecía que solo imaginaron como comedia durante 2003: el mundo ríe, llora, sufre, se aliena, piensa o se informa bajo el sesgo hegemónico de “locos de ira”.