En homenaje a FdQ
Engaño, engaño, engaño, pero si tiene raíz latina, como todo en esta bendita tierra, esa que nos dice que el engaño es “la acción y efecto de engañar”, o sea digamos “inducir a tener por cierto aquello que no lo es, dar a la mentira aspecto de verdad, producir ilusión”, que bien complementa aquello del viejo Freud acerca de que una ilusión es un error con deseo, como le pasó a Cristóbal Colón cuando llegó a las Indias, que ya estaban allí antes de ser descubiertas por quien sea, pues la ignorancia de los hechos no espabila el entendimiento de las personas seguras de sí mismas y por eso mismo bajas en entendimiento, al creer que lo que no conocen no existe, y cuando surge el acontecimiento lo sitúan de inmediato en las categorías dominantes forjadas a fuerza de siglos de ignorancia y prejuicio, y hacen entrar a lo nuevo a sangre y fuego en lo ya añejo por remanido, tal como hicieron, hacen y harán estos haraganes del pensamiento que llamamos liberales, neoliberales o libertarios, jamás libres ni libertos del firme convencimiento de que el mundo y sus alrededores, y sobre todo los que habitamos en el mencionado orbe, debemos por algún asunto de súbita e inconmovible nigromancia financiera ajustarnos acorde a dogmas jamás discutidos y nunca demostrados, al menos en la realidad, pues en eso radica el arte del engaño, que consiste en una de las más interesantes facetas en cobrar al contado la ilusión que venden a futuro, que el tiempo es oro, como si nuestras vulgares existencias no valiesen tanto como los lingotes argentinos enviados por Bausili a Londres y allí presos cual islas, sin que escuchemos, al menos, tanto cacareo republicanista por la entrega de sólidas reservas, ni tengamos que sufrir la observación de los cafishos del honestismo, que a veces profesan voley, hacen mal cosplay o presumen de diaria comunión en un Dios que no cree en ellos, en imposible purgación de pecados sin remisión, porque, vamos, nadie es héroe contra la propia Patria, que es madre, hermana, hija, novia y siempre compañera y que hoy es masacrada en femicidios sin nombre, en la persecución de las diversidades, en la prohibición del goce, como si ellas y las hijas y los hijos que desaparecen a diario apenas fueran máquinas para satisfacer en sufrimiento los caprichos sádicos de los que jamás podrán llamarse hombres y nunca ciudadanos, por más que rejunten frustraciones de intocadas ingles vírgenes de humanidad, siempre a medio lavar: eso no nos engaña, sabemos quiénes son en palabra y acción, y ya les llegará el tiempo a esos pavos que hoy pavonean arrojos que solo asumen en cobardía, ya les llegará, digo, el supremo instante de lucir la tobillera al cuello, por simple mandato popular, que no es promesa vana, ni engaño, pues deberán ser responsables del daño, pero me canso de repetir “engaño”, cuando por obra y gracia del lenguaje también podemos hablar de martingala, en modalidad financiera, que el “Messi de las finanzas” propone bajo forma de eterna especulación financiera, aunque cómo olvidar el momento en que Caputo Toto –que entiende inglés– se dio cuenta allá en la Casa Blanca que Trump prometía una nada envuelta de vacío y entonces puso la mejor cara de burlador burlado mientras el norteamericano hablaba bien de Lula en improvisada conferencia de prensa de casi una hora que dejó como jarrón chino a Milei –que no entiende nada–, quien estaba en éxtasis místico frente a la magnífica magnificencia del anaranjado Tío Donald, pues siempre es necesario un necio para que un embuste funcione, aderezado después con visita a la Oficina Oval, donde la comitiva argentina duró menos tiempo que el utilizado por Lewinsky para sosegar las pulsiones imperiales del momento –aunque en la misma posición y resultado, digamos todo–, y si todo debe ser dicho, el Tío Donald estaba acompañado por los habituales sobrinos, como Bessent, del Tesoro, que quiere rescatar a los amigos especuladores engañados por los bonos argentinos; Hegseth, de Defensa, que busca ubicar bases militares en nuestro sur; y Rubio, a cargo de las relaciones exteriores, que desea ubicar a nuestro pabellón nacional en la pared donde cuelga los trofeos de caza; mientras que, del lado “argentino”, el Whertein de servicio buscaba algún rincón que quedase libre de arrastre para limpiar, al tiempo que olvidaba la vieja ley del póker que señala la inevitable presencia de un tonto en toda mesa de cinco jugadores que es preciso identificar de inmediato, pues será timado, lo que significa que de no ser reconocido entonces el tonto es uno, aunque aquí se vislumbró como toda una delegación, con la tarde libre para visita de la ciudad y compras, como rezan todos los buenos cronogramas de turistas que ya de por sí son bastante mentirosos, aunque no importa si la mentira es linda, por más que Trump compre liebre por gato cuando la comitiva sospechaba poder comerciar gato por liebre, eso nunca funciona así, que todos los escenarios no son como el Movistar Arena donde fue escenificada la superchería en la que Javi pretendió presentar un libro que no escribió, en masacre de canciones que no compuso, con ausencia total de arte que le excede, en letras musicales que no comprende, en una estafa a gran escala en la cual embaucadores y embaucados fingen creer algo que no es real, y que ya no importa que lo sea, protegidos que están por las fuerzas del cielo, que si bien no serán las chatarras de los F-16 pródigos en comisiones al menos son las desangeladas alas de los aviones de Fred Machado, el narco asesor asesorado con disimulo explícito por las más altas cumbres del actual gobierno (pienso en profesores y en arqueros), donde anidan expertos del caos, improvisados en todo, conocedores de soberbia e ignorantes del pueblo que detestan, ocupados que están en entregar tierras raras y recursos naturales como el agua, y como antes en el esclavo Perú también entregan el oro y la plata, como siniestros dementores nos sacan la energía del petróleo, del gas, de los ríos, cuando no se quedan con el cauce mismo –y en lugar de reconocerlo como Paraná lo comercializan como “hidrovía”, cuyas blancas estelas que lleva no son las fluviales, bien lo saben en Hamburgo, en Amberes e incluso en Francia– y hasta con el comercio, cuando a precio de poca cosa vemos partir los frutos de la tierra por puertos ahora de propiedad ajena, sin el Canal de Magdalena, no somos ni dueños de nuestro propio mar, en ese truco que son siete en presentarnos como civilizados por gobiernos arrastrados que solo desean convertirnos en extranjeros de nuestra propia naturaleza, alienados de cuanto fuimos y somos, en supremo engaño de hacernos pasar por quienes no queremos ni por asomo parecernos, lejos de estafadores en todo que al final adoran al príncipe de las mentiras, que no es otro que Satanás, y que se las ha traspapelado, en las citas bíblicas con las que la hiena quiere parecer león, esa de Jeremías en 49:16 cuando dice que “te engañó tu suficiencia, la soberbia de tu corazón”; aunque después de casi mil doscientas palabras en una sola frase me apiade de usted, lectora o lector, y también de mí, para que juntos pensemos como poner un punto final a las situaciones aquí descriptas, que ese punto final sea un punto de partida y no de llegada, en la apertura de una nueva frase popular, llana y lejos de los barroquismos aquí cometidos, sin engrupidos por cargos, funciones y comisiones, alimentados por las mentiras que engendran, monetizan y consumen, y que ese punto de partida, nítido como un 17 de octubre, sea el principio del presente que nos merecemos para cumplir como nación la simple felicidad de los días
“y pensar qué sería de nuestras vidas
cuando el fabricante de mentiras deje de hablar.
Mientras miro las nuevas olas,
yo ya soy parte del mar.”




