“Si te dan un papel pautado, escribe por detrás.”
Juan Ramón Jiménez

A días del último acto electivo, y a la luz de los resultados, solo basta otear un poco para darse cuenta del estupor, la sorpresa y la desorientación de la política argentina. En la búsqueda de un acercamiento a la verdad, cada cual hace una lectura de la realidad, obviamente desde su prisma. Algunos se atreven a leer y escuchar, pero pocos a ahondar en lo más trabajoso, que es la interpretación; en definitiva, a “comprender vivencias”. Queda claro, pese a quien le pese, que lejos estamos como seres humanos de tener certezas, y más lejos aún estamos de acceder a verdades absolutas; solo contamos con aquello primitivo de una “verdad propia”, lejana, desde luego, a cualquier pretensión sincera.

La interpretación ha sido tomada históricamente desde al menos dos puntos de vista. En la Alemania de la posguerra, Gadamer la desarrolló como ciencia filosófica, y la nominó hermenéutica –conocidos son sus diálogos públicos con Habermas y también con Derrida–, una ciencia que es desprendimiento de la fenomenología de Husserl. Antes de Gadamer fue Dilthey quien la instituyó como método para fundamentar su teoría del conocimiento; ambos en búsqueda de una respuesta a procesos históricos, pero fundamentalmente a cómo fue el comportamiento humano que la mente plasmó en dichos procesos. O sea, lo que les comparto no es nada nuevo, es solo retomar caminos ya transitados, no para hacer futurología, sino para determinar cuán cerca estamos de un terreno estable sobre el cual generar desde la política programas, paradigmas e hitos colectivos.

En particular, y solo a mi modo de ver, hay en este voto soberano más hastío que bronca, y tal disquisición exige no solo una interpretación profunda, sino también acciones que se consigan con la síntesis a la que se llegue. Seguramente hay factores de todo tipo que confluyeron para tal resultado: situación económica, hartazgo social, práctica política agotada, inexistencia de canales de participación, falta de representación, entre otros. Me permito principiar por algo que no es menor: somos hijos de una democracia liberal, mal que nos pese; más aún, de una democracia absolutamente lejana a la participación directa (esto, ojo, no es propiedad solo de nuestra democracia). Falencias que fueron disimuladas con la participación generada por partidos políticos históricos y populares como el radicalismo y el peronismo. Ahora bien, la superestructura, los sectarismos, los intereses particulares, las refundaciones y las miopías propias, cuando no las apropiaciones coyunturales de lo que fuera un legado solo hacia el pueblo, han decantado en una diáspora de dirigencias, militantes y adherentes. Difícilmente un cuerpo político desmembrado sea un buen espejo donde la sociedad que en particular fuera fiel a nuestro movimiento popular pueda mirarse y descubrir expectativas, sueños, porvenires y destinos a los que apostar. Desde esta perspectiva, no solo es ineludible una interpretación del cuerpo social, sino también del cuerpo político que aspira a una síntesis y representación.

Hemos quedado prisioneros de nuestros propios dogmas, que en realidad son ataduras intelectuales a romper definitivamente. El peronismo siempre tuvo dinamismo doctrinario, pero más aún de acción política: basta leer y escuchar aquel discurso magnífico del 74 en la apertura de las sesiones legislativas que dio el general Perón, donde dedicó un capítulo a cuestiones medioambientales y geopolíticas y otro a la tecnología, para descubrir cuánto de desafío se planteaba desde la política y cuánto tal desafío tenía que ver con los nuevos paradigmas de un cuerpo que ya no era el mismo que aquel que cruzó el Riachuelo para traer a su líder. Querer leer y escuchar a un pueblo detenido en el tiempo es solo un sueño trasnochado; interpretar el proceso histórico y su devenir –las nuevas fuerzas sociales que se han desarrollado, la migración laboral, el pensamiento revolucionario de nuestros jóvenes, los nuevos umbrales sociales exigidos por la sociedad– no solo es necesario, sino que es indubitable para poder “esperar” que la voluntad popular nuevamente deposite su confianza en nuestros futuros dirigentes. Que de una vez por todas deben contar con la validación no solo del electorado en un acto eleccionario, sino con la validez de la militancia que hoy mira con la “ñata frente al vidrio” como primera medida, e indefectiblemente con programas no solo de cumplimiento efectivo sino de cumplimiento excluyente. Los tiempos de los “papeles pautados” se agotaron, los debates de integración de listas son secundarios; es imprescindible el trazo de los grandes dictámenes políticos desde una mirada geopolítica e integrados desde otra perspectiva.

No digo nada nuevo, pero aquel “sujeto protegido”, ese que fue el de las horas sin descanso de nuestra Evita y los desvelos del general, es otro. Quizás un veinte por ciento hoy sea el del mercado laboral metalmecánico o manufacturero; las industrias tecnológicas, biológicas, alimenticias, de servicios –entre otras– muestran a las claras que hay un sujeto segmentado, con sus características, visiones y vivencias, al que hay que agregar a los trabajadores independientes, a los teletrabajadores, a quienes están en las gateras como nueva fuerza laboral y a aquellos excluidos de dicho mercado y que no solo se sienten trabajadores sino que lo deben ser en forma inmediata en un gobierno peronista. Definido ese nuevo sujeto –o sujetos–, es imprescindible la asunción de un compromiso intelectual y moral: es inmoral a esta altura de los acontecimientos concebir al “hombre como abstracción”, y me refiero puntualmente a romper con nuestra forma de hacer política según la cual el hombre común es “de palo”. Los pibes, las mujeres, los hombres, las asociaciones intermedias, las microexpresiones no solo son elementos discursivos. Los puentes caídos que han distanciado a la sociedad con la política obligan a la institución de lazos relacionales, sin los cuales no estamos lejos de un país de comunidades irreconciliables.

Me conmueven las rebeliones de compañeros entrados en años que ya no tienen la fuerza física para viejos y nuevos desafíos, pero que tienen tatuadas las luchas; las de mujeres compañeras que se juegan en cuerpo y espíritu en las barriadas; las de los militantes de la calle que están casi en el olvido en parajes, pueblos y ciudades; las de los pibes aferrándose a cualquier cosa para somatizar desesperanzas. Pero la rebelión es parte de la condición humana: no es la internalización consciente de una clase privilegiada y mucho menos la de una elite de iluminados; es energía contenida que tarde o temprano despierta y rompe con todo contenedor, que necesita de canales donde fluir. Si la política sigue concibiendo la conducción y los conducidos como cuestiones estancas, ya no hay bronca, hay hastío: la democracia no es un compendio de principios impresos en un libro, es la máxima expresión activa desde donde manifestar y sentir, desde donde crear, instituir y accionar. Recuerdo que hace más de cuarenta años me fui de mi pueblo habitado por cuatro mil almas, y más recuerdo no menos de una veintena de asociaciones intermedias que eran la malla social de participación: clubes de barrios, cooperadoras, asociaciones civiles, deportivos, recreativos, culturales y políticos, la estructura social del para afuera, del nosotros social. Refundar una sociedad no es una cuestión estadística, tampoco es la convocatoria aislada para un hecho temporal histórico. Es hacer la historia de todos los días, es la movilización de cada uno de los saberes e intuiciones del hombre de la calle frente a desafíos colectivos. La mirada sesgada desde una sola perspectiva deja casi un todo sin descubrir: el acercamiento a esa verdad que en principio les planteaba y que es el vértice de un destino de país vivible, ni causa ni fin. Es la dialéctica de un proceso de integración que se ha alejado mucho más allá de lo que nuestra visión distorsionada nos devuelve.

Milei podría haber sido González o Pérez o quien se les ocurra; las treinta páginas de su plan de gobierno podrían haber sido las hojas para un buen fuego. Hay algo más profundo en este mensaje que la sociedad ha dado: a mi entender, tiene más que ver sobre desde qué lugar nos hemos parado para sintetizar el pensamiento colectivo. La interpretación tiene dos caras de una misma moneda, donde el anverso son nuestras acciones y el reverso las manifestaciones sociales hechas resultado. El desafío es entre el ser y el no ser más.