
Pedro Biscay ha ocupado funciones de alta responsabilidad en el Ministerio Público Fiscal, el Banco Central y la Comisión Nacional de Valores de la República Argentina, y es el actual director ejecutivo del Centro de Investigación y Prevención de la Criminalidad Económica. Su trayectoria nos convocó a proponerle el balance de la década –en este año editorial aniversario– desde su experiencia investigativa y conocimiento regional en materia de prevención del delito financiero y protección de derechos económicos en el sistema financiero argentino. Aquí, la conversación completa.
En la última conversación que tuvimos para Sangrre, en 2020, planteabas las perspectivas posibles ante el problema de la formación de activos externos a partir de 2016 y la posterior fuga de capitales. Los elementos económicos de hoy parecen ya estar funcionando con mucho vigor: por tomar solo uno del campo que vos más analizas, entre 2020 y 2026, la aceleración de la acumulación del capital es inusitada, al menos en sus proporciones y en su capacidad de aplanar cuestionamiento alguno. Porque parte de esa distopía arroja ya, en el presente, bolsones-multitudes pobres para el descarte y acumulaciones irrestrictas de riqueza sin un solo cuestionamiento.
Sí, y hay que anotar el impacto que tiene, porque no solamente es la aceleración en la acumulación de riqueza, tampoco es solo la concentración en pocas manos, sino que es la concentración con una fisonomía nueva, que es la de los visionarios que manejan los proyectos de inteligencia artificial. Una fisonomía del poder que maneja la relación uno a uno con todos los habitantes del planeta: para mí, eso abre un planteo muy corrosivo, democráticamente hablando. Si, de hace un tiempo a esta parte, esa acumulación implica que una persona tiene más poder que un Estado Nación y, efectivamente, tiene más poder que un Estado, porque maneja absolutamente toda la información poblacional casi global –información es poder, decía Foucault–, estos megamagnates de la inteligencia artificial realmente están creando bases de datos muy complejas con capacidad de producir no solamente información, sino realidades extendidas completamente nuevas. ¿Qué rol tiene la democracia en este contexto?
Este fenómeno marca una diferencia sustancial con los procesos de acumulación del siglo XX, donde, en todo caso, los golpes de Estado estaban relacionados con disputas por la distribución del capital. Aquellos empresarios, salvo casos excepcionales, te decían “bueno, dentro de todo, preferimos la democracia”, ¿no? Estos empresarios, que son cinco en el mundo y que nos gobiernan a nosotros en una interfaz directa, porque todo el tiempo estamos hablando con ellos y entregándoles gratuitamente información, hoy declaran: “Para nosotros la democracia es un obstáculo, porque no nos permite ir hacia el mundo nuevo”. Un mundo de robots, donde el concepto de ley o de justicia también es un obstáculo. Fíjense este proyecto de sociedades anónimas con intereses manejados por inteligencia artificial: parece un dislate absoluto, pero hay gente que ya está trabajando en torno a eso. O sea, no solo tiene que ver con la acumulación, la concentración de riqueza en valores nunca vistos hasta acá, sino que esas pocas personas que gozan de la acumulación pasaron a configurar nuestra cultura y nuestra identidad simbólica a través de la red social, sea cual fuera, y sus interfaces con la inteligencia artificial, con la que todos estamos interactuando. Creo que verdaderamente caímos en la cuenta de este fenómeno cuando Trump llegó al gobierno de los Estados Unidos y convocó a MAGA boys –por “Meta Amazon Google Apple”– como Elon Musk a manejar el Tesoro y a robar información de la potencia más grande de Occidente de forma descarada.
El mensaje fue claro: “Miren, yo tengo más peso que un Estado, yo controlo los Estados”. Y creo que nosotros no pensábamos, no había forma de pensar que eso pudiera ser real. O sea, no había manera de pensar, por ejemplo, que el sistema judicial norteamericano podía ingresar a niveles tan profundos de corrupción interna para que un presidente indulte de un día para el otro a un presidente centroamericano, Juan Orlando Hernández de Honduras, condenado por financiarse con el cartel de Sinaloa. La justicia de Estados Unidos lo condenó por narcotráfico, se probó el financiamiento político que recibió el Partido Nacional de Honduras por parte del cartel de Sinaloa, lo condenaron en un juicio, y vino Trump y lo indultó. Terminado. Otro caso similar fue el de una senadora sobre la que también había prueba abundante en el Departamento de Justicia acerca de cómo se financiaba con contratistas de defensa para mantenerse en el cargo del Senado, un caso de corrupción vinculado al financiamiento político en Estados Unidos. En ese caso, el Departamento de Justicia tenía una operación ya hecha para cargar con prueba y llevarla a un juicio por jurados, y vino Trump, movió toda la gente, indultó, cerró los casos y listo. Me parecen casos testigos para que veamos que ya no existen aquellos frenos al delito financiero de aquel modelo norteamericano donde la justicia internamente cada tanto les pegaba un saque a los poderosos, los investigaba y los metía adentro. Sumemos a este nuevo estado de situación la demanda de tierras, agua y minerales raros que sufre toda América latina, el aumento de conflictos con pueblos originarios, que está provocando matanzas silenciosas y no tan silenciosas, porque hay muchas denuncias, nuevos genocidios. Creo que todos esos elementos configuran una geopolítica global muy distinta, donde lo que conocíamos como el orden jurídico internacional se ha caído. Y creo que en lugar de naturalizar esa caída hay que empezar a sostener fuertemente que el orden jurídico internacional está bajo una fuerte presión y torsión, pero que existe, que hay una legalidad internacional y que hay que reivindicarla. Por ahora no tenemos mucha más institucionalidad que esos restos.
Claro, para operar la institucional –aunque sea sus restos–, su calidad perdida, obvio, no tenemos mucho más que recurrir a eso. Porque también hay un juego ético-moral del cual políticamente hay que hacerse cargo. Hoy por hoy estamos saliendo desde mucho más atrás de esa institucionalidad caída, viciada; en cierto sentido, tenemos que reconstruir una institucionalidad que esté basada en una moral y también en una ética política a rajatabla, cosa que cuesta muchísimo al sistema político argentino.
Hay dos o tres cosas que inciden mucho en eso. Primero, la idea de que se puede ser progresista sin comprometerse mucho con lo que pasa en la realidad. Me pasa un poco con la política argentina que veo eso. Hay que asumir una ética de izquierda real. Eso implica compromisos de mucha coherencia, sobre todo al momento de ejecutar políticas públicas cuando estás en el gobierno. Creo que estamos donde estamos, también, no solamente porque hay una crisis en la dirección, en la dirigencia, sino porque cuando fuimos gobierno no hicimos las cosas que teníamos que hacer con la coherencia que se requería para ese momento. Y además, de que la derecha tiene un grado de efectividad, de coherencia y de robustez interna demoledor. Los primeros seis meses del gobierno de Milei fueron tan demoledores como los primeros seis meses del gobierno de Macri. Los primeros seis meses del gobierno de Alberto Fernández fueron un bleff, como todos los siguientes. Dejando de lado la pandemia, ¿no? También es cierto que, de alguna forma, las relaciones internacionales determinan lo que va pasando en la capacidad que tiene un país para accionar, para efectivamente usufructuar el margen de acción que tiene y todo el tema de la correlación de fuerzas; pero la decisión política se juega siempre, porque, en definitiva, el tiempo que tenés para la gestión pública es eso, es el tiempo que estás, y sabes que es el tiempo que te queda para que te vuelen por el aire. Para volver al “como si”, al loteo de cargos para garantizar la supervivencia de una clase dirigente, lo único que garantizamos es una experiencia política que terminará de la peor manera, porque termina dándole el poder a alguien como Massa.
En este contexto que planteás, Pedro, ¿cómo definirías al sistema financiero argentino y el mercado de capitales que, como decías, están hoy a nivel mundial bien plantados y los venimos nombrando de manera opaca cuando mencionamos los procesos de acumulación? También para pensar qué incidencia tienen estas estructuras financieras en esto que decís de la expansión de negocios para la acumulación de capital de algunos pocos, y hasta qué punto es necesaria esa intermediación financiera.
El sistema financiero es un conjunto de instituciones y funciones que simplifican algo que hacemos todos: pagar y comprar cosas, articulando intercambios monetarios. Y la carta orgánica de cualquier banco central refiere a garantizar, tanto a personas físicas como jurídicas (empresas), esos medios de pago de una economía. Pero el sistema también debe atender la necesidad de financiamiento a través de una distribución racional del excedente de ahorro colocado en la demanda de dinero: es decir, para desarrollar proyectos que requieran de fondos adicionales. En resumen: el banco custodia tu plata, la administra dándote los medios de pago y, a la vez, esa custodia permite generar políticas de préstamos y de créditos para financiar a los sectores que necesitan dinero. Y aquí aparece un artefacto importante, la tasa de interés, que es el costo de mantener el capital alojado en determinado lugar y el precio que vos cobras por prestar el dinero. Ahora bien, podemos preguntarnos variables a este universo: ¿es factible un sistema financiero o un banco sin tasa de interés, o pensar la banca con préstamos sin interés? Y sí, son factibles estas variables. Lo que no quiere decir que todo el sistema orbite sobre esta lógica, pero sí que pueden pensarse otras prácticas a partir de lo que sus funciones primordiales tenían como misión germinal: una función muy importante que no puede ser desvirtuada, que es canalizar el ahorro hacia la inversión, fundamental en cualquier economía. Más acá del lenguaje técnico, eso es de lo que se trata “financiar”: significa que el sistema financiero tiene que servir para que una sociedad crezca y se desarrolle.
En ese marco, el sistema financiero opera por dos vías: a través de los bancos permite que existan transacciones de pagos y que se distribuya el ahorro para generar inversiones. Y otras veces, a través de una translación no tan directa, como es el mercado de capitales, permite que las empresas privadas vayan a obtener financiamiento vía la emisión de acciones o vía la generación de endeudamiento con una obligación negociable. ¿Qué pasa en torno a esto? Aparecen dos fenómenos claros, muy importantes: las tasas de interés y la usura, por un lado, y los banqueros y el conocimiento experto sobre el sistema financiero, por otro. El que mejor define esto último es Jeff Epstein. Hace poco tiempo, en una entrevista dice: “¿Saben por qué ganamos plata en Wall Street? Porque nadie entiende nada de lo que hacemos. Y ese es nuestro secreto”. El principal problema del sistema financiero es que la relación de conocimiento entre la sociedad y las finanzas es una relación asimétrica, es una relación atravesada por el oscurantismo. No entendemos de qué se trata esto y los señores de la banca –porque en general son hombres de la banca, cuestión interesante que tiene que ver con el género– se han encargado históricamente de volver más complejo aquello que el sistema venía a simplificar.
Sociológicamente, un sistema tiene la función de simplificar lo complejo. Los banqueros hacen justamente lo contrario, complejizan el sistema. ¿Y cómo lo complejizan? De una sola forma. Porque, en definitiva, si uno lo mira jurídicamente, todo el sistema financiero no es ni más ni menos que un conjunto interconectado de contratos financieros. Donde los contratos no son otra cosa que flujos financieros. Y los flujos financieros operan en función de tres elementos: plazos, madurez y tasa de interés. Cada flujo financiero, cada contrato de préstamo que crea el sistema financiero opera de la misma forma: para un contrato de caja de ahorro, un swap de tasas, un repo o un préstamo internacional es exactamente lo mismo. La lógica de las finanzas es producir permanentemente flujos mediante el desplazamiento de los plazos de maduración del crédito. A eso se dedican los banqueros y esos son los instrumentos complejos de las finanzas que tienen que ver justamente con restablecer plazos largos de maduración de contratos financieros. En esa renegociación de los contratos se produce una alquimia –de tiempos y cláusulas– sobre todo el sistema para que no entendamos de qué se trata; pero se trata simplemente de una sola cosa: de que circula valor en una economía y esa circulación de valor tiene que ver con el valor monetario que organiza el conjunto de transacciones económicas, tanto a nivel local, a nivel regional como a nivel global.
Ahí aparecen las instituciones que regulan y que ordenan. Fundamentalmente, los bancos centrales, que tiene una función clave, pero que no existieron siempre. Los bancos centrales existieron a partir de un pacto político entre los reyes y los banqueros privados que decidieron asumir el monopolio de la emisión monetaria a cambio de financiar la guerra de los Estados, cuando los Estados estaban construyendo su soberanía. Entonces, el origen del banco central está siempre asociado a fenómenos bélicos, a la guerra. Un pacto que te está diciendo que el sistema financiero en algún momento llega a un acuerdo, donde la emisión monetaria que pueden hacer los bancos la centraliza y asume el banco que financia y se transforma en el banco de bancos, es decir, en el banco central. Y el principal atributo que tiene es doble: por un lado, el manejo de la emisión monetaria; por otro, la actuación como prestamista a última instancia. Por eso es un banco de bancos: porque cuando hay crisis y los sistemas financieros tienen crisis de liquidez, cuando se asfixia la liquidez, cuando se contrae la liquidez, solo él en cuanto institución puede responder.
Todas las crisis, la de 2008, la de 1930, tienen que ver justamente con esa asfixia, y dejaron ver cómo los bancos centrales son los que operan ligados al otorgamiento de préstamos. Cuando uno mira las cartas orgánicas de algunos bancos centrales, puede encontrar esa función. La Reserva Federal, por ejemplo, da una respuesta a la crisis financiera de 2008 justamente prestando dinero a todos, a los particulares, a las empresas y a los bancos. Y lo hizo usando una regla que está prevista en la carta de la Reserva Federal, que dice que, en circunstancias extraordinarias y exigentes, puede abrir ventanillas de liquidez para asistir financieramente a particulares, a empresas y a los bancos. Y ese mismo tipo de instrumentos usaron siempre no solo la Reserva Federal, sino todos los bancos centrales, el Banco de Inglaterra, para financiar la guerra de los Estados. Los préstamos de guerra han sido utilizados en los principales bancos centrales del mundo para financiar justamente la guerra de los Estados. Entonces, es muy curioso, porque, cuando ves la narrativa neoliberal sobre los bancos centrales, aparece la idea de la independencia y la autonomía del banco central frente a la política, mientras no hay nada más político en la historia del sistema monetario que el banco central, cuya génesis ha sido el financiamiento de la guerra de los Estados. Estos órganos de control tienen un reclamo constante, que es la transparencia en la información que nunca ellos mismos terminan de dar.
Ahora, pensando en esta regulación, en esta lógica que tienen que tener los bancos centrales con sus sistemas financieros para cuidarlos, y que no son independientes, por supuesto, en los últimos diez años Argentina mantuvo su cantidad de bancos; de hecho, es la misma cantidad que hace cincuenta años, son sesenta bancos. Algunos de ellos abandonaron la banca individual y se quedaron con la corporativa y aparecieron las fintech –Financieras Tecnológicas– reemplazando algo que los bancos no quisieron hacer, que es la llamada “inclusión financiera”. Pero con un problema, ¿no? Hay trescientas fintech, más o menos, dedicadas a todo tipo de operaciones. Hay una ley que regula los bancos, que es la Ley de Entidades Financieras, la de 1977; pero no hay una ley que regule esa “inclusión financiera” desmedida con falta de información y también muy opaca que es la de las fintech. En ese sentido, ¿qué incidencia tuvieron las dos modificaciones de esas estructuras durante 2012 que vos protagonizaste e hicieron tanto escándalo? Me refiero a la reforma de la carta orgánica del Banco Central y a la nueva Ley de Mercado de Capitales que en nuestro país reemplazó a la ley de Onganía.
Para comenzar, la Ley de Entidades Financieras –que es la ley de la dictadura– da dispositivos normativos suficientes para intervenir sobre el mundo fintech. El artículo tercero de la ley dice algo así como que por el volumen de los negocios que determinado comercio tenga puede haber comprometido la política monetaria y la política crediticia del sistema financiero; entonces, el Banco Central puede aplicar la Ley de Entidades Financieras a ese negocio comercial. Es decir, puede poner a ese negocio o a esa empresa bajo el paraguas de la ley de Entidades Financieras. Es un poder muy fuerte que tiene el Banco Central y que pudo usar frente a empresas que, siendo fintech y contando con todas las ventajas competitivas que tienen frente a los bancos de dar créditos –sin tener licencia para operar como bancos, sin cumplir con requisitos mínimos de capital, sin cumplir con normas de Basilea, sin cumplir con reglas de supervisión de solvencia, de liquidez, de riesgo operativo, de riesgo materia de lavado y demás, es decir, contando con menores costos de transacción que los que tiene el resto del sistema financiero–, operan con ventajas comparativas frente a un segmento que los bancos deciden no tomar, que es el segmento de los sectores que están en la periferia del mundo del crédito, o sea, aquellos que quedaron excluidos del sistema por supuestamente tener mayores riesgos en términos de política de crédito.
Ahí hay una responsabilidad doble, porque también los bancos, por la forma en que definen el riesgo de crédito, deciden no generar préstamos a estos sectores que, en general, no es que no tengan capacidad de cumplimiento: son sectores que, generalmente, pese a que el scoring le da riesgo de crédito alto, suelen cumplir con sus compromisos de préstamo, pero como los bancos no le dan dinero, quedan excluidos. Por otro lado, esto ha abierto una narrativa internacional sobre la inclusión financiera. En esa narrativa, las fintech tienen génesis en otras fuerzas históricas ligadas al desarrollo de la tecnología, con la inteligencia artificial, con modelos predictivos, con algoritmos y muchas cosas que están por detrás de su funcionamiento. Las fintech han visto una ventana de oportunidad para generar, a partir de ese proceso tecnológico, colocación de financiamientos con consecuencias que han sido complejas.
Argentina está viviendo esto hoy. El endeudamiento masivo de las familias ligado a la sustitución del salario: contraen deuda para pagar cosas tan básicas como la luz, la alimentación, el alquiler, la comida, el colegio de los hijos y demás. Sectores sociales que no encontraron recepción en la banca tradicional pudieron endeudarse con sistemas y mecanismos muy complejos y engañosos, como lo es el mundo de las fintech. El Banco Central tiene autoridad para intervenir, se las da la Ley de Entidades Financieras. Y es un poder fuerte, porque si el Banco Central decide poner a todas estas fintech dentro del paraguas de la Ley de Entidades Financieras, puede reestructurar el activo y el pasivo de esas fintech para resolver los problemas de crédito. Yo creo que el Banco Central no lo hace porque no quiere asumir el costo de hacerlo.
Además, a través del todo el universo fintech, hay mecanismos muy complejos de conexión con la banca tradicional por la que circula capital, en sus dos tipos, lícito e ilícito. Cuando uno mira el sistema el mercado de capitales en Estados Unidos, es muy sofisticado, muy profundo, y ahí aparecen contratos complejos de derivados, opciones, distintos instrumentos que fueron creando lo que, en el marco de la crisis de 2008, se conoció como el desarrollo del “shadow banking system”, un mercado en las sombras. Pero en la Argentina lo que vos tenés es otra cosa: tenés estas cuentas abiertas a distancia en un sistema en billeteras virtuales, en procesadores de pagos, en empresas –donde la más sofisticada es obviamente Mercado Pago, que tiene una capacidad de cobertura muy amplia– que, usando sistemas predictivos para dar créditos, algoritmos y demás, han forzado a sectores enormes de la Argentina a endeudarse para pagar cosas tan básicas como el alquiler.
Ahora, ¿qué hay detrás de esto?
Bueno, hay un hecho clave, que es una decisión regulatoria del Banco Central en 2016, donde la gestión del Banco Central de aquel momento, liderada por Federico Sturzenegger y donde participaron Lucas Llach y Demian Reidel, promovieron las normativas de regulatorias para que el mundo fintech se construya como un ecosistema. Posteriormente, en la pandemia, a nivel mundial, los bancos dejan de dar crédito a las empresas que estaban entrando en el parate y que empiezan a tomar créditos en las fintech –que sustituyen el riesgo de crédito de los bancos por el uso de algoritmos predictivos para establecer si una empresa iba a pagar los fondos prestados–, que construyen un dispositivo propio de evaluación del riesgo de crédito distinto al que usaban los bancos tradicionales y le permitió a las empresas obtener préstamo y que las fintech exploten a nivel mundial.
Y en la Argentina pasa lo mismo. Yo me acuerdo que cuando trabajamos en el Ministerio Público Fiscal habíamos armado un informe en Procelac sobre el problema de los créditos al consumo: ahí se empezaban a ver los problemas de los créditos al consumo y las conexiones con los circuitos de lavado de dinero del narcotráfico, y por eso hicimos ese informe. Después, ya en la era Milei, se caracteriza por un desplome absoluto del salario, un deterioro de todas las condiciones de vida de los sectores sociales, medios y populares, que se transforma en la bomba del endeudamiento de las familias. Gente que se ha endeudado para poder cubrir los 200.000 pesos faltantes del contrato de alquiler o del pago del alquiler mensual, es decir, estamos hablando de deudas que son muy microscópicas, pero que empiezan a acumularse a una tasa de interés usuraria y que impacta de una manera brutal en sectores enormes de la población, sobre todo en mujeres.
Entonces, esto está revelando un problema sobre el cual el Banco Central debiera intervenir, porque hay cuestiones que tienen que ver con la obligación de cumplir con compromisos en materia de derechos humanos que tienen todos los organismos públicos y que el Banco Central también tiene en esa materia. Los instrumentos los tiene. Es ahí donde el Banco Central tiene que intervenir y tiene una responsabilidad como Estado frente a los organismos internacionales. Entonces, ¿qué puede hacer el Banco Central con este problema? Aplicar la ley –lo voy a decir de una manera un poco sarcástica–, la ley de la dictadura. Si se hubiera aplicado en la Argentina la ley de la dictadura al 40%, el sistema financiero hoy no tendría las patologías que tiene. Y yo no quiero defender esa ley, simplemente digo: esa ley es un dispositivo complejo, porque permitió la concentración de la banca y la transformación de bancos en bancos de tipo universal, con todos los problemas que tuvo para la diversificación del crédito en la Argentina; pero tiene artículos que, bien utilizados, pueden poner en caja a muchos actores que han hecho de las finanzas un sistema permanente de generación de abusos en perjuicio de las familias argentinas.
Interesante ese recorrido. Aparte planteás hace ya diez años la intervención de Federico Sturzenegger, sembrando algunas grietas legales para la apertura de estas fintech que finalmente estallan y hoy son algo incontrolable.
Imagínense el volumen de las operaciones de Mercado Pago. ¿Por qué no considerarlo entidad bancaria? Porque de esta manera está corriendo por el costado, por el lateral, y a fin de año lo van a reconocer como banco. Entonces se va a escapar de esta cuestión, pero esta decisión es una decisión que no tomó el gobierno de Milei y tampoco tomó el gobierno de Alberto Fernández. Porque Mercado Pago no se construye como un monstruo financiero en la época en la era de Milei, esto viene de mucho antes; entonces, ahí hay una decisión política que los distintos directorios del Banco Central optaron por no tomar. Es muy interesante este recorrido de esta última década, porque es un tema central hoy que está estallado.
¿Qué perspectiva ves para empezar a salir de esta situación? Empezando por las herramientas que, evidentemente, están en la decisión política, como bien decías, de regular.
Creo que acá hay un desafío complejo que asumir ante la reforma de la carta orgánica del Banco Central. La reforma que propone Milei está orientada a crear un mecanismo de dependencia financiera irreductible en la Argentina, a través de la sustitución de financiamiento al Tesoro por financiamiento externo con mercados internacionales u organismos internacionales; al punto tal, que hay aspectos escandalosos en ese proyecto de ley, donde los depósitos y los ahorros de la gente se pueden usar junto con las reservas de todo tipo del Banco Central como garantía de préstamos internacionales. Lo que deja en claro esto es que el Banco Central en la era Milei no deja de emitir dinero, emite dinero para comprar dólares; está buscando crear un mecanismo que lleve a cero la política de financiamiento con el Tesoro para sustituirlo por un sistema de perpetuación al endeudamiento externo. Esto es grave por muchas razones, pero creo que una de las más importantes es que le quita al Banco Central la autonomía en el manejo de la política monetaria, en el manejo de la política cambiaria y la autonomía en el proceso político de supervisión de la banca.
Yo hubiera preferido una reforma de la carta orgánica que separe la Superintendencia del Banco Central en dos organismos distintos, donde el Banco Central se encargue de la política monetaria, por un lado, y la Superintendencia de controlar los bancos, por el otro. Es la manera en que en los países de la costa del Pacífico fusionan la relación entre la política monetaria y la supervisión financiera. Y, en segundo lugar, reformaría la carta orgánica para que el Banco Central pueda dar préstamos a los particulares en condiciones específicas, no siempre, pero sí en condiciones específicas, cosa que hoy no está habilitado a hacer. Si pudiera, respecto del fenómeno de los particulares hoy endeudados, no se verían obligados a ir a pedir préstamos a Mercado Pago, a las fintech, sino al Banco Central, que podría ofrecerles una tasa privilegiada. Y, finalmente, en tercer lugar, por supuesto, fortalecería el mandato de independencia del Banco Central en cuanto a la promoción del desarrollo económico. Circunscribir exactamente qué se entiende por independencia del Banco Central, que no es la independencia del Tesoro en términos de financiamiento, sino que es la independencia respecto de cómo manejar la política monetaria y cómo definir la tasa de interés.
Hoy el Banco Central no es independiente: de hecho, lo preside el socio de Caputo, así que el ministro de Economía tiene a su socio como presidente del Banco Central. No hay un elemento más claro de falta de independencia que ese; sin embargo, no se habla hoy de falta de independencia y nadie está escandalizado por eso. Creo que este es un punto importante y que toma más gravedad si uno mira esta década que proponen ustedes. Porque entre 2016 y 2019, época de Macri, se formaron activos externos por 84.000 millones de dólares. Solo en cuatro años, todo el periodo de gobierno macrista. En la época de Milei, desde la salida del cepo en adelante, ya llevamos 46.000 millones de dólares en formación de activos externos. La pregunta es qué va a pasar acá el año que viene: es decir, en dos años, probablemente el gobierno de Milei acumule la misma cantidad de formación de activos externos que generó en cuatro años el gobierno de Macri. Ese proceso sostenido de extracción de activos que no se invierten en el país, la inflación en dólares, la destrucción del valor adquisitivo del salario, la destrucción de la economía productiva del país, creo que no nos conduce a ningún escenario esperanzador.
Creo que hay que hacer un cambio fundamental en la forma en que se piensa la política económica, darles mucho peso a los sectores de la economía popular y social, y repensar el Banco Central como un instrumento para el desarrollo económico real de la Argentina. Y eso requiere cortar los canales de dependencia con las fuentes internacionales de financiamiento. Que no quiere decir no ir a tomar financiamiento internacional, sino usarlo de forma prudente e inteligente y no de esta manera, que implica una subordinación absoluta a redes financieras internacionales que están presionando para que la Argentina no pueda crear ningún modelo de autonomía política.



