Un muy delicado equilibrio étnico y federal pende de un hilo en Etiopía, bajo reclamos de mayor reconocimiento para un país de tradición distintiva y con un simbolismo destacado en África. Las relaciones entre Etiopía y sus vecinos tampoco ayudan, comenzando por Eritrea, nación federada desde 1952 al entonces Imperio etíope e independizada en 1993 de la República Democrática Federal de Etiopía, lo que configuró el inicio de una relación sinuosa y que alcanzó su pico de malestar con una guerra entre 1998 y 2000. En las últimas semanas, esos ecos del pasado resuenan como advertencias ante un presente muy comprometido.

Una “isla” dentro de África

Etiopía ostenta singularidades históricas y culturales que la distinguen en el continente. Poseedora de una vasta diversidad étnica y lingüística, la nación mantuvo una estructura imperial ininterrumpida hasta 1974. Desde la antigüedad de Aksum hasta el reinado de Haile Selassie, portador de varios títulos de realeza, como “León de Judá”, la legitimidad monárquica se cimentó en pilares religiosos y dinásticos consagrados en el libro sagrado del Kebra Nagast (“La gloria de los reyes”). La tradición atribuye la fundación imperial a Menelik I, hijo del rey Salomón y la reina de Saba, quien según la leyenda trasladó el Arca de la Alianza desde Jerusalén a Aksum. Esta herencia vincula también a la comunidad judía etíope (falasha o “Beta Israel”). Asimismo, la fe cristiana ortodoxa etíope y su clero, una de las más antiguas del mundo, se refleja en monumentos como las iglesias talladas en la roca de Lalibela –que debe su nombre a un monarca–, uno de los principales atractivos turísticos nacionales, cuyas estructuras la tradición popular atribuye a la obra de ángeles.

El cuartel general de la Unión Africana, el principal cuerpo continental africano, tiene su sede en la capital etíope, construido con capitales y recursos chinos. La elección del país no es casual, pues Etiopía tiene un simbolismo único en la historia africana. A diferencia de la casi totalidad de África, no pudo ser colonizado en la época del reparto africano que se aceleró tras la Conferencia de Berlín (1884-1885), conservando la forma imperial e incluso participando, como los Estados europeos y futuras metrópolis coloniales, de la expansión al extender sus fronteras. El haberse librado del imperialismo europeo le confirió un simbolismo único y reforzado al resistir pero ser ocupado por la Italia fascista (1936-1941), bajo las pretensiones de Benito Mussolini de recrear un nuevo Imperio Romano en parte como una venganza a la derrota italiana en Adua (1896). De todos modos, la agresión del fascismo italiano le valió a Etiopía la simpatía y la solidaridad de todos los pueblos negros del mundo, en una creciente ola panafricanista. La actualidad, en cambio, muestra un panorama bien diferente.

Confictos internos

El primer ministro Abiy Ahmed asumió el poder en 2018, producto de un recambio interno, con la misión de consolidar el respeto y la proyección de Etiopía como un actor de peso en el Cuerno africano. Aunque logró posicionar al país, el costo ha sido devastador. El propio Ahmed, galardonado en 2019 con el Premio Nobel de la Paz, marchó desde Addis Abeba al frente de batalla en el norte durante el conflicto que entre 2020 y 2022 enfrentó al Gobierno federal con la región fronteriza de Tigray. Los combates tuvieron un saldo trágico de al menos 600.000 muertos, un masivo éxodo de desplazados y un acuerdo de paz firmado en Pretoria que dejó múltiples interrogantes abiertos.

La agitación reapareció tras choques en Tigray entre tropas federales y fuerzas locales, acompañados por la ocupación militar de la capital regional, Mekele, y otras localidades importantes. Sin embargo, el escenario para Ahmed se volvió aún más complejo al confirmarse reportes sobre el despliegue de tropas eritreas en territorio etíope. Teniendo en cuenta que la guerra de 1998 costó más de 300.000 vidas, el riesgo de que la historia se repita adquiere tintes doblemente trágicos.

A raíz del conflicto reciente, el prestigio internacional de Ahmed se ha visto seriamente minado por acusaciones de crímenes de guerra y limpieza étnica. Pese a este desgaste, logró revalidar su mandato de forma directa en las urnas y mediante el respaldo parlamentario en dos oportunidades (2021 y 2026). De este modo, inició su segundo período oficial en un contexto inédito y amenazante para su propia continuidad. Destaca, además, un giro geopolítico drástico: Eritrea, que apoyó a Addis Abeba a comienzos de esta década, hoy adopta una posición enfrentada.

Rediseño de alianzas

La tensión entre Addis Abeba y Tigray se intensificó cuando el Partido de la Prosperidad (PP), liderado por Ahmed, marginó de la coalición gobernante al Frente para la Liberación de Tigray (TPLF, por su sigla en inglés). Las relaciones empeoraron hasta que el Primer Ministro declaró la guerra a esa administración local y la destituyó por un partido afín al PP. El desencadenante puntual de la declaración bélica fue la denuncia del gobierno federal de un ataque, acusando al TPLF, a una de las bases militares más importantes del país, a comienzos de noviembre de 2020. Se temió lo peor: una hambruna similar a la que sacudió al país a mediados de la década de 1980 (o Somalía en 1992 y 2011, entre otras), así como un nuevo genocidio, en la estela de lo ocurrido en Rwanda en 1994. Como sea, por solo citar datos resultantes de la beligerancia, a apenas un mes de guerra ya se contabilizaron 40.000 etíopes buscando refugio en Sudán y alrededor de 2 millones de personas desplazadas internamente.

El panorama regional se tornó aún más inestable cuando, en abril de 2023, Sudán se sumergió en su propio conflicto armado interno, en principio por una rivalidad castrense en el curso de una transición democrática abortada. Como resultado, hay no menos de 100.000 víctimas, más de 14 millones de personas obligadas a huir y unas 25 millones –cerca de la mitad de la población total– bajo amenaza galopante de hambruna.

En este entorno convulso, crecen en Etiopía los temores de una conflagración a mayor escala. A diferencia del pasado, Eritrea ha cambiado de bando, respaldando ahora a sectores opositores como las milicias Fano, brazo armado del nacionalismo amhara. A fines de septiembre, estas facciones, junto con el TPLF y otros movimientos de base oromo y somalí, constituyeron la Coalición de las Fuerzas de los Pueblos Etíopes para la Supervivencia. Pese a las marcadas diferencias internas y la fragilidad étnica que caracteriza a la República Federal, esta alianza heterogénea –conformada por partidos que a nivel local poseen objetivos particulares– comparte el rechazo al centralismo gubernamental y se ha unido para derrocar al PP, también aduciendo el deterioro de la seguridad. La Coalición tiene como fin formar un gobierno de transición e impulsar un nuevo proceso constitucional. Por último, la alianza no tiene como fin el separatismo, pese a que ejemplos de estas trayectorias abunden en la historia continental.

Vecinos difíciles

Etiopía mantiene relaciones tensas con la mayoría de sus vecinos, recelosos de sus pretensiones de hegemonía regional. Con Eritrea la relación atraviesa uno de sus puntos más bajos, debido al apoyo de Asmara a las milicias rebeldes etíopes. Para Addis Abeba, la independencia eritrea en 1993 no solo supuso una pérdida territorial, sino la privación de su salida al mar. Desde entonces, el acceso al Mar Rojo constituye una prioridad estratégica para el segundo país más poblado de África, altamente dependiente del comercio vía Djibouti. Los recurrentes reclamos etíopes sobre el puerto eritreo de Assab son percibidos por el régimen de Isaias Afwerki como una amenaza directa a su soberanía.

Con Somalía, las fricciones son igualmente históricas. Entre 1977 y 1978 ambas naciones lucharon por la posesión del Ogadén, lo que impactó en una derrota somalí y la posterior caída del régimen entonces vigente. La Gran Somalía, conforme la causa irredentista, incluye territorios de población somalí pero por fuera del Estado actual, como en parte los etíopes. Finalmente, un hecho que generó mucho nerviosismo en Mogadiscio fue el Memorándum de Entendimiento con Somalilandia, la región autoproclamada independiente que Somalía considera parte de su territorio soberano y es un país no reconocido internacionalmente. De este modo, Etiopía obtuvo el arrendamiento por medio siglo de una franja de costa para establecer una base naval y comercial, lo que desató el enojo somalí al tildar el acuerdo como una agresión soberana que conllevó la expulsión del embajador etíope. La tensión se agravó a finales de 2025 cuando Israel se convirtió en el primer país en reconocer Somalilandia.

En respuesta al dinamismo etíope, se formó una coalición informal integrada por Eritrea, Somalía, Sudán y Egipto. Este último, rival histórico por la supremacía regional, mantiene un litigio central con Addis Abeba por la Gran Represa del Renacimiento Etíope en el Nilo, la más grande de África, un proyecto que data de 2011 y ha dispuesto un presupuesto multimillonario principalmente local y chino. El Cairo y Jartum denuncian que este megaproyecto altera el flujo hídrico en una zona de alto estrés ambiental, y su avance fue generando varios cruces diplomáticos. Además, Egipto apoyó a los rebeldes del Tigray entre 2020 y 2022, y rechaza acusaciones de Addis Abeba de apoyo a la coalición armada opositora actual. Asimismo, Sudán mantiene un litigio por demarcación fronteriza en la región de Al-Fashaga, estratégica por su fertilidad. Por último, en la guerra actual sudanesa, el gobierno militar de transición de ese país ha acusado al etíope de apoyar a su rival, las Fuerzas de Acción Rápida (RSF, por su sigla en inglés).