Profundizar una conversación sobre las producciones de sentido que desde la última década inauguraron –o profundizaron– formas y contenidos en intervenciones públicas girando alrededor de la cuestión social y política argentina no es cosa sencilla, por varias razones. En nuestro caso, quizás lo que refrenó la tarea de “diagnosticar el campo” fue nuestra propia condición siempre en crisis con el carácter evolutivo que iban tomando las mediaciones dentro del paradigma político-tecnológico de la comunicación. Durante diez años elegimos escribir, dibujar, diseñar, registrar, grabar, manteniendo una manera de ser, una tradición, si se quiere, incómoda con los giros que iban tomando la mayoría de las mediaciones y expresiones; y esa fue nuestra determinación contrapuesta a la plena transformación tecnodiscursiva de las intervenciones en el espacio público con las que convivimos. Durante el despliegue a puro streaming, anhelo viral, autoexhibición, autopromoción y fragmentación en red, Sangrre no solo quiso aportar a una serie de cuestiones políticas que entendimos urgentes a un horizonte de indagación flexible en forma y contenido; también intentó mantener, dentro de la deshumanizadora derrota de la década, la pregunta –quizás de corte más intraeditoral que pública– por la impostura de las construcciones de sentido que cooperaron para que lo gorila todo[1] siga venciendo con su complicidad dentro de las plataformas mediáticas. Hoy compartimos parte de las respuestas que nos hemos venido dando.

  1. Las intervenciones de ideas/pensamientos en (y sobre) la cosa pública, que en algún momento histórico anterior fueron categorizadas como “análisis político” o “crítica cultural”, en la última década demostraron no solo su agotamiento terminal en cuanto a la capacidad de respuesta respecto del orden político-social dominante, sino su reconfiguración como capa de sentido “interpretativa” (bajo la retórica de una supuesta “distancia crítica”) y por completo subsidiaria de ese mismo orden. Aquel tipo de intervención que contenía el binomio pensamiento/acción política, si bien desde hace más de un cuarto de siglo está por completo trastocada por los fenómenos de convergencia comunicacional, durante la última década desapareció –incluso en sus formas fragmentadas– desbordada en un continuum (coral) infraenunciativo que se extiende hasta mimetizarse con el guion del mercado y del consumo. Sea bajo el imperativo de “lo que mide”, de “la pauta” o del “aggiornamiento” al nuevo sistema de mediaciones, la intervención crítica culminó su transformación prolongando el mutismo, la parálisis de un nuevo imperativo categórico que frene o intente suspender la destrucción social, el exterminio en tiempo y espacio, bajo el régimen discursivo imperante.
  2. El despliegue de los dispositivos del régimen discursivo y enunciativo a partir de las tecnologías de la comunicación actuales aún no ha sido focalizado con profundidad. A riesgo del sobreentendido, es necesario sostener que los dispositivos no solo cumplieron un rol pre-formativo en el cambio del registro sobre lo decible, sino que en gran medida garantizaron la ausencia de la palabra crítica[2]. Sin los dispositivos de enunciación con sus propios regímenes, hoy sobreincorporados en la población, no hubiera sido posible el afianzamiento de la gramática de la banalidad que, hecha plataforma con el orden preformativo, prolifera de manera desbordante en base a un cúmulo de estrategias básicas y muy reconocibles: esteticidad, retoricismo, ironía/sarcasmo, indignación, desprecio horizontal y hacia abajo (por acá nos preguntamos ¿nunca “hacia arriba”? y nos respondemos: en realidad sí, pero a un “arriba” exclusivamente pensado como “la política”/”los políticos” ¡claro!).
  3. La palabra, en cuanto recurso hablante del cuerpo, no solo ha sucumbido al extractivismo de los dispositivos de enunciación en red: hoy, acorralada entre su uso efectista constante y la ausencia de responsabilidad de quien la esgrime, ha dejado de ofrecer cuidado al que la ingiere vía medios y redes. ¿Apocalípticos? Ni apocalípticos ni integrados: el facilismo comunicacional contemporáneo no muestra señales de cuidado. En ese sentido, ni siquiera en sus funciones básicas de develamiento (descorrer el velo ante algún hecho) o de refugio (preservar del ruido) la comunicación muestra gestos de recuperación.
    1. Esta falta de responsabilidad de/en la comunicación lleva inexorablemente al problema de la ausencia de un auténtico sujeto ético o moral que trabaje cultural y socialmente y, por lo tanto, en términos enunciativos para una resistencia vital. Buena parte de las producciones contemporáneas que intervienen en la esfera pública alrededor de la cuestión política nacional llevan años negando –aún más, liquidando– la posibilidad de una vida ética o moral, aunque sea fragmentada: prefieren diluirla y tirar por tierra todo rasgo de humanismo o bondad antes que poner en discusión el dispositivo de la ironía/desprecio. Desde nuestra perspectiva, creemos que la alimentación constante de una máquina de miedo, sustracción y simplificación –mental, espiritual, estética y afectiva– no constituye ni puede llegar a constituir una gestualidad política real, solo enojo y comodidad. Y no es difícil constatar cómo, nuestros “voceros”, una vez liberados de juzgar entre el bien y el mal (sin uso alguno del discernimiento), se sienten “liberados” por el propio dispositivo para avanzar hacia una vida personal/periodística sin tensiones, una vida llena de deseos que solo pueden ser saciados por el propio régimen de consumo que se niegan a criticar.
    2. El periodismo político de la última década es la quimera privilegiada para reproducir un simulacro de libertad. Espejismo de autonomía espontánea: si el sujeto de enunciación se piensa como preclaridad individual consciente –por lo tanto, como abstracción recortada de la dinámica social que lo constituye y en la que participa–, no existe objeto de alteridad alguno. No hay obstáculos que impidan su propia “vida buena”, o sea, su propia “palabra libre” o la “libertad de prensa” con la que puede ganar –por su propio esfuerzo, por supuesto– “lo que merece”. Una vez allí instalados, gran parte de nuestros emprendedores de la comunicación, opinadores oficiales (de la oficialidad del poder), han creado durante los últimos años una serie de “nuevos conceptos” para empatar también los sentidos diferenciales entre las expresiones políticas progresistas y el fascismo. Denominaciones y etiquetas que han ido desde la “derecha democrática” al “reseteo progresista” o el “mileísmo social” operan sin ninguna articulación con la reivindicación de necesidades sociales contra el poder; muy por el contrario, operan articulando esa necesidad contra la/su posibilidad política. Como hits de una banda de rock, las simetrías que se construyen –mediante el desarrollo siempre de corte “republicano” o “demócrata”– entre las expresiones de la ultraderecha y las que se les oponen se producen al ritmo de una nueva “sociología democrática”, que las equipara bajo la variable enunciativa “todos son igual de berretas”… siempre en boca de un frontman masculino, por lo general rondando los 50, que parece desafiarnos, picante él, “¡Ámenme o mueran!”.
    3. Una vez desplegada sobre el “periodismo político” la amalgama retórica que va desde el recurso literario al stand up político, algunos de estos supuestos “productores de conciencia política” han dibujado un rulo en la década respecto a su autopercepción identitaria. Quienes antes –durante el kirchnerismo– eran blogueros, escritores, profesores, literatos y aún poetas, hoy mutaron a “analistas” y “especialistas” en “política”. Mientras los vemos republicar a sus seguidores semanales o recorrer los paneles del mercado-portal, intuimos que esta impostura identitaria buscó en algunos casos saldar el problema con la construcción enunciativa de un perfil de conocimiento. Enmascararon sus columnas de “gracia”, “seriedad” o “método” –según el caso–, en su búsqueda del “acierto”, de tener “la posta”, de acentuar “el dato” para los reposteadores seriales. Sin embargo, una vez separados de su objeto de alteridad (todo aquello que denunciaba esta vida mala), en su espejismo de autonomía espontánea y profesional, su pequeña “batalla cultural” pasa a ser tan ficticia como su condición leonina: no solo se encuentran subsumidos en el interior de la contienda –como todos–, sino que, tristemente, están situados en el lado contrario del que suponen estar.
    4. La construcción de “verdad” o “conciencia colectiva”, cuente o no con asistencia de lo estadístico-social, necesita aún puntos de autoridad. Que, en este clima de época, la autoridad sea construida con enunciaciones defensivas que gravitan alrededor del supuesto conocimiento de “la cosa” política y se sustente en buena medida en el consentimiento en red (likes) en algunos casos o en la falsa autoridad del trabajo de campo (academicismo) en otros, nos deja sabor a poco. Permítannos recordar que la verdad no es una simple construcción mental o abstracta, sino el ejercicio de una atención desinteresada y amorosa, sostenida por principios de autoridad que se activan en la delegación y el servicio –disposiciones expresivas, en buena medida, de un orden sagrado–, más que en una garantía del saber o la sed del ego embravecido. Los reparos para que esa conciencia opere en cuanto “resplandor de la realidad” debieran suspender automáticamente todo este despilfarro con el que convivimos; mucho más, en el momento en que la prevención respecto del tratamiento de lo académico (que sufre la distorsión y el intento de destrucción total y sistémica) debiera tener su propio sistema de recaudos.
    5. Dijimos: la palabra, en cuanto recurso hablante del cuerpo, ha sucumbido al extractivismo de los dispositivos de enunciación en red. Hasta en el “mundo de la vida” parece difícil que concurra u ocurra la comunicación genuina, ya que es el espacio cultural cotidiano el que ha sido colonizado. En el contexto de esta metamorfosis, no intentar establecer una relación entre ese elemento negativo y el sentido al que se aporta con las producciones e intervenciones sería no estar comprendiendo el verdadero revés de la acción comunicativa y el despliegue de sus coacciones: el mutismo. ¿Quiénes somos, en este contexto, cuando comunicadores nos llamamos[3]? pero también, ¿cuál es el devenir de las enunciaciones públicas en el contexto político y social de la Argentina?
    6. Quedará pendiente entonces, saldar de manera colectiva el debate sobre el modo en que se materializó la experiencia del periodismo y la opinología política que acompañó al macrismo –en todas sus versiones– con actitud babeante por los juegos del poder más que por sus implicancias políticas: “no me vas a negar el poder de la gobernabilidad”, coreaban mientras establecían simetrías sistemáticas entre los bufetes de las corporaciones y las organizaciones territoriales. Será necesario también revisar su capacidad acomodaticia al peronismo –incluso con asesorías y pautas preferenciales–, así como su desentendimiento del asunto tras la crisis política de 2021. Así como, por supuesto, su papel en el advenimiento y la construcción del mileísmo (capítulo aparte para las mediaciones del ultramileísmo), y la paradójica función que desempeñan entre su condición de “eficacia analítica” y la lógica de autopreservación mediática y mercantil.
    7. Mientras tanto, desde Sangrre, intuimos que situar esta reflexión en clave de lo que no queremos ni debemos hacer (más que en lo que deseamos o desearíamos), puede aportar –en un plano siempre ampliado por la tradición que nos antecede– a la búsqueda de una soberanía de la lengua siempre dada en las mediaciones de lo inmanente social.

Notas

[1] Para Nicolás Casullo “lo gorila” era una categoría cultural que excedía por mucho a la definición histórica del antiperonismo. Bajo esa concepción del fenómeno nacional, “lo gorila” abarcaba la hostilidad y el desprecio no disimulados hacia la cultura popular, lo gremial y lo emergente piquetero, desplegados en un racismo social y la construcción de una mirada del otro (sujeto popular) como un politizado carente de racionalidad propia. Finalmente, Casullo argumentaba que, lejos de su desaparición, en la lucha cultural “lo gorila” alcanza su apogeo dentro de las estructuras mediáticas hegemónicas.

[2] Se suele decir dice que Twitter/X y otras redes como Instagram y TikTok cambiaron la comunicación porque transformaron radicalmente la forma en que el mundo comparte información en tiempo real e impactaron de manera directa en el periodismo, la política y la cultura global. Pero no suele atenderse en qué medida sus diseños e interfaces (mucho antes que sus algoritmos de visibilización-invisibilización) imponen límites y estructuras automáticas que pre-forman. Tanto el límite de caracteres como de tiempo, que obligó a sintetizar y fragmentar ideas e imágenes, como las dinámicas de jerarquización y replicación centradas en la cuantificación (de seguidores, de interacciones, de consentimientos, de alcance) han promovido de manera creciente una estandarización discursiva sin precedentes, con fuerte tendencia al efectismo retórico, la simplificación, la polarización y la inmediatez por sobre el intercambio, la conversación y la reflexividad como ejercicios individuales y colectivos.

[3] Apelando siempre a la buena fe de que no recurrir a la diagonal identitaria de tomar cualquier tangente cómoda en lugar de asumir la responsabilidad delegada a la hora de la intervención en el espacio público.