Ver imágenes de una represión atroz en la ciudad de Buenos Aires ya no sorprende a casi nadie. Se ha vuelto tan cotidiano que recluta voluntades a favor y en contra, como toda forma de comunicación y propaganda política del gobierno de turno. El punto nodal es que el turno, al menos en la CABA, no cambia de manos hace mucho tiempo, y pasó a la Nación con escalas (pero ese es otro cantar). La pelea por el espacio público y su uso comunitario implica acciones políticas esenciales: ganarse el pan diario, unir lazos creativos en actividades conjuntas y protestar contra decisiones especulativas y mercantiles que roban parte del ejido urbano limitando la vida social. Todas por igual hoy enfrentan el palo y el garrote, el disparo a quemarropa en la cabeza, el robo, la detención porque sí, la cacería de cuerpos con máquinas y armas tan onerosas al erario público que sonroja. Y todo en vivo, en tiempo real. Destruir la comunidad organizada con violencias desatadas por doquier impone un allanamiento al camino de la individualidad como única respuesta a los intentos de sociabilidad y consensos. No se puede debatir libremente bajo una lluvia de balas de uniformados y civiles impunes; tampoco se puede trabajar libremente en medio de la miseria informal a la que se somete a miles de personas viviendo a la intemperie; es difícil incluso sentir, pues se pretende imponer el miedo al otro: ¿quién está espiando en la comunicación?, ¿quién está escuchando?, ¿quién está por disparar en la Plaza? El miedo de todos como parte del juego perverso de algunos en sus escritorios, también con miedo a los tumultos callejeros: temor del que puede recibir el disparo y del que dispara con la cara tapada para que no lo fajen cuando vuelva al pobre barrio donde vive luego de pegarle a un viejo, o detener y robar las pertenencias de una vendedora ambulante. Pero ese miedo es pasajero, para unos y otros. Los unos volvemos a las plazas cada día, los otros, asegurada la impunidad, disparan otra vez. Un ciclo aberrante en blanco y negro que nos viaja al tiempo del comisario Margaride y su policía de la moral en los años sesenta, cuando recorría las calles de Buenos Aires dedicado a la moda: detenía a mujeres en la vía pública y las obligaba a bajar el ruedo de sus polleras cortas, cortaba botamangas anchas en los pantalones de hombres y arrancaba tacos altos de los zapatos (en hombres, por afeminados; en mujeres, por putas), y encerraba a jóvenes en las comisarías para afeitarlos, pues el pelo largo y la barba no iban con su prevención. Luis Margaride, o la “tía Margarita”, como lo bautizó el Frente Homosexual de Liberación, un hombre con inclinaciones de una perversión sin límites, que entraba a los hoteles de alojamiento y sacaba parejas desnudas a la calle, con especial saña si no estaban casados, o peor aún si eran amantes. Pero el miedo es corto, tanto como la intención de apropiarse del espacio público por parte de estos exegetas del orden, porque cada día los cuerpos del destrato armado vuelven a la carga para ver si los gaseados aprenden. Pero sí, pues, los gaseados aprenden otras formas de salirle al cruce de estos apropiadores de lo ajeno (incluida la vida, va de suyo).

Ese otro cantar

Como mencionamos, los turnos de gobierno en la CABA hace rato no cambian de nombre. El grupo familiar Macri gobierna la capital federal del país desde 2007, combinando negocios, nepotismo y una cada vez menos disimulada condición de clase; con una práctica material y simbólica diametralmente opuesta a la integración social y al concepto de comunidad a partir de una pregunta tácita: ¿quién merece ocupar el espacio público? Como toda respuesta se nos presenta una propaganda abierta al concepto de “limpieza”, que sin disimulos pone en el blanco de la acción a los cuerpos que no tienen lugar en el distrito. La relación social consiste en eliminar pobres de la vía pública, apalearlos, esconderlos o encerrarlos, incluso robarles los pocos enseres que tienen para que no puedan ganarse un plato de comida trabajando. En paralelo a esta reactiva campaña, el gobierno de los Macri vuelca la economía a construcciones que facilitan la movilidad de autos, colectivos y bicicletas, completando el intercambio de cuerpos por maquinas pagas, caras y gestionadas en base a prebendas y acuerdos comerciales. Un resentimiento potente por pobres y desamparados sin la más mínima misericordia. Esta marca registrada desde hace casi dos décadas calza a pleno con las represiones desbordadas a cualquier disidencia, no solo política, sino económica y comunitaria. Pegarles a los viejos, balear una murga en una villa, gasear a una nena en la cara, robar con patotas de civil las peligrosas paltas de los vendedores ambulantes: todo un Tetris de la máquina millonaria de balas y gases, que está costando al presupuesto más de lo que se gasta en cuidados paliativos, educación y prevención. Irracional en términos económicos, perverso en términos ideológicos.

Los hacedores y la gran ocupación

Este rosario de administraciones tiene nombres: Mauricio Macri, Jorge Macri y Horacio Rodríguez Larreta. Pero una cuarta pata iletrada acompaña con avaricia las intenciones más atroces: Patricia Bullrich y sus perros de reserva (casi tan iletrados como ella). Comenzaron con la “Fundación Creer y Crecer” reclutando dirigentes variopintos allá por el 2001, mientras la iletrada era ministra de Trabajo y Empleo, para luego pasar a ministra de Bienestar Social (como López Rega) del gobierno radical de Fernando de la Rúa. En 2005, Mauricio logró una diputación nacional y el primo Jorge hacía lo propio en la provincia de Buenos Aires, coordinando la alianza Propuesta Republicana-PRO en ese territorio. En las elecciones de 2007, Mauricio finalmente logró la intendencia de la ciudad de Buenos Aires y Rodríguez Larreta lo acompañó como jefe de gabinete, en una gestión que consolidó el esquema de atención por igual a los negocios familiares y a la administración estatal. En el camino no desatendieron la provincia: con Mauricio aún en CABA, el primo Jorge comandó a los diputados bonaerenses del PRO y en 2011 ganó la Intendencia de Vicente López. Luego de dos mandatos (2007-2015), en 2015 Mauricio saltó a ligas mayores en un movimiento intenso de ocupación territorial inolvidable: triunfó en la elección presidencial de la Nación, Larreta se impuso en la interna del PRO y fue elegido intendente de CABA, Jorge repitió mandato en Vicente López y una exfuncionaria de la ciudad, María Eugenia Vidal, se alzó con la gobernación de la provincia de Buenos Aires, todo en el mismo año. Mientras tanto, la iletrada pasó a ministra de Seguridad policial con Mauricio como presidente, y no dejó atrás sus antecedentes: inmediatamente facultó a las fuerzas de seguridad para reprimir con total impunidad.

La escala nacional en tiempo presente

En el camino de esta construcción política y económica, agregaron la pieza que faltaba: una fuerza de choque para lidiar con vecinos indeseables sin lugar en el esquema. En 2016 Rodríguez Larreta armó la llamada “Policía de la Ciudad”, una fuerza municipal que hoy ostenta el record de mayor cantidad de denuncias por violencia institucional en todo el país. En paralelo, una patota civil urbana colaboró en los entuertos con palizas, robo de pertenencias y desalojo de viviendas. En las elecciones de 2023, el deleznable personaje de Javier Milei ganó la presidencia de la Nación y Mauricio Macri siguió controlando los destinos de la ciudad sin ostentar cargo alguno. Esta libertad ejecutiva también le permitió manejar la política nacional, ya que le entregó al esperpento de la Rosada un plan hecho a su medida, con todas las políticas que no pudo terminar en su gestión. Un “fondo de comercio” con empleados incluidos: veinte funcionarios del PRO asumieron con la administración de Milei en ministerios, secretarias y subsecretarías nacionales. Los más renombrados –por sus fracasadas políticas económicas– quizá sean Luis Caputo, Federico Sturzenegger y Santiago Bausili. Pero estos jinetes del apocalipsis están completando el plan de Mauricio al pie de la letra, endeudando, rematando y poniendo coto a cualquier disidencia política a nivel nacional con prebendas y favores. En este esquema, la cuarta pata iletrada tuvo su continuidad: Patricia Bullrich volvió otra vez como ministra de Seguridad de la Nación, desatando a sus perros de caza. Mientras tanto, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, esa cuna de funcionarios y empresarios que llevan cuatro lustros gestionando, y donde todo este esquema comenzó, no quedó en desorden, pues Mauricio colocó a su primo Jorge al frente de la intendencia.

El poder de la palta

Jorge Macri, o el “Macri negro”, como odia que lo llamen en su entorno, tiene las características hermosas del mestizaje argentino: su piel trigueña y su pelo negro y grueso muestra una ascendencia bien criolla y local, quizás indígena, como la mayoría de nosotros. Pero su desprecio por los que se le parecen (en muchos sentidos) demuestra una formación clasista que supera los límites del primo. Jorge podría ser cualquier vecino de la ciudad, pero sin piedad se encarga de denostar con fruición a sus iguales, apaleando, persiguiendo y cancelando la vida cotidiana de esos pares. La policía municipal, que en general no asiste a vecinos en problemas con la celeridad que le cabe, aparece inmediatamente en los lugares públicos donde un pobre vendedor de paltas se gana la vida. La patota uniformada y varios de civil sin identificar suelen golpear a estos emprendedores cotidianos robando todas sus pertenencias con una violencia solo vista en épocas de dictaduras militares. En una de las tantas muestras de ese desprecio a la vida comunitaria y sus estrategias de supervivencia, ingresó con grupos armados a dieciséis villas porteñas bajo el título racista “Operación Tormenta Negra”. Por supuesto que los narcotraficantes que buscaba no estaban, pues no viven en las villas, sino en barrios residenciales caros como el suyo; pero, de todas maneras, detuvo a vecinos solo por no tener DNI, derribó cuatro casillas donde se vendía droga al menudeo y cerró varios comercios con acusaciones tan ridículas como falsas. Para completar el cuadro, Jorge sostiene hace tiempo una larga pelea con la Iglesia Católica que asiste a los que el desprecia y maltrata: se queja públicamente porque les dan un plato de comida caliente.

El suelo que caminamos

Estos eventos de desintegración social que propone Jorge Macri como forma de gestión y que amplifica Milei a nivel nacional se pagan caro en el presente y tienen consecuencias difíciles de predecir en el futuro. Pero el objetivo es claro: la traición al buen vivir y la degradación de los que poco tienen busca no solo la eliminación de los cuerpos que considera descartables, sino también la docilidad de los que sobrevivan al escarnio. Este paquete de perversos (Mauricio, Horacio, Jorge, Patricia, Milei) gestó la más abominable de las administraciones en la capital federal, asegurando una destrucción planificada de los intentos por el sentir en comunidad y trasladando ese sentir al país entero. Blanco sobre negro, alientan sin cesar la individualidad como toda promesa para el cuerpo, y pretenden que esa masa de carne y sangre reconozca, mediante palos y robos en la calle, la jerarquía de clase, una selvática cadena alimenticia racial que no tiene antecedentes. En esta ocupación mayor, ahora el territorio nacional está en peligro, y la réplica de negocios en territorios urbanos que comandaron los Macri en Vicente López y CABA se extiende más allá del conurbano. Sin embargo, el odio, la canalla, el racismo, la violencia estatal y los delitos que la policía municipal, federal y sus patotas de civil comenten a diario parecen tener pequeñas resistencias locales. Ese es el peligro, lo saben, y la campaña con tintes nazis que aplican se parece cada vez más a una reacción frente a esos intentos por defender el suelo que pisamos, que bien pueden iluminar el fin de este ciclo de ocupación brutal.