Tras un primer encuentro realizado a propósito de la cuestión de la miseria, el 27 de noviembre de 2025, en la librería Vuelvo al Sur de Parque Patricios, el Comando Orillero llevó a cabo su segunda mesa, alrededor de la felicidad, entendida como “horizonte y proyecto colectivo” y establecida como objetivo expreso del pensamiento y la acción política del peronismo.
La propuesta de estas mesas surgió el año pasado, luego de la publicación del Manifiesto Orillero del Comando, con la intención de discutir ciertos ejes y problemas que en los últimos años están en el centro de la vida cotidiana y popular porteña, para al mismo tiempo poder repensar las propias prácticas de militancia social, territorial y política en la ciudad.
Realizada una breve presentación de la propuesta de conversación de la mesa de Patricios, tuvo lugar un intercambio entre compañeras y compañeros del Comando y de otros espacios y organizaciones barriales: librerxs de Vuelvo al Sur, jubilados de Barrio Boedo, equipo de Dirección de la Escuela 6 de Barracas, docentes del Liceo 3 de Barracas, trabajadores de la Salud de Parque Patricios, integrantes de Los Pompas Club de Arte Parque Patricios y Sociedad luz de Barracas, compañeros del Frente Social Peronista y militantes de la Comuna 4.
El encuentro contó además con la participación de Eric Calcagno –sociólogo, docente y periodista; embajador, diputado y senador nacional entre 2005 y 2015– y Julia Rosemberg –historiadora, investigadora y docente–, quienes expusieron valiosas reflexiones acerca de la relación entre peronismo y felicidad.
Compartimos desde SANGRRE la propuesta de conversación del Comando para la actividad, junto con las intervenciones de Eric y Julia.
Mesa de Parque Patricios: Propuesta de conversación
En este encuentro, queremos preguntarnos por la felicidad. ¿Hace cuánto los argentinos no estamos felices? ¿Por qué entre los objetivos políticos se ha perdido la búsqueda de la felicidad? ¿Por qué en términos sociales hemos naturalizado la angustia, el abandono? ¿En qué resquicios de la experiencia popular actual sobrevive la búsqueda de la felicidad?
Nos referimos a la felicidad no como expectativa individual, sino como horizonte y proyecto colectivo y, por lo tanto, político. Esto implica asumir que la felicidad del pueblo es una tarea política y subjetiva de gobierno; un objetivo, por otra parte, expresado en la base de nuestro pensamiento político: “Que el pueblo este contento, eso es lo que me interesa. La mitad de la tarea del gobierno, para mí, está en que el pueblo esté contento. El pueblo contento comienza el camino de la felicidad y esa es una de las funciones fundamentales del gobierno. La otra es la de hacer la grandeza del país: eso se hace despacito y de a poco” (Juan Domingo Perón).
Si la justicia es para el peronismo una virtud al mismo tiempo personal y social, la felicidad del pueblo representa el aumento de la capacidad colectiva para obrar –la potencia– en defensa de esta patria, por beneficios para los que la habitan. Mucho hemos destinado a pensar la justicia social –en la planificación, en el Estado– sin quizás detenernos en una disposición emotiva que, como toda alegría, como todo regocijo de nuestro ser, es vincular –individual y colectivamente– con los cambios que nos proponemos en términos políticos.
“Me hice peronista porque nadie es feliz en soledad”, decía Leonardo Favio, intuyendo que la singularidad de nuestro movimiento tenía en su experiencia el compartir alegrías y tristezas. Hay cosas que, más que saberse, se sienten. El peronismo, antes que una doctrina, se constituyó y se desplegó como una sensibilidad, un modo de organizar el mundo sensible de las clases populares argentinas.
Desde estas distinciones queremos partir para analizar lo que nos preocupa. Hablamos, obviamente, del sentimiento de tristeza, infelicidad y angustia que el estado de miseria y de violencia actual nos provoca, pero para traerlo a la reflexión, también, como una categoría política que merece tan o mas importancia que los otros elementos; incluso preguntándonos si no debemos pensar ese sentimiento autónomamente, más allá de su relación causal con la pobreza de nuestro pueblo (infelicidad social) o con la disminución de nuestra capacidad de obrar político por el estado de persecución que atraviesa nuestra fuerza (crisis de desmoralización).
La verdadera comunidad debe basarse en intereses inherentes a la felicidad: no son los objetivos del sí mismo, sino los designios que conciernen a la humanidad los que establecen condiciones vinculares durables entre los seres humanos. Concordia en el pueblo y liderazgos con convicciones definidas que estén dispuestos a llevar adelante la empresa. Dos planos para esta discusión:
Pautas subjetivas de la tristeza como tonalidad emotiva: Silencio: callarse la boca, esconderse hacia adentro, sostener lo que va estallando, pero, sobre todo, implosionando. Paralización frente al tornado. Secreta esperanza de que pase por el costado y no nos lleve puestos, incluso cuando estamos a la deriva y en el aire, entregados. Resignación: depresión e impotencia. Signos de reacción frente a la brutalidad, pero también formas paradójicas de ser parte del proceso, minimizando todo movimiento, desvalorizando toda resistencia, impugnando todo ensayo de respuesta que otrxs producen (“no pasa nada”, “no sirve para nada”). También la resignación esconde un cálculo a favor del no-hacer. Indignación: expresión crítica del estado de cosas, pero muchas veces paralizada, mera constatación del estado de iniquidad; una posición incluso en cierto modo fascinada, en clave espectacular: consumidores del horror show frente a las pantallas, que lo procesan por nosotros y nos lo entregan listo para consumir diariamente; también es este un modo de desligarse del estado de cosas, como si el mal existente no tuviera (también) que ver con nuestro no-hacer. Automatismo: sobrevivencia del hacer, aunque más motorizado por las coordenadas del pasado que por las del presente: seguir haciendo “lo que hay que hacer” como antes del actual estado de cosas, como si la acción tuviera una “pureza” que pudiera incluso prescindir de las situaciones particulares en las que se lleva a cabo. Persiste lo mecánico del hacer, de lo ritual, aunque vaciado de rumbo en términos reales: ausencia de estrategia respecto de lo que se enfrenta, imposibilidad de conversar con quienes hay que conversar para componer el hacer de manera virtuosa (es decir, con mayor potencia, alcance y felicidad).
Pautas desmotivantes en el plano político: No interpelar estos problemas–la tristeza, la incomodidad, la angustia– genera inmovilismo, lleva a aceptar nuestra incapacidad para cambiar el mundo. Como escribía Antonio Cafiero en 1987: “Estamos atravesando un estado de profunda desmoralización, que consiste en la pérdida de confianza en la empresa del quehacer colectivo que trasciende el personal de cada uno de nosotros. Se trata de y refleja al mismo tiempo una crisis de valores. Aún más: esta falta de confianza en un proyecto vital colectivo es una crisis de esperanza. No hemos reinstalado la esperanza en el hacer común. Estamos peligrosamente apuntando a que el mayor de los bienes posibles sea que no haya novedades. Sentando las bases desmoralizantes de una sociedad sin cambios, (sumisa, servil) de un estado estacionario alejado por distancias siderales de las metas del desarrollo”.
Pese a todo, la política como experiencia feliz sigue, en términos potenciales, en este pueblo, como en cada uno de nosotros y en las bases de nuestro movimiento. Quizás, en cuanto potencialidad, también persiste entonces, más en clave del sentir que en el de producir, en la disposición a poner en valor los modos microsociales desde los que pueda desplegarse nuestra fuerza política. En tal sentido, proponemos a la par de profundizar la discusión sobre el malestar emocional, indagar y clarificar qué motivaciones y situaciones son las que podrían reencaminarnos hacia la felicidad y el paulatino aumento en nuestra capacidad de obrar e imaginar el mundo. ¿Cómo era la Argentina preperonista, en ese sentido? ¿Cuáles son los resortes emotivos de este tiempo para resignificar la felicidad de este pueblo, nuestros valores de comunidad y justicia?
El odio –existente, explicable y en cierto punto entendible– no puede ser el afecto principal que nos movilice, ya que en última instancia disminuye nuestra capacidad de obrar. De hecho, vemos cómo el odio es cotidianamente movilizado para perpetuar y profundizar el estado injusto de cosas, mucho antes que para transformarlo. Descartada esta emoción, ¿Cómo puede el Comando Orillero articular sus primeros pasos de revinculación vecinal con un aporte sensible que proporcione elementos de politización operantes de felicidad y tipos de vinculaciones felices?
Eric Calcagno
Buenas tardes. Primero, tengo que decirle a una radio que no voy a poder salir. Son unos compañeros de Neuquén: muy interesante, porque a veces el debate sobre el peronismo se da en todo el país, y se da desde un lugar, desde una mirada distinta a la que nosotros tenemos. Y está bueno, porque eso contribuye a la raíz de la naturaleza federal del movimiento y son reflexiones de calidad: están bien pensadas, saben de lo que hablan, lo que dicen lo fundamentan. A veces hay cosas pesadillescas. Por ejemplo, Departamento de Lacar, en Neuquén: 50 por ciento de la tierra, terratenientes argentinos; 45 por ciento de la tierra, terratenientes extranjeros; 5 por ciento de la tierra, mapuches. ¡Ah! Todos contra los mapuches, “el peligro mapuche”. ¿Cómo te instalan las cosas? Los mapuches ahí arrinconados, pobrecitos, masacrados, esclavizados los compañeros, los pueblos originarios.
La cosa es que esta idea de felicidad –ya para entrar en el tema– tiene mucho que ver con lo que decía San Agustín de la idea de tiempo. Si no me lo preguntan, sé lo que es; ahora, si me preguntan, no podré explicarlo. Sin embargo, como el peronismo considera que la verdad relativa es una construcción colectiva, uno de los compañeros dijo que era una relación, el amor. Así que uno no puede enamorarse en soledad; si no, es Narciso, ese griego que se enamoró de su propia imagen en el lago y la quedó. Por lo tanto, una aproximación a la idea de felicidad sería vivir en una situación de amor relacional o vivir en una situación de relación de amor. Entonces, uno está o es feliz porque está en una relación con la persona que ama. Es feliz porque está en relación con las personas que ama. Es feliz porque está en relación con las compañeras y con compañeros que ama. Es feliz porque apoya una causa que ama o siente que la política se instala en uno como la manera de elegir el peronismo como una decisión de vida, una cuestión ontológica. Yo no puedo ser, si no soy peronista; por lo tanto, mi felicidad también depende de cumplir o de ejercer mi peronismo o el peronismo en cualquier circunstancia que sea. Allí donde hay una peronista o un peronista, está todo el peronismo. Hoy veníamos hablando de Julio de Vido, por eso me acordaba: allí donde hay un peronista o una peronista, incluso encarcelado, está el conjunto del peronismo. No sabemos si cabemos todos en la celda, pero de algún modo nos lo vamos a idear.
Estaba trabajando en un librito muy interesante, se llama Habla Perón. Es un libro que se publicó en 1950 que toma los discursos del General de 1944, 1945, hasta el 50, que está dividido por párrafos, por capítulos. Me lo leí y lo estoy trabajando bastante. Y la palabra que más se repite es “felicidad”. Créase o no: la palabra que más se repite, más que “independencia”, más que “soberanía”, más que “ejército”, más que “Argentina”, es “felicidad”. Veamos algunos ejemplos.
Está bueno, porque son cosas que dijo Perón ante embajadores extranjeros, estudiantes argentinos, médicos, obreros: son las intervenciones periodísticas no del Perón del pos-55, en el cual cada uno quería ver en Perón lo que lo que quería ver. No: este es el Perón verdadero, el verace. Es el Perón del poder, el Perón que va desde el zorro que fue en el GOU hasta el león herbívoro que será en los setenta. Este es el Perón del gobierno. Lo interesante es que el tipo jamás baja el nivel: le puede hablar a obreros de la caña de Tucumán –prejuicio burgués: ¿por qué no habrían de saber hablar bien?– o a los embajadores extranjeros, siempre es el mismo tono, siempre son las mismas palabras, nunca baja la calidad. Quizás también eso tenga que ver con la felicidad.
“Vida digna”, del discurso dirigido al pueblo español como motivo del viaje a España de su esposa, la señora Eva Perón, 23 de junio de 1947. “Hemos orientado a nuestro gobierno dando una vida digna a todos los trabajadores por todos los medios a nuestro alcance, y en eso corremos líneas paralelas, convencidos unos y otros que la felicidad ansiada por el mundo descansa únicamente en la justicia social”. Así que, abandonada ya la cuestión de la felicidad individual, llegando a la felicidad política, esta solo se alcanza mediante la justicia social.
“Vivienda digna”, durante la concentración obrera realizada en el estadio del Colegio Nacional de San Nicolás, provincia de Buenos Aires. “Nuestra política social está también orientada a asegurar una vivienda digna a la gente de las ciudades y del campo. La vivienda no es una prebenda del hombre que puede disponer de medios, sino uno de los elementales derechos del hombre de pueblo. Entendiéndolo así, el gobierno encara un gran plan de construcciones”. Es decir, la vivienda como bien de uso, no como bien de cambio. ¿Saben quién dijo, hace pocas semanas, la vivienda como bien de uso y no como bien de cambio? Xi Jinping. El 90 % de los chinos son propietarios de sus casas. Argentina empezó a hacer planes quinquenales antes que China, pero no lo dejaron terminar. Y claro, los chinos van por el plan 14, empezaron el 15.
“Vivir bien”. Dice Perón, el 29 de abril de 1949, inaugurando un curso sobre política alimentaria: “Una revolución como la nuestra debe abarcar todos los órdenes de la sociedad, de la Nación, integralmente para cumplir los objetivos precisos. Nosotros no podemos conformarnos solamente con que el pueblo viva en paz. Queremos que viva bien”. Vivir en paz, vivir bien, felicidad. Un instante de felicidad en la historia de la patria, como diría Daniel Santoro. “Es un deber primordial del gobierno” –porque los derechos de los pueblos son los deberes del gobierno– “saber qué come el pueblo y preguntarnos enseguida si come bien, si come lo suficiente, si su alimento es el que conviene a su organismo físico y a su entidad espiritual”. Perón siempre está con la dialéctica cuerpo-espíritu, un grecorromano Perón, para decirlo en una palabra. Si llega a todos, hombres, mujeres, niños, ancianos, una alimentación sana, completa, adecuada, racional. Entonces, evidentemente, uno se hace peronista no porque haya leído Conducción política y dice, “Oh sí, a partir de mañana me haré peronista”, sino que una sociedad es peronista por las cuestiones inextricables que hacen precisamente a la definición de felicidad. Lo interesante es que, en este caso, después viene toda la parte donde nosotros entendemos o podemos darle sustento a nuestro apoyo, darles más densidad a nuestros argumentos, a nuestros sentimientos, con esta cuestión del “buen vivir”, que es un concepto de la antigüedad clásica.
¿Qué es la felicidad hoy para los libertarios? Existen, están ahí, yo los vi. Individuos, individuos, individuos. Son individuos separados de la sociedad, son peces fuera del agua. ¿Qué hacen los peces fuera del agua? Y, mucho no duran; además, no sirven ni para comer, esos peces. Como ellos no saben lo que es la felicidad, compran manuales de autoayuda: Las veinte costumbres exitosas de Elon Musk, Los veinte pasos para convertirse en el empleado del mes. Y hay gente, hay librerías que ponen los libros de autoayuda en la sección de Filosofía. A esos lugares ni justicia, compañeros. A esos lugares, nada, ni un vaso de agua.
Entonces, esta cuestión de que nosotros vamos haciendo peronismo al andar, vamos haciendo felicidad al andar. Felicidad: felicidad puede ser la de Miguel Ángel después de que terminó la Capilla Sixtina diciendo “Ah, qué bien me salió.” Y también puede ser la felicidad de Maradona cuando metió el gol con la mano –bah, “la mano de Dios”– y miró para atrás para ver si el referí lo había sancionado o no. Esa construcción de la felicidad en un determinado momento. En el pensamiento después de Perón, la alimentación está, por ejemplo, en la pirámide de Maslow. Maslow era un psicólogo social norteamericano que hizo una pirámide de necesidades: entonces, abajo de la pirámide están las necesidades fisiológicas (respirar, alimentarse, descansar); después, las de seguridad; están las necesidades de afiliación, están las sexuales también; después, las de reconocimiento social; hasta llegar a la autorrealización permanente. En este gobierno, aparte de los manuales de autoayuda que dicen “vos te salvás solo, no te salvás con los demás. Siga estos consejos y conviértase en, no sé, Donald Trump”, está la cuestión del individuo solo, del individuo aparte, del individuo odioso, que no puede sino ser odioso, porque está frustrado. Está frustrado porque quiere ser algo, quiere ser: “pero ¿cómo?, si yo hice los veinte pasos y no soy Elon Musk, ¿qué pasó?”. Por esa frustración, de esa frustración, como grupo social frustrado, como sector medio o medio bajo que no soporta la democratización del goce, que es la forma de felicidad peronista, sale el fascismo. El fascismo es eso que viene y nos mata. Entonces, frente a eso, el combate al odio – porque no podemos hacer eso de “el amor vence al odio”: a menos que el amor esté dentro de un tanque T-34 con tripulación plena y cargado, no va a ser así–, por lo tanto, el amor como relación, la felicidad como política, implica tomar una acción. Una acción en defensa de lo que nosotros creemos, en defensa de la Constitución Nacional, en defensa de la comunidad organizada, en defensa de la posibilidad de pensar. La felicidad como bien social, dice Perón. La felicidad como riqueza. Perón dice por ahí que se mide el producto bruto interno, pero no se mide la felicidad, y nosotros lo que necesitamos es precisamente la cuestión de la felicidad. La felicidad es una inversión.
Y en esa pirámide de Maslow –aquí retomo el hilo–, cuando reducen a la mayor parte de nuestros ciudadanos y ciudadanas, compañeros y compañeras, vecinos y vecinas, a la parte más baja, a la subsistencia, entonces ya no hay posibilidad de pensamiento ni de felicidad. Porque estoy pensando en comer, estoy pensando en subsistir. ¿Qué hacen cuando echan trabajadores? ¿Qué hacen cuando precarizan? ¿Qué hacen con la desacralización permanente de todos nuestros símbolos? Porque uno ama a San Martín, a Belgrano, a Juana Azurduy, a Mercedes del Valle. Nos quitan todo eso, nos llevan a la precarización, nos bajan al fondo de la pirámide y ya no se trata de ser feliz, sino de sobrevivir. Y manteniéndonos en el estado de supervivencia es como nos logran dominar. Y después nos dan, para peor, manuales de autoayuda.
Para ir dejando espacio a los que saben: está bueno, Perón. Siempre, siempre Perón está bueno, porque es una charla con él. Uno va leyendo cosas totalmente actuales: habla de la importancia de la salud pública, la importancia de vacunarse, la importancia de la educación pública. ¿Por qué la cultura nos hace felices? Porque la cultura nos permite vivir más intensamente cada momento. También tiene su riesgo: los encantos serán también más intensos (lo que nos dará la oportunidad de escribir manuales de autoayuda). La cultura y la educación es lo que permite que nosotros disfrutemos más la vida.
El peronismo, entonces, y el amor a la patria: el amor, vivir, no solo vivir en situación de amor, vivir todo lo posible enamorado. Hablaba de San Agustín, al principio. San Agustín también decía: “El que ama no erra, ama y haz lo que quieras”. Cosa que él practicó bastante, era un pata de lana muy conocido por Hipona, en África del Norte. Él dijo, “Dios, dame castidad, pero no ahora”. En serio, era muy un tipo muy simpático, San Agustín. La cosa es que él era feliz de esa manera, era feliz con las delicias terrenales, era feliz pensando las cosas en su rol intelectual, uno de los padres cardenales de la Iglesia. Y el peronismo también, como forma de felicidad, es una invitación a pelear por, como dice Daniel Santoro, la democratización del goce; pero a pelear, porque hay que pelearse. Esto no va a venir solo, sino que va a ser una construcción, pero una construcción en la cual ya tenemos que superar nuestros estadios idealistas. Que nos costó una Constitución de 1949 sacada de un plumazo, la resistencia peronista, los setenta, las represiones, los golpes, etcétera, todo eso y saber que podremos tener una felicidad posible a través del peronismo cuando le contestemos al odio con política.
Julia Rosemberg
Esta invitación me resultó un desafío difícil, así que traje un punteo de preguntas: como decía el compañero, tengo más preguntas y problemas que cosas para para decir. Y también quería empezar por Perón, por el Perón de La comunidad organizada. Bueno, él decía “ahí está la ideología justicialista”, es el libro donde está la ideología justicialista, lo definía así. Que, como sabemos, es un texto hipererudito, lleno de citas de filósofos, dificilísimo para alguien que no viene con esas lecturas. Es el texto conocido porque se plantea lo de la “tercera posición” por primera vez, o por primera vez doctrinariamente, digamos, con texto. Pero se le da tanta bola a eso que, a veces, cuando leemos La comunidad organizada, queda de lado otra parte que, para Perón, bien puede pensarse que es la felicidad.
Para Perón en La comunión organizada, el 50 por ciento es la crisis espiritual que se está viviendo. Él, a comienzo del libro, dice: “estamos viendo una crisis civilizatoria”. 1949, post-Segunda Guerra: la crisis de valores más grande que haya habido en la humanidad en setenta años. O sea, si en ese momento están en crisis, ¿dónde estamos ahora, no? Pero claro, rápidamente lo que ubica es una crisis material y una crisis espiritual a la que le dedica varios apartados de La comunidad organizada. Me parece que, a veces, en el peronismo tomamos mucho de la tercera posición, del individuo y la comunidad, y dejamos de lado de qué habla Perón cuando habla de crisis espiritual, y me parece que algo de eso se engancha con la felicidad, ¿no? Fundamentalmente, para proponer que el peronismo también intenta dar una disputa por el sentido de las vidas, ¿no? De la vida individual y de la vida en común: las dos cosas. Hay una disputa por el sentido, que puede a veces tomar la forma de felicidad, a veces de otras cosas, pero es una disputa por el sentido.
Ahora, en La comunidad organizada –me fijé particularmente– no aparece la palabra “felicidad”, como sí ocurre en los discursos que trajo Eric; pero sí aparece otra palabra similar, que es “alegría”. Dos veces, la palabra “alegría”. ¿Cuál es la finalidad? ¿Por qué, cuando aparece “alegría”? Cuando finalmente el individuo se realiza en la comunidad. Ahí aparece la felicidad como “a lo que hay que aspirar”, dice Perón. Es raro, porque a veces dice “a lo que hay que aspirar” como tiempo futuro y a veces dice “a lo que estamos desarrollando” en tiempo presente. Es como esa utopía del peronismo, que a veces se conjuga en futuro y a veces se conjuga en tiempo presente. Lo cual es genial, también: cómo el peronismo toma conceptos políticos y les da su propio sentido, los trastoca y los potencia.
Entonces, por un lado, está esa idea de Perón de la alegría. Después, por otro, quería traer otra idea de la alegría, de la felicidad, que trae Eva en La razón de mi vida. Porque no dicen lo mismo de muchas cosas: aunque están en el mismo sentido, no dicen exactamente lo mismo. Y Eva, en un momento de La razón de mi vida, está describiendo lo que ella llama –el apartado se llama así– “la tarde de los miércoles”. ¿Que son las tardes de los miércoles? Son el único momento que le queda a Perón, cuando gobierna, de vínculo directo con los trabajadores y las trabajadoras. Digamos, lo que preserva de ser secretario de Trabajo y Previsión. Y esa tarde de los miércoles en Casa Rosada lo visitan cantidad de delegaciones de trabajadores y trabajadoras. Y quería leerles una partecita, dice así Eva: “Todos los miércoles por la tarde el general Perón atiende exclusivamente a los trabajadores agremiados. La casa de gobierno en esas tardes adquiere un aspecto especial, porque habitualmente las audiencias del Presidente de la república son concedidas individualmente. Aunque no faltan nunca las visitas de núcleos más o menos numerosos de personas. Pero en la tarde de los miércoles, las audiencias son siempre numerosas, tanto como por la cantidad de las mismas como por la cantidad de obreros de cada delegación. Es por otra parte la única tarde de la semana en que mi trabajo se desarrolla cerca del General”. Y termina, te cuenta ahí un poquito todas las audiencias y termina el apartadito ese diciendo así: “No me sería posible terminar este capítulo sin decir que las tardes de los miércoles son en general tardes felices para nosotros. Al término de la jornada regresamos juntos, el líder y yo, a nuestra residencia privada y yo me gozo viéndole satisfecho y alegre. El contacto con sus descamisados, con los grasas, como los mismos obreros suelen llamarse a sí mismos le reconforta. Muchas veces suele decirme al final de esta jornada ‘Vamos bien, los muchachos están contentos’. Y a mí me alegra verlo a él satisfecho y me emociona siempre pensar que un hombre como él en lo más alto del pedestal del país se siente feliz simplemente por eso, porque un humilde jornalero, tal vez, le haya dicho que está contento con su Presidente”.
La cantidad de palabras para referir a ese estado de ánimo que nosotros acá llamamos “felicidad”, ¿no? “Contento”, “alegría”, “satisfecho”, “reconforta”. Impresionante, ¿no? Ahí está en la patria, sin dudas, el instante de la felicidad. Y me gustaba pensar que es esto. Porque quizás Eva –todo el peronismo, pero quizás Eva fue quien más impuso esto de que el peronismo es una nueva politicidad, ¿no?– tiene una nueva forma de hacer política distinta a la liberal, distinta a la positivista, de larga historia en la Argentina, sino que tiene que ver –ya salió acá en varias intervenciones– con el sentir. No porque el sentir sea lo opuesto a lo racional, lo opuesto a la razón. Eva en este libro se la pasa planteando antinomias, a lo Sarmiento: “Civilización y barbarie”. Bueno, acá Eva plantea, como antinomia, “razón-sentir”, pero para desarmar esa antinomia: hay una racionalidad en el sentir.
Y quería traer otra cita de este libro fenomenal de Eva. Eva tiene tres libros, La razón de mi vida, que es el más conocido, es el segundo. Este otro es el primero, Historia del peronismo, del cual al día de hoy no encontré nadie, nunca, ningún texto que haya aludido a este libro, con lo cual es un terreno virgen todavía para para pensar, y es fantástico porque son las clases de Eva en la Escuela Superior Peronista. O sea, Perón daba sus clases en la Escuela Superior, de ahí sale Conducción Política; Eva daba clases en la Escuela Superior, de ahí sale Historia del peronismo, que es maravilloso, porque está haciendo historia de un movimiento que tiene cinco años, porque la Escuela es del 50, 51. Pero ¿cuál es el movimiento que hace Eva? Cristo, los griegos, los romanos son precursores del peronismo. Entonces, toda la historia de la humanidad es historia del peronismo en algún punto. Hace ese movimiento, que es parecido al que hace Perón en La comunidad organizada: hay que ir a la humanidad para explicar el peronismo. Y hay que ver a la humanidad para entender qué respuesta trae el peronismo, porque trae respuestas al problema de la humanidad.
Y es un texto maravilloso porque, rápidamente, se crea la Escuela con la voluntad de, dice Perón, pensando su sucesión, qué va a pasar el día que él no esté. El día que él no esté tiene que haber doctrina, tiene que haber justicialismo, para que él pueda no estar, pero esto seguir. Y Eva arranca el libro así: “Por eso, cuando me pidieron unas palabras para escribir en el frente de esta sala, elegí una frase muy clara y muy honda. ‘No concibo el justicialismo sin Perón’. Muchas veces le he oído decir al General que los hombres pasan y que quedan solamente las doctrinas. Hace unos cuantos días, el 24 de febrero, nos dijo que había llegado el momento de reemplazar a Perón por el justicialismo. He meditado mucho en esas palabras y quiero creer en ellas, quiero aceptarlas, porque las ha dicho Perón, obviamente, cuya palabra es sagrada para todos los peronistas de verdad, pero mi corazón se resiste a que Perón pueda ser sustituido por su doctrina”.
“Y yo sé”, esto me gusta, “Y yo sé que siento como siente el pueblo. Si el pueblo pudiese hablar con una sola la voz le diría a su líder algo así como esto, por ejemplo, ‘está bien, mi general, que su doctrina sea una cosa grande, pero nosotros lo queremos a usted’”. Y acaba la cosa: “Porque los pueblos necesitan darse a un hombre más que a una idea. Les resulta más fácil querer un hombre que amar a una doctrina, porque los pueblos son todo corazón”.
Es fantástico este libro, es una invitación a leerlo, porque está lleno de pensamiento político peronista. Esto que acaba de decir Eva es, yo lo leo así, como una inversión del Facundo de Sarmiento, que empieza cien años antes con ese epígrafe en francés mal traducido, conocido, que Sarmiento lo traduce de esta manera: “A los hombres se lo degüella, a las ideas no”. El liberalismo argentino. A los hombres los podemos matar a todos, puede pasar cualquier cosa, porque lo que importa son las ideas, los conceptos, lo abstracto. Y Eva está dando vuelta eso: lo que importa son los de carne y hueso, son los hombres, son las mujeres, la humanidad, no las grandes ideas. [Comentario] Exactamente, cristianismo puro, totalmente. Pero además esto de que los pueblos son “todo corazón”: los pueblos son todo corazón, y hay algo del peronismo del último tiempo que parece haberse alejado tanto de eso… Parece querer tener razón: tener razón es lo que lo que importa.
Cuento una cosa más y ya sigo con mi punteo. El Partido Peronista Femenino, al cual venimos estudiando bastante, tiene un reglamento, realizado cuando surge, en el que su cláusula tercera –si recuerdo bien– dice: “conquistar corazones peronistas”. Conquistar corazones peronistas: para Eva es fundamental el sentir, en su pensamiento político es fundamental el sentir (para Perón también; me parece que Eva está más expresado, quizás, más puesto sobre relieve). Es el binomio amor-odio, sin dudas, no es solo amor: en Eva también es odio y fundamental es el odio y es la felicidad y es la lucha. Son las dos cosas. En un momento de Mi mensaje, que es su último libro, dice: “Ya no sé cuándo estoy amando o cuándo estoy odiando”. Cómo hasta casi parte del mismo sentimiento, en algún punto, es fenomenal.
Dos preguntas y paso a otro libro que quería traerles. Una la hacía Javier Trímboli en una intervención que armaron con Kari en la revista Sangrre de una lectura genial sobre La comunidad organizada. ¿Qué pasa con la utopía que plantea Perón, qué pasa con la comunidad organizada, con la utopía que tiene el peronismo de armonía, cuando se le atraviesa la historia, cuando se le atraviesa el odio? ¿Qué pasa con La comunidad organizada cuando el 15 de abril de 1953 el capital –para ponerlo en términos del propio Perón– pone bombas en una movilización de la CGT y mata seis trabajadores? ¿Qué pasa cuando el capital da muestras muy claras de que no está con ganas de vivir una comunidad organizada con el trabajo? ¿Es posible esa alegría si el capital no está de acuerdo en vivir en una comunidad con nosotros, con el trabajo?
Una segunda pregunta, se desprende de otro libro, salido hace unos añitos, que a mí no me gustó mucho, pero sirve traerlo para la discusión, de un francés [François Dubet], que se llama La época de las pasiones tristes. Fundamentalmente lo que dice es que hay algo del odio que cambió. El odio hasta el siglo XX podía pensarse como un odio que era entre clases: el odio al patrón, el odio al burgués, el odio al rico. Lo que dice este francés es que en el siglo XXI ese odio ya no es entre clases, sino intraclase: el odio del pobre con el que está un poquito mejor, el odio del que está un poquito mejor con el que es clase media y demás. Y entonces ¿qué pasa con el odio ahí? ¿Sigue siendo el odio una potencia política para nosotros, si lo que vemos ahora es que está desparramado entre los descamisados?
Por otro lado, otro libro que quise traer, para seguir planteando preguntas, es Doña María, de Daniel James. James es un gran historiador británico, una de esas particularidades que tiene el peronismo: quien mejor leyó el peronismo es un británico. Imperdonable, pero sucede así a veces. Este libro es fantástico porque es una larga entrevista que James le hace a fines de los ochenta –porque está justo en la interna Cafiero-Menem– a María Roldán. ¿Quién es, quién fue María Roldán? Una trabajadora del frigorífico Swift de Berisso, trabajadora de la carne, que participó el 17 de octubre del 45 y, junto con Cipriano Reyes, dirigente gremial, son parte de los protagonistas de esa primera camada que ese día va de Berisso a La Plata, y de La Plata finalmente desembocan en la Plaza de Mayo. Y la entrevista es fenomenal, fundamentalmente porque lo que hace James es disponer la escucha. Y después es el habla popular de una trabajadora genial, María Roldán.
En el prólogo del libro, Daniel James –una cita muy cortita– está describiendo Berisso en los noventa y dice: “Evita recibe su descripción más anodina: abanderada de los humildes. Podríamos decir que estas imágenes son coherentes con el significado histórico del peronismo, pero también es cierto que reflejan la sensación crucial de desasosiego y desorientación del movimiento en una época de neoliberalismo y realpolitik global”. Está diciendo esto en los noventa, la edición es de esos años. “Tal vez sea demasiado doloroso conmemorar las huellas las luchas y la militancia del pasado si la menguada comunidad de la década del noventa representa su legado”. ¿Qué está diciendo James? Hay un olvido sobre la historia de María Roldán en los noventa, porque es muy doloroso y muy triste en ese momento pensar que el peronismo, que fue tan fantástico, derivó en ese presente. Hay un vínculo con el pasado que está roto, porque es tan triste ese presente que no nos permite pensar el pasado.
Me preguntaba: ¿cómo se da eso hoy? Y tengo la sensación de que no estamos en el mismo lugar, que hoy no tenemos esa relación con el pasado. Si bien estamos muy disgustados con nuestro presente, no tenemos la sensación de que la tristeza o el desasosiego del presente nos lleve a romper con nuestro pasado. Incluso más, diría: la época manda, la época nos dice, nos satura de pasado en algún punto. Estamos todo el tiempo con efemérides, todo el tiempo con imágenes, todo el tiempo con palabras de pasado; incluso, me atrevería a decir, “consumiendo” pasado: a propósito, uso esa palabra, en el sentido de usuarios de redes que consumimos pasado. Me preguntaba: ¿cómo sería un ejercicio hoy de escucha como el que tuvo James de una María Roldán? ¿A quién habría que escuchar y poner ese dispositivo de escucha de largas horas como reflejo de una sociedad popular, como lo fue María Roldán? ¿Es posible hoy un ejercicio de escucha, con la saturación de imágenes de pasado, de información, que tenemos? Porque también es eso: la censura antes era quitarnos algo y no poder leerlo, no poder verlo; la sensación ahora es que la censura es al revés, estamos tan atosigados que no podemos precisar, que no podemos iluminar, que no podemos detectar qué es aquello que efectivamente nos puede ayudar del pasado a pensar este presente.
Traigo otro libro, de 2011, de alguien que ahora se puso medio de moda, Simon Reynolds, Retromanías creo que se tradujo acá, donde Reynolds, crítico musical y cultural, tiene una idea muy interesante. Reynolds dice que en el siglo XXI es la primera vez en la historia de la humanidad que no se crea un género musical nuevo. ¿Por qué pasa esto? La hipótesis que propone es medio sacada, medio antidigitalidad, pero la tiro: él dice que tenemos el archivo tan al alcance de la mano con Internet, con YouTube, con toda esa cosa, que estamos todo el tiempo consumiendo pasado. Entonces, toda la música que se genera son reversiones que se montan sobre el pasado. De alguna manera, está proponiendo, el pasado está aplastando nuestra capacidad creativa, aplastando nuestra capacidad de pensar el futuro. No sé si me cierra del todo esto –un poco sí, depende el día–, pero lo que quería decir es: ¿estamos en esta posición de pensar el pasado de una manera distinta a la que la piensa James en los noventa porque estamos saturados de pasado, porque la época manda a consumir pasado, o efectivamente estamos en una condición política distinta, pos-2001, poskirchnerismo, de vincularnos de otra manera con el pasado, de pensar de otra manera el peronismo, de encontrarle otra vuelta quizás?
Doña María, fundamental. Se la toma mucho para pensar el 17 de octubre. Pero en mi relectura, que hice cuando salió la segunda edición, me encontré que me interesó mucho más cómo describe Doña María la época previa al 17 de octubre. Lo que explica, en todo caso, el 17 de octubre, que es, fundamentalmente, muchos años de explotación de la clase trabajadora. La famosa década infame. ¿Por qué es fundamental, además, doña María? Porque doña María lo que hace ver es que al peronismo lo crean los humildes. Al peronismo lo crea la clase trabajadora y no al revés. ¿Qué palabra usa? La repite –estamos con las palabras que se repiten–, ¿qué palabra es la que más repite María Roldán para hablar del periodo previo al peronismo? “Esclavitud”. “Era como una esclavitud”, dice permanentemente. Ni la gente pedía tanta diversión. No había diversión en la etapa previa al peronismo. Interesantísimo, porque lo que hace María Roldán, de alguna manera, es desnaturalizar cómo se forma una clase social, cómo se forma una clase trabajadora. No es que –va a decir María Roldán– porque hay explotación la gente se organiza, la gente lucha por sus derechos y logra conquistas. No, no pasa eso. Fíjense cómo lo va a decir ella. Ella, antes de hacer el 17 de octubre, forma junto con Cipriano Reyes el sindicato de la Carne. No había sindicato en Berisso. Cuenta las formas de trabajo que había en Berisso antes del sindicato y eran tremendas. Trabajaban doce horas –bueno, ahora con la reforma laboral vamos a estar más o menos igual–, tenían que ir todos los días a pedir trabajo, no es que tenían un trabajo en continuo. Bueno, léanla después, es fenomenal. Pero fíjese lo que dice. “Costó mucho convencer a la gente de ese sistema, porque la gente le parecía que trabajando más era mejor. Cuesta mucho la lucha interna con el verdadero compañero. Le voy a decir, profesor, a veces cuesta más que luchar contra el patrón. Parece mentira, pero hay que decirlo. Igual que sacar a la gente a la calle para ganar un centavo más, para un jornal mejor, cuesta mucho sacar un obrero a la calle cuando dice, ‘no, puedo perder el trabajo, no, yo no voy a ir al hambre porque ustedes quieren el sindicato’. No, hacé tu obligación, sentite feliz y contento de cobrar cada quince días tu dinero, pero no le saques el pan de la boca a otro pobre como vos”, le contesta María Roldán. “Esa lucha la tuvimos en el sindicato constantemente con compañeros y con compañeras. ‘No’, dice, ‘si a mí me gusta trabajar fuerte, trabajar ligero, ¿quién me lo va a prohibir?’, Nosotros le decíamos, ‘Vos tenés que trabajar si venís a trabajar la fábrica, pero no tenés que arruinar ni a otros ni a nosotros’. Así que la lucha era un poquito desigual, había que luchar también con la compañera y el compañero y también con la compañía”. La actualidad es tremenda. Porque uno piensa que, claro, el 17 de octubre lo hicieron trabajadores, todos con sus derechos.
Es genial esto porque, entonces –para discutirlo al francés–, ¿el odio intraclases, es una novedad? ¿O estuvo siempre, y de lo que se trata es de trabajar sobre él, en todo caso? De hacer política entre los propios compañeros. También, obviamente, porque estamos hablando de lo nuevo y lo viejo. El Manifiesto Orillero traía mucho de esto, y me gustó muchísimo: ¿cómo pensar esta época actual donde hay una tendencia a pensar que es una radical novedad todo lo que está pasando y entonces el pasado no sirve de nada? Yo vi el documental de Ofelia [Fernández, Cómo ser feliz], que me parece buenísimo y todo, pero la insistencia en que las cosas cambian en el 2010 a mí me hace ruido. Puede ser que el “like” haya cambiado, pero hay un sedimento en todo este presente que estamos viviendo, me parece sin duda que hay que pensar este vínculo entre lo nuevo y lo viejo.
Dice doña María: “Hubo que educar al obrero para armar el sindicato”. Me encanta esa idea, hay que educar al compañero. Por eso no todo proceso de explotación genera necesariamente ese proceso. Eso es hoy: los niveles de explotación que estamos viviendo hoy, el pueblo argentino, probablemente sean similares a los de los años treinta. Los niveles de heterogeneidad también: porque también creemos que todos los trabajadores estaban trabajando en una fábrica la misma cantidad de horas. Dice doña María: “Hubo que inventar oficio, el nombre de un oficio”. Porque no lo había. Y, de hecho, lo que va a decir doña María después es que el peronismo no solamente les dio a los trabajadores una identidad de clase, sino también una identidad de nación. Berisso era, entre otras cosas, una enorme comunidad de inmigrantes, de todo tipo de inmigrantes, con lo cual había una heterogeneidad muy grande. Lo que hizo el peronismo fue una nación. Hay una cita muy linda, no la voy a leer porque se va a hacer muy largo… La leo igual. “Estos sucesos dieron a los trabajadores de Berisso una idea de su poder y un nuevo estatus en la sociedad argentina y les permitieron dejar de definirse exclusivamente como una comunidad de inmigrantes. La retórica peronista los afirmaba en una visión de sí mismos como ciudadanos con plenos derechos que ponían sus energías en la edificación de una nueva nación argentina”. Claro, flor de tarea tenían: la edificación de una nueva nación argentina. Fundamental. Y a pesar de esta homogenización que dice doña María, María Roldán, que se da entre clase y nación, que el peronismo le da esta identidad a los trabajadores y a las trabajadoras, no hay tal armonía. Se lee a María Roldán, el testimonio de María Roldán, y sus palabras no son palabras de paz social y armonía, son palabras de lucha de clases, son palabras de una persona en lucha de clases. Más que felicidad en la armonía o en la conciliación, la felicidad de doña María aparece en la lucha.
Me interesa marcar un contrapunto. Fíjense cómo describe la situación previa, sigo con eso, la parte previa. En un momento dice: “Entré al frigorífico en 1944, en la picada. Cortaba carne y le sacaba el nervio y ponía la carne limpia ahí y el nervio en otro tacho. Había que hacer 100 kg de carne limpia por hora. Esa era una sección muy grande, 1200 mujeres. Era un pueblo, era una cuadra. Usted miraba así todo blanco de gente trabajando, hermoso, era un espectáculo”. Y después, en otro momento va a decir, hablando de una huelga (de la que también va a decir “es la huelga más grande de la historia de la humanidad”: siempre el peronismo tan “la más grande de todas”): “Eso de la huelga fue tan lindo que hasta parece un juego de muñecas”. Y después va a decir, sobre el 17 de octubre, que fueron de Berisso a La Plata, que se cantaron muchos cantitos, que se inventaron cantitos en el camino, que se escribieron consignas en las paredes que se inventaban en el momento y va a decir María Roldán que “al final eran pequeños poetas todos”. Esta idea es, claro, de que hay belleza, de que hay virtud en el trabajo, aun cuando hay explotación. Porque el trabajo, del que dice “era un espectáculo” y que “era hermoso”, es un trabajo de muchísima explotación y sin embargo le resulta “hermoso”. Y la huelga como “juego de muñecas” y los “poetas” del 17 de octubre. Quiero decir, hay algo de un momento del trabajo que generaba belleza y virtud a pesar de la explotación. ¿Por qué? Bueno, quizás por lo común. El hacer y lo común. El hacer era lo hermoso y era hacerlo en común.
Me interesa plantear esto. Hoy el trabajo está lejos de ser un lugar de belleza y de ser un lugar común, muchas veces, incluso. Y más bien estamos casi con un dogma de época que es la diversión, el entretenimiento: yo soy medio Grinch, medio mala onda, pero hay como casi una sentencia de tener que “pasarla bien”. Ir a recitales, ir a lugares, todo el tiempo, todo el tiempo, el deseo. Que el feminismo hizo mucho síntoma con eso, el tema del deseo, “cumplir el deseo”. Bueno, el deseo se lleva un poco mal a veces con lo colectivo, con la organización. Ahí hay mucho para pensar si no conspira un poco contra la conciencia de clase, contra la lucha; todos estos climas de época que son individuales, lo venimos diciendo, son de una felicidad meramente individual. Ni si quiera sé si es felicidad: es un “pasarla bien” individual, meramente individual.
Solo para ir cerrando, cito dos autores más. Un filósofo chileno, Patricio Marchant: el tipo escribía muchísimo filosofía y poesía y, a partir del día del golpe de Pinochet, deja de escribir. Y está once años sin escribir. En 1984, si no me equivoco, saca un libro que se llama Sobre árboles y madres. En la introducción dice algo que me gustó mucho, explicando un poco por qué no había podido escribir durante esos once años. Dice algo así, no lo recuerdo exactamente textual, pero dice algo así como que los que siguieron hablando se perdieron la posibilidad de la derrota. Y traigo una palabra que no apareció hasta ahora, quizás porque la tenemos tan incorporada que ni siquiera hace falta decirla, que es la de “derrota”. Que es lo que estamos viviendo. ¿Qué está queriendo decir Marchant con eso? Que a veces la derrota también tiene que llevar a un momento de volver a pensar, que me parece que es lo que está haciendo el Comando Orillero y por eso me encanta esta invitación, me encanta lo que hacen, me parece fundamental, me parece saludable: un grupo de gente que se junta a pensar más allá de la interna, más allá de la rosca, más allá de lo electoral. Esto es parte de la felicidad necesaria de este momento. Un momento de la derrota como aquel momento, en donde podemos perder las palabras que teníamos y tenemos que encontrar otras; perder los sentidos con los que veníamos y encontrar otros. No para perder nuestras raíces, no para perder los hilos fundamentales del peronismo, pero sí para hacernos preguntas nuevas y traer respuestas nuevas. Fundamental, lo de Patricio Marchant. Sobre todo me interesa por eso: el momento de la derrota como un momento político clave. La derrota no es impotencia, la derrota no es victimización, la derrota no es pasividad; quizás es mucho más activa que el otro momento, el momento de la victoria.
Finalmente, a Javier Trímboli quería traer, este es el último autor (decir “el autor” es una falta de respeto entre nosotras, sobre una persona fundamental en nuestras vidas como Javier Trimboli). Tiene dos libros que quería mencionar. Uno, Sublunar. A Sublunar Javier lo escribe en la derrota del macrismo, los primeros años del macrismo, pensando qué fue el kirchnerismo y logra en ese libro quizás la mejor definición y problematización de lo que fue el kirchnerismo. Pero sobre todo lo traigo porque está pensando, Javier, en este libro, que el kirchnerismo fue posible porque supo embeber de las derrotas previas: de lo derrotado de los setenta, de lo derrotado de los ochenta, de lo derrotado de los noventa, de lo derrotado del 2001. La potencia del kirchnerismo es esa: poder construir con esas derrotas. Bueno, hoy esta derrota va a embeber lo que venga: si sabemos hacer en común en esta derrota, vamos a estar también haciendo lo que venga. Por último, Javier nos dejó un libro fenomenal, que Karina estuvo leyendo en la presentación, que se llama El virus de lo absoluto. Es un libro difícil, genial, pero me parece que hace este ejercicio de intentar repensarlo todo desde la derrota, todo. Tiene una frase que traje a propósito de la consigna de hoy que me gustó, porque, como todo en Javier, es muy provocador. “No vinimos a ser felices, vinimos a hacer cosas”. ¿Por qué? ¿Cuál es la pregunta que está de fondo en este libro de Javier? Es ¿cuánto nos adaptamos a una época? Porque el diagnóstico que está de fondo en Javier es que nos quisimos adaptar tanto a la época que quedamos en el puro repliegue: nuestra fuerza quedó en la pura defensiva. Y, de pronto, nos parece fenomenal que candidato a presidente sea Massa. Y lo defendimos ¿no? Bueno, salir de ese repliegue es quizás también discutir un poco con la época. Se está diciendo mucho que el peronismo “no entiende la época”, que el peronismo “no hace sintonía con la época” y me parece que eso es una virtud. Me parece que eso, lejos de ser un problema, es una virtud. No para quedarnos anclados en el 2015, sino porque, para saber mejor cómo se discute con esta época y qué se le propone a esta época, mejor estar desentendido de esta época, justamente para poder discutirla.


