Tras los encuentros de la Mesa de Barracas y de la Mesa de Parque Patricios, el pasado 4 de julio, en el Espacio Cultural Pompeya, el Comando Orillero llevó a cabo su tercera mesa con el objetivo de seguir articulando un debate comunal. En esta oportunidad, el encuentro se enfocó en la violencia que atraviesa los barrios porteños a partir del despliegue del modelo de “seguridad” impulsado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

La preocupación colectiva y la organización de la mesa se gestó con el Colectivo Pompeya No Olvida, que trabaja las problemáticas de violencia institucional y convive en el territorio con situaciones desgarradoras que sufre la población bajo la pretendida “limpieza” del espacio público que el macrismo realiza para la exclusiva circulación de los negocios.

Tras una breve presentación de la propuesta de conversación de la Mesa de Pompeya, tuvo lugar un intercambio entre compañeras y compañeros del Comando, Pompeya No Olvida, y otros espacios y organizaciones barriales: Defensoría de Laburantes, Renacer Pompeya, Comunidad Tupi Guaraní, Sociedad Luz, Frente Barrial CTA, Club Franja de Oro, docentes organizados en UTE, compañeros del Frente Social Peronista, vecinos y militantes de la Comuna 4.

El encuentro contó además con la participación de Marcelo Rey, investigador especializado en fuerzas de seguridad, licenciado en Historia por la Universidad de Buenos Aires, magister en Criminología por la Universidad Nacional de La Plata, y exintegrante de los equipos de seguridad de los municipios de Avellaneda y Lanús; Alejo Fraile y Matías Castro, integrantes del Mapa de la Policía, plataforma encargada de gestionar denuncias geolocalizadas, informes y conocimiento sobre violencia policial en la Ciudad de Buenos Aires, y Victoria Montenegro, dirigente política porteña y militante de derechos humanos, quienes aportaron valiosas reflexiones acerca del estado de situación que se vive en la ciudad bajo la campaña de “ley y orden” desplegada por el gobierno macrista durante el último año.

Compartimos desde SANGRRE la propuesta de conversación del Comando para la actividad, junto con las intervenciones de Marcelo, Alejo, Matías y Victoria.


Mesa de Pompeya: Propuesta de conversación

Desde hace un tiempo en nuestra ciudad, bajo el lema de la campaña “ley y orden”, vimos intensificarse la persecución de manifestantes, migrantes, activismos trans, manteros, trapitos o gente en situación de calle, y somos testigos de la estigmatización de los jóvenes y de los operativos de desalojo. Nos preguntamos: ¿el orden de quién se protege cuando se corren a los feriantes, cuando se inhabilita la venta ambulante, cuando se cercena una expresión o un determinado uso del espacio público? ¿Cómo operan las narrativas de propaganda en nuestros sentidos, nuestras conductas? ¿Qué pasa cuando el discurso sobre la persecución, desaparición, eliminación de un otro está organizado desde la gestión pública de Estado junto a empresas (medios) de comunicación también concurrentes en la defensa o incremento de su riqueza?

El bombardeo permanente de la propaganda del GCBA bajo la campaña/consigna “ley, orden y propiedad privada” deja a las claras una intensificación del objetivo/idea política de “descartar” cuerpos: “Un año sin manteros”, “La ciudad del caos se terminó”, “Tormenta Negra”, “Defender la propiedad de los okupas”. Como en una especie de maltusianismo aggiornado, lo que se dice a las claras es que sobra gente, y se actúa sobre ello en dos claves que se retroalimentan:

  • los modos de producción y reproducción de la violencia física sobre los cuerpos “a descartar”, que a la vez son la condición material del contenido para la publicidad política posterior;
  • la escenificación del “delito” y “el accionar” policial, que encuentran un primer anclaje en la condición de espectáculo o propaganda sobre el que se monta la política para la defensa exclusiva del capital.

El uno siembra cuerpos estigmatizados/violentados, mientras el segundo produce inanidad individual, miedo y parálisis, un estado inerme en el plano afectivo. Mientras el primero opera sobre el cuerpo físico con violencia en las calles de la ciudad, el segundo lo hace inoculando un estado de pánico vía dispositivos de comunicación y despliegue de campañas públicas. Subtes, celulares, calles muestran el “nuevo orden” hasta el cansancio, hasta convertirnos en rehenes de un solo sentido de ciudad: el policial.

Cuando el exterminio se presenta bajo la forma de una simetría en el orden de lo público –como si enunciar la eliminación del otro fuera igual a cualquier otro discurso, como si una corporación tuviera las mismas posibilidades de reproducción de la vida que una familia sin techo–, la propaganda se vuelve un “clima” de época, en el cual resulta muy difícil la desactivación efectiva de lo que esas imágenes y relatos producen en los sujetos que los consumimos.

Esto es posible también porque parte de la opinión “experta” en la esfera pública –incluso de corte progresista–, en el intento de dar “explicaciones” sobre esta “batalla cultural” que perdemos, procede como velo para la comprensión de lo que efectivamente está sucediendo. Nos estamos enfrentando a una forma de violencia que está cimentada pura y exclusivamente en la racionalidad de la apropiación más que de la corrupción. Apropiación de los cuerpos, de la tierra, del salario, de nuestra imaginación futura, de inteligencia, al fin, de la subjetividad misma operada desde una moral de los fuertes (“gente de bien”) contra los débiles (“okupas” “criminales”). Entonces, ya no se trata de trabajar solo sobre cómo nos anoticiamos de los procesos, sino como no los (re)producimos. Efectivamente, ya no alcanza solo con oponerse o denunciar sin comprender que nos enfrentamos a un modelo de gobierno, de ciudad y de país que instituye la obligación de adherir al carácter de supremacía de unos hombres sobre otros o ser parte del estigma.

Nuestra humilde y afectuosa juntada intentará situarse en este plano de discusión. Indagar estas cuestiones, a través de la lectura del trabajo previo de organizaciones (que aquí a continuación desplegamos), así como de la presentación de casos y experiencias territoriales que se están (pre)ocupando de la temática durante la jornada. El objetivo será conocer, a través de esta “campaña”, el despliegue de los dispositivos de enunciación bajo los que el macrismo construyó un sentido “re-apropiatorio” de la ciudad. Creemos que darle a ese despliegue su verdadero sentido –como el peso específico de su alcance propagandístico, que lejos está de representar la totalidad y la homogeneización que pretende– y contraponerlo al mapeo y sistematización de las experiencias en territorio que trabajan con la población sosteniendo políticas de recuperación, protección y cuidado podrá ofrecernos herramientas para visualizar nuestros aportes, amén de los conflictos de oposiciones intestinas que sufrimos. También nos parece interesante observar cómo opera en la propaganda el desprecio generalizado hacia cualquier fuerza que intente contradecirla (desde hinchas de futbol hasta sacerdotes, desde estudiantes hasta jubilados), pero apuntando políticamente al peronismo por su capacidad de reconstruir históricamente el imperativo categórico de vida comunitaria y justicia social.

Intensificar esta conversación, escucharnos y reformular imaginaciones y participación, en busca de respuestas y acciones colectivas, será un aporte a la politización de los tantos espacios que, en nuestra ciudad y en nuestra comuna, velan por los hombres y mujeres en la extrema vulnerabilidad que propone el “descarte macrista”. Convocarnos, escucharnos, coordinar nuestros esfuerzos y confiar, nuevamente, en nuestra fuerza. ¡Hagamos olas!

Apéndice de lecturas

Proponemos algunas lecturas/aproximaciones para articular la lectura con la discusión colectiva y el panel de compañerxs que nos acompañarán en este encuentro.

  • Según el Relator Especial sobre la Pobreza Extrema de la ONU, Olivier De Schutter, las medidas adoptadas (por el GCBA) “sugieren un patrón de criminalización” de las personas en situación de calle. Colectivos a los que se pueden sumar los extranjeros, los villeros o “lo peor del conurbano”, entre muchos otros.
  • Las consecuencias de estos dispositivos sobre los cuerpos se sostienen en datos. Según el informe anual del Ministerio Público de la Defensa, en CABA se produjeron 2670 casos de violencia institucional durante 2025, lo que marca un leve aumento con respecto a 2024, cuando los casos habían llegado a 2529. El aumento, además, “confirma la consolidación de niveles elevados, en comparación con los registros de 2023 y 2022″, cuando se habían recabado 1632 casos y 1616, respectivamente. Por lo que las cifras de 2025 marcan un aumento de más de mil casos con respecto a dos años atrás. Si bien la Comuna con mayor cantidad de casos es la Comuna 1, en nuestra Comuna 4 los casos son casi el 11% del total de la Ciudad.
  • Esta lógica punitivista se evidencia no solo en la cantidad de personas, sino en las condiciones de detención. Según el Observatorio de Políticas Penitenciarias y Derechos Humanos del Consejo de la Magistratura de CABA, la cantidad de personas privadas de la libertad en comisarías y alcaldías de la Ciudad aumentó un 148% entre diciembre del 2022 (961) y febrero de 2026 (2384), bajo condiciones de hacinamiento, falta de higiene y motines. El relevamiento del Mapa de la Policía, que llevó adelante visitas regulares a distintos establecimientos, con entrevista a los internos, mostró que no hay camas ni camastros suficientes. En algunos casos, la única superficie disponible para el descanso es una gomaespuma colocada directamente sobre el piso en la que se duerme y se come. En muchos casos deben turnarse para dormir; las condiciones de higiene son insuficientes; la mayoría de los espacios carece de luz natural, por lo que las luces artificiales permanecen encendidas durante todo el día; las celdas de las alcaldías cuentan con letrinas destinadas únicamente a deposiciones líquidas y, para otras necesidades, las personas detenidas deben solicitar salir a baños comunes (traslados que realizan esposadas).

Marcelo Rey

Gracias por la invitación a participar en esta conversación. Vivo en la provincia de Buenos Aires, milité siempre en la provincia de Buenos Aires, trabajo en la provincia de Buenos Aires. Trabajé muchos años en gestiones de seguridad en municipios, en la provincia, con la Policía, en formación policial, en espacios de conducción policial. Así que, de alguna manera, pude vivenciar todas estas experiencias “del otro lado del mostrador”. Como investigador también en Ciencias Sociales de estos problemas, hay tres o cuatro ejes (o un montón más) que surgieron acá que son superinteresantes para poder pensar o reflexionar sobre lo que nos está pasando en esta coyuntura: la inseguridad como problema y eje transversal; por otro lado, el rol del Estado, la idea de Estado presente o Estado ausente; el rol de las policías. Y sumo una cuestión más. Soy peronista, siempre milité y participé en espacios en gestiones de gobierno del peronismo; entonces, a mí también me preocupa mucho qué hacemos nosotros, es decir, los espacios de los gobiernos progresistas, peronistas, los que decimos representar al campo nacional, popular, etc., con este problema que es la inseguridad.

No me asombra –y supongo que a ninguno de nosotros– qué hace la derecha con este problema cuando está en el gobierno. Y cómo la derecha, aprovechando obviamente la conducción de las policías, la conducción del aparato represivo, el sistema punitivo desde el gobierno, hace es lo que hizo siempre: básicamente, utiliza el sistema represivo para el control poblacional, para la gestión de las conflictividades sociales.

Si nos escuchamos acá, los problemas que tenemos son conflictos sociales vinculados al trabajo, a problemas habitacionales. Pensaba en los compañeros y las compañeras que se presentaron como pueblos originarios: el Estado-nación en Argentina se fundó a partir de la penalización de un conflicto social, de la criminalización de uno de los sujetos que participaban en ese conflicto social, que era el conflicto por las tierras. O sea, la conquista autodefinida “la conquista del desierto” fue la criminalización de los pueblos originarios, en la Patagonia y en el noroeste, por la disputa por 40 millones de hectáreas. ¿Y qué se hizo con uno de esos sujetos? Se lo criminalizó, se lo acusó de cometer un delito, de barbarie. A partir de esa criminalización, obviamente, se redistribuyó esa tierra para el lado del patrón, para el lado de la Sociedad Rural, que era la otra parte del conflicto. Es decir, la criminalización de uno de los actores sociales es un hecho histórico en los gobiernos de conservadores, de derecha.

¿Cuál es la característica de este momento histórico en esta historia de persecución? Es que estamos transitando un problema público que no existía antes, hace 30 años: la inseguridad. Ese es un condimento que, en este contexto, nos ayuda a pensar cuáles son las características particulares de ese tipo de persecución, de ese Estado policial, represivo. La inseguridad como problema público es producto del neoliberalismo como transformación del Estado. Como dijo el Indio, “el Estado tiene que ser social antes que penal”. Esa frase sintetiza un poco esta conexión entre inseguridad y neoliberalismo. El neoliberalismo como forma de gobierno, como proyecto social, político, económico, tiene que ver con el abandono del Estado y la segregación de segmentos de la población que se quedan sin laburo, que quedan por afuera del sistema público de prevención y de contención. Obviamente, en ese contexto neoliberal, también han subido los índices de delito: por ejemplo, durante la década del noventa. La respuesta que los Estados vienen dando a ese producto del neoliberalismo es represión. En los últimos 30 años, en la Argentina han crecido las áreas de seguridad de una manera exponencial: ahí está la transformación de un Estado social a un Estado penal.

Ahora, esto no es solo producto de gobiernos de derecha. Nos ha pasado a los gobiernos progresistas, peronistas, que no hemos sabido qué hacer con este problema que se llama inseguridad y lo que hemos hecho es copiar. No somos los mismos, pero somos parecidos. Hemos copiado, medio sistemáticamente, las recetas de los gobiernos más conservadores y de derecha. Vengo trabajando mucho en la provincia de Buenos Aires, en los gobiernos locales, los municipios. Hace 30 años, ningún municipio tenía Secretaría de Seguridad; hoy, los 135 municipios tienen Secretaría de Seguridad, del color político que ustedes quieran. Los 135 municipios han creado guardias urbanas que se denominan “policías municipales”, “patrullas municipales”, hay diferentes nombres. Calculen que hay unos 18 o 20 mil integrantes de esas guardias urbanas, que lo que hacen es incrementar el poder punitivo del Estado local. Muchas de esas guardias urbanas contratan policías retirados como integrantes de esas fuerzas. Hay unas 50 mil cámaras de seguridad. Hace 30 años, no existía un centro de monitoreo; hoy, no hay municipio que no tenga centro de monitoreo. Se entiende cómo se va inflando el sistema punitivo. En el año 2005, la Policía de la provincia de Buenos Aires tenía 25, 50 mil integrantes. Hoy tiene 100 mil, el doble. Y así podemos seguir pensando la forma en que crecieron, por ejemplo, las fiscalías, los tribunales de justicia en el fuero penal, el sistema penal en su conjunto. El crecimiento es exponencial. ¿A qué lleva esto? Que en los últimos 30 años, en la provincia de Buenos Aires pasamos de tener 25 mil a 60 mil detenidos.

Esto es lo que se denomina giro punitivo. Pero, en definitiva, más que al control del delito, nos lleva a un control poblacional, un control de los territorios, un control de las mercancías. Ese crecimiento de la Policía amplia el control de las ilegalidades circundantes en esos territorios. Lo que yo me pregunto es cómo desde las gestiones compañeras alimentamos esa inercia punitiva. A los gobiernos progresistas o peronistas o populares nos pasa con la inseguridad algo parecido a lo que nos pasa a los compañeros varones con lo feminismo: es un tema que nos incomoda tremendamente. No sabemos qué hacer con eso; no sabemos qué hacer con la interpelación. No porque el avance del feminismo sea asimilable al avance de la inseguridad como problema, sino en relación con la capacidad de nuestra respuesta: no sabemos qué hacer con la política de inseguridad, con la demanda de los vecinos. Entonces, hacemos lo mismo.

Tenemos por un lado una práctica discursiva, pero por otra parte una práctica concreta. A los gobiernos compañeros les encanta hablar de “seguridad democrática”, de “derechos humanos”, de “participación comunitaria en seguridad”. Ahora, en la práctica seguimos reproduciendo ese control poblacional que hacen los gobiernos de derecha con el sistema político con las herramientas que tienen. En los gobiernos locales de la provincia, ante, supuestamente, la presión de los vecinos, el reclamo de los vecinos por más seguridad, han incrementado el sistema punitivo, como les contaba recién: crean guardias urbanas porque no tienen la posibilidad de tener policías propias. En la Argentina, los municipios no pueden tener policías propias porque la seguridad es una responsabilidad provincial en términos constitucionales: por eso, cada provincia tiene su propia Policía. Salvo los delitos federales, que las provincias los han delegado a la Nación, y por eso la Nación tiene cuatro policías federales. Pero esa inercia punitiva hace que no solo se creen centros de monitoreo, guardias urbanas, sino que viejas áreas municipales han pasado al área de Seguridad: por ejemplo, las áreas de inspecciones, Defensa Civil. Uno puede ir al municipio y ver móviles de Defensa Civil haciendo seguridad en las puertas de las escuelas, control del delito; lo mismo con el área de Seguridad Vial. Hay muchas más muertes por accidentes viales que por hechos delictivos, la relación es 5 a 1 aproximadamente; en vez de pensar cómo le mejoro la calidad de vida a vecinos y vecinas en torno a su seguridad vial, se usa para hacer control del delito. Por ejemplo, uno puede ver que los operativos de control vehicular se hacen, obviamente, en los barrios pobres, en las entradas y las salidas de esos barrios; supuestamente, para hacer control de motochorros, pero lo que se hace es controlar poblaciones de los márgenes que no tienen los papeles en regla y se terminan secuestrando 50 motos de personas que no tenían los papeles en regla. El problema es otro, no tiene que ver con el delito. Pero fíjense cómo, en definitiva, las áreas de Seguridad de los municipios, de la provincia y de otros niveles de Estado están sirviendo como parche para poder abordar un problema que el Estado abandonó, básicamente a partir del neoliberalismo, y que, a pesar de que hemos vuelto al Estado y a espacios de gobierno en diferentes períodos, no hemos podido remediar, no hemos podido volver a reconstruir. Sigo pensando qué hacemos, me interpelo acerca de nuestras propias experiencias de gobierno y dejo para retomar un montón de hilos que se fueron discutiendo sobre el rol del Estado, los jóvenes.


Alejo Fraile

El Mapa de la Policía surge en 2022, es una propuesta que lleva la revista Crisis, el equipo de investigación política de la revista, a Ofelia Fernández, junto al CELS. Se arma en un momento donde el Gobierno de la Ciudad tenía mayoría absoluta en la Legislatura: no se podía hacer nada porque se autovotaban las leyes, era como una inmobiliaria interna y estábamos perdiendo el tiempo. Entonces, salió esta idea de cómo aprovechar los recursos que había o cómo hacer algo más allá de ocupar ese espacio. Entonces surge el Mapa de la Policía, pero como una iniciativa de la sociedad civil. Si bien estaba el despacho de Ofelia Fernández, ahora el de Vicky Freire, la mayoría de las personas que participan del espacio son de la sociedad civil.

También esta cuestión a la que veníamos acostumbradas y acostumbrados, este reclamo que aparece acá sobre el Estado ausente, que no hace nada; veníamos de un Estado que se había hecho cargo de las problemáticas y estaba la sociedad civil, obviamente acompañada y gestionada desde la militancia, pero había un vínculo. Ahora es evidente este abandono del Estado: porque, si bien es represiva, la asistencia del Estado en los barrios se fue, se fueron Prefectura, Gendarmería. El operativo Tormenta Negra es un día que van a todos los barrios en el mismo momento, es más una intervención que una presencia. Entonces, la pregunta que da origen al Mapa y la razón de ser del Mapa es ¿qué podemos hacer desde la sociedad civil? O sea ¿qué podemos hacer nosotros efectivamente sobre esta problemática y no esperar a que venga el Estado a resolverla?

Lo primero que hicimos fue mapear, y diferenciamos los casos de gatillo fácil de los de violencia policial. Porque se nota mucho la diferencia de casos de gatillo fácil si los ves en el mapa: Palermo y Recoleta eran los únicos barrios que no tenían (ahora Palermo sí tiene uno). Estaba bastante claro el valor de la vida de un ciudadano o una ciudadana de la Comuna 8 o de la Comuna 4 y uno de la zona norte. Los datos de violencia policial que teníamos se diferencian de los casos de gatillo fácil porque estos últimos son ineludibles en la estadística, mientras que los de violencia nos llegan por denuncias o relevamientos que hacemos en los medios. Los casos de violencia policial están ubicados en las zonas céntricas, zonas de Congreso o Plaza de Mayo con el tema de las represiones; no nos aparecían los casos de denuncia en el sur, porque no conocen la herramienta o también les da miedo denunciar. Hay una clara división entre estos dos tipos de casos. Al principio trabajamos mucho con estos casos. Está supercerca del surgimiento del Mapa el caso de Lucas González. Trabajamos el tema de situación de calle, trabajadoras sexuales y todos estos casos eran bastante efectivos; porque, si bien obviamente una persona que sufre violencia por parte de la Policía en situación de calle no va a denunciar, sí aparece fuerte el rol del testigo: como tengo el celular, puedo hacer algo. Quizás antes filmaba, pero ¿qué hacías con eso? Es tratar de poder sistematizar ese activo y que nos lleguen las denuncias. A raíz de esto, una señora en un Cabify filma una situación así, nos manda uno de los primeros casos del Mapa y lo viralizamos: terminan corriendo al efectivo de la fuerza de seguridad. Estos primeros aciertos ya marcaban como una cuestión que la ciudadanía se puede organizar y puede hacer algo que tenga un sentido.

Con el cambio de gobierno, se fue todo medio del pasto –ya lo sabemos– y aumentó mucho la represión en la protesta. Ahí empezamos a hacer más monitoreos y empezamos con el laburo de recolectar las fotos y los videos que tenían los compañeros y las compañeras fotoperiodistas de los medios para tratar de identificar a los autores materiales de hechos como el de Pablo Grillo, el caso más emblemático del Mapa, que el año pasado escaló bastante. También, la sociedad civil haciendo algo que le corresponde, en este caso, no al gobierno, sino a la Justicia; en dos, tres días, aportando pruebas que les correspondía a ellos. Pero eso no nos limita a nosotros o a nosotras a ejecutar y a cumplir los roles que les corresponde al Estado pero que sabemos que no lo van a hacer. Después de este periodo, la movilización bajó bastante. El año pasado hubo dos casos de gatillo fácil muy fuertes, una en la Villa y otro en Consti, y nos dimos cuenta de que era hora de volver a poner en foco lo que pasaba en los barrios, como era la idea de origen. Este año nos pasa lo mismo que ustedes: notamos estas cuestiones que son claves, el tema de los trabajadores ambulantes, el tema de los desalojos, el tema de las cárceles y el tema de los barrios. Voy a hablar un poquito de cada uno de los temas, de las iniciativas que tuvimos para tirar ideas y poner algo más creativo sobre la mesa.

Con respecto a los trabajadores de la vía pública, los manteros, es un tema que viene hace largo rato, ya sabemos los desalojos que hubo el año pasado en todos los parques, en Liniers, en Flores, en Avellaneda. El Mapa de la Policía tiene una presencia muy fuerte en las redes porque venimos del primer impulso de Ofelia, es nuestro territorio más fuerte; pero, cuando hacíamos publicaciones con el tema manteros, a la gente no les interesaba o el algoritmo no lo quería. Insistimos y no había chance. La solución no fue renunciar, sino tratar de buscar una estrategia. Lo que empezamos a hacer desde el año pasado fue guardias jurídicas: abogadas y abogados del MTE, gente de la organización, gente del Mapa de la Policía que nos turnamos para ir los sábados a Avellaneda a acompañar a los compañeros senegaleses, porque además que les pegaban, los hacían bosta, les robaban la mercadería sin ningún papel. La denuncia nos llegaba sistemáticamente, pero no teníamos las pruebas, entonces empezamos a hacer estas guardias. Al principio medio heavy, pero insistimos y empezó a pasar que la Policía no quería quedar escrachada. Se empezaron a dar ciertos vínculos, podíamos entender la problemática. Ellos también te dicen que es su trabajo, trabajan por comisión o por premios, como los del CMU. Los del CMU cada cinco personas que denuncian tienen el premio de un franco: entonces, también trabajan produciendo denuncias. Lo que pasó fue que uno de los fotorreporteros que lográbamos que en vez de ir a la marcha vayan a buscar esta cuestión, logró filmar un momento donde dos policías de civil que se hacen pasar por vendedoras, les sacan la mercancía. Se logra filmar esto, se denuncia y se viraliza. Se logró los últimos tres fines de semana un impasse entre la Policía y los vendedores senegaleses, y los dejan vender. De hecho, se están empezando a sumar otros vendedores, porque ven que funciona, se empieza a armar como una comunidad.

Esto es la sociedad civil organizándose, pensando una idea creativa, no rindiéndose, teniendo una idea clara. Porque también es esto que nos pasa en el Mapa de la Policía: la indignación, la parálisis, con ese discurso tan potente que tienen ellos con “la ley y el orden”. Cuando empieza toda la represión, nosotros lo que hacíamos era mostrar cómo reprimían: y estábamos siendo funcionales. La reacción automática de la indignación sobre lo que hacen es publicidad gratis para ellos. Entonces, nuestra estrategia fue no responder en el momento, ver en profundidad qué se está diciendo. Por ejemplo, cuando sacaron ese “FBI argentino” que se venía, daba miedo y al final era todo mentira, era un chamuyo terrible. Cómo desarticular también las operaciones, no caer en las trampas y tener una línea, una agenda propia: porque, si no, es una cuestión de estar respondiendo y no plantear cuál es nuestra agenda de seguridad; si no, solo es responder que no queremos lo otro. Es una forma de agenciarnos, de poner lo que nosotros queremos decir sobre la mesa.

Otro tema es la “limpieza” y las personas en situación de calle. Hace un tiempo, firmamos un convenio con el Comité Nacional de Prevención contra la Tortura que nos habilita a ir a los lugares de detención y a las comisarias, a hacer monitoreos y entrevistas a los policías y a los presos en las comisarías. La mayoría de las personas que están en las comisarías son gente que están en situación de calle y que los levantaron, que robaron una pelotudez y están ahí. Con esto de “la ley y el orden”, también trayendo el tema de los desalojos y de los barrios. No es real: no hay ley y no hay orden. Hay tres manifestantes y cortan todas las calles, los vendedores no pueden vender y es un caos en el centro de la ciudad. Los desalojos son todos bajo una amenaza de riesgo de derrumbe, firmados todos por un solo arquitecto, que quién es para decidir sobre todos. Ahora, se logra una medida cautelar, porque efectivamente no están haciendo las cosas de manera legal: el protocolo antipiquete de Bullrich, que está denunciado por ser inconstitucional; los desalojos, que hacen de manera irregular; a los manteros los sacan robándoles la mercadería con policía de civil, ¿dónde está la ley? No hay ley, hay una mafia y hay un negocio que todo lo traduce en relación a eso.

Pensar bien el discurso que tenemos a la hora de generar discusiones, de generar criterios propios, pensar qué queremos decir es también salir del sesgo que tenemos como militantes. Una de las primeras cosas que nos pasan cuando se creó el Mapa era ir a los barrios para tratar de entender la problemática, con una premisa previa: que nos iban a decir que la Policía los hacía cagar, la violencia policial que sufren, que los odian y el relato es que no pueden salir a la calle, que los roban, que es zona liberada. La gente de los barrios que se nos acercan nos dicen que tienen videos de la Policía cagando a tiros a los pibitos que están vendiendo; pero después, cuando van a decirle que el narco está ahí, lo cuidan. Hay una organización entre la Policía y el narco que termina produciendo inseguridad en los vecinos y vecinas que después están de acuerdo con el operativo Tormenta Negra.

Entonces, tratar de entender eso y ver qué estrategias creativas de la sociedad civil aparecen, también para tener una esperanza, porque, si no, ya fue. Nos contaba un compañero que hay una canchita de fútbol que estaba ocupada por el narco y la Policía no daba solución, el gobierno no daba solución; entonces lo que hicieron fue poner linda la canchita, empezar a armar como torneítos y que se empiece a ocupar ese espacio por otras personas que no sean el narco. El narco de a poco se fue poniendo, porque no le convenía estar en un lugar tan visible. Entonces, quizás no esperar que el Estado tenga la respuesta, sino tener ideas claras o estrategias creativas, sostenerlas en el tiempo y trabajar sobre algo pequeño, avanzar y no rendirse.


Matías Castro

Gracias por la invitación. Recién se hizo previamente una caracterización bastante interesante y muy lujosa de los diferentes focos de conflicto que hay en la Ciudad de Buenos Aires. Ale les contaba de qué viene el Mapa de la Policía, el trabajo que hace y el monitoreo de una enorme cantidad de circunstancias que tienen que ver con la disputa del espacio público. “La ciudad más linda del mundo” necesita un tipo de espacio público que a los ojos del mercado inmobiliario sea rentable.

Pensar que las fuerzas de seguridad reprimen porque son malas o porque el gobierno es de ultraderecha y tiene un sesgo fascista es una parte de la película; pero es muy importante señalar que el Gobierno de la Ciudad tiene hace mucho tiempo –va camino a cumplir 20 años– un interés muy fuerte en vender suelo de la Ciudad de Buenos Aires. Para que el espacio público tenga un valor importante tiene que estar, a los ojos del mercado inmobiliario y del Gobierno de la Ciudad, en sus términos, “limpio e higienizado”. Para ellos, eso es sin personas, sin feriantes, sin manteros, sin trabajadores sexuales, sin personas en situación de calle y liberado. ¿Vieron los carteles? Una de las características de esta cuestión de la ciudad de Buenos Aires de Jorge Macri es la explicitación. Hay un fascismo desinhibido. Los carteles que muestran el “antes” y el “después” tienen que ver con laburantes de la economía popular (que no tienen que tener un espacio para estar) y que, ahora sí, han recuperado la ciudad para el vecino. Abraham, un compañero del medio La voz del Bajo del Bajo Flores, a quien invitamos a la Tribu donde nos juntamos a discutir un poco estas cosas, tenía esta reflexión. Él estuvo durante el operativo Tormenta Negra y pensaba en la narrativa de Gobierno de la Ciudad: “Hemos recuperado Chacarita para los vecinos”. Evidentemente el feriante, el mantero no es vecino. Él hablaba de cuerpos indeseables: hay cuerpos que son indeseables para el modelo de ciudad que tiene contenido estas políticas de seguridad.

Eso como marco general. Hay un documento que venían circulado de parte de ustedes, donde mencionaban una nota del Mapa, pero venía con una caracterización muy clara, así que no estoy contando nada nuevo; pero me interesaba señalarlo, porque es el patrón que explica muchas de las acciones dispersas que estamos narrando acá vinculadas al espacio público. La necesidad de tener un espacio para funcionar, de tener que alquilar una cochera o un espacio de música, deporte o una unidad básica: estamos disputando metro cuadrado a metro cuadrado de la Ciudad y, evidentemente, hay minorías y cuerpos que no están en el plan de desarrollo de Buenos Aires.

Sobre los desalojos que contaba Ale, que hizo como un barrido general, me parece importante detenernos. Nosotros estamos siguiendo un caso que está casualmente a 50 metros de donde está presa Cristina en San José 1111. Esto es en San José y Humberto Primo, y tuvimos acceso a una de estas actas que el arquitecto hace cuando visita la obra. Hay una cautelar que está vigente que detiene el desalojo que llaman “desalojo administrativo”: un arquitecto entra y dice “veo algunas fisuras en la losa”, como dice el informe de esta casa de Humberto Primo al 1400, “hay algunas raíces incrustadas en la pared, lo que podría generar alguna fisura, no hay rastro de que hubo mantenimiento en el último tiempo”, firma y a partir de ahí hay un mes donde la Policía puede venir, con el solo respaldo de este informe de un técnico que le puso la firma, para desalojar. En ese caso, eran cuatro familias. Eso por suerte tuvo una cautelar y una de las cosas que expresó el Poder Judicial es que estaba infundado lo que estaba pasando, que hacía falta hacer un informe bastante más consistente de la posibilidad de derrumbe, había que atender a quienes iban a estar desalojados de urgencia.

Pero en cada uno de estos casos hay compañeros que estaban como ocurre con lo que está pasando puntualmente con los ambulantes en Flores detrás del colectivo de senegaleses, que están muy firmes y no se quieren mover. Se está generando una situación de tensión fuerte. Como el video que mostramos el otro día, la irregularidad para quitarles las cosas y que vendan es total. Es una persona sin uniforme, que le saca los buzos, se va corriendo, lo que a los ojos de cualquier persona es un robo, y que después la encontrás junto con los policías del Gobierno de la Ciudad hablando con ellos y con los buzos en la mano. La capacidad que nosotros tengamos de poder revelar lo que en realidad estos operativos tienen detrás se hace con un trabajo riguroso y sobre todo de investigación. Lo que hizo el Mapa no es nada espectacular, incluso con lo que ocurrió con Pablo Grillo: es un laburo en donde la comunidad, con los saberes que la comunidad tiene, con los saberes específicos que la comunidad tiene, con las herramientas que ahora tenemos, con los aparatos y los dispositivos que tenemos encima y tratando de enredarnos con personas con saberes específicos, podemos generar un material suficientemente riguroso como ocurrió en aquella jornada, para revelar que lo que está pasando es de una irregularidad total. Tenemos que tener los espacios para poder denunciar eso, al tiempo que construimos herramientas para detenerlo.

Porque lo que ocurre en Flores en este momento es compañeros y compañeras tratando en el momento de materiales de venta ambulante, frenarlo al tiempo que se hace el registro. Lo que ocurrió con el disparo contra Pablo Grillo también reunió una enorme cantidad de registros que se sincronizaron y pudieron construir un material audiovisual lo suficientemente riguroso como para que en medios de comunicación genere un tipo de verdad y que el Poder Judicial diga que tenía la suficiente consistencia como para que sea parte de un proceso judicial y hoy el gendarme Guerrero esté procesado. Digo, hay una eficacia posible que hay que construir que, lamentablemente, no puede dar respuesta a la enorme cantidad de demandas que se caracterizaron acá y que nos dejan esa sensación de impotencia. Pero creo que en la organización y en la investigación puede haber una respuesta.

Por último, el Mapa trata de monitorear a la fuerza de seguridad con lo que ocurre en el espacio público, estén o no en situación de manifestaciones, y los casos que ocurren en diferentes lugares del barrio, sobre todo en las Comunas 4 y 8, para nosotros son especialmente relevantes.


Victoria Montenegro

Buen día compañeros, compañeras, gracias. Gracias a los compañeros por generar este encuentro. Gracias por venirse, porque la verdad que estamos todos con un millón de cosas y se hace difícil. Cada vez se hace más difícil sostener este estos ámbitos. Escuchaba al compañero y pensaba que estamos en medio de un tiempo bien complejo, en una realidad que se construye o que se intenta comunicar desde las redes y después está la disputa nuestra del encuentro que, en definitiva, es lo que nos permite conocernos y pensarlo desde un lugar distinto.

Soy vecina de Lugano, así que de violencia institucional sabemos. Pensaba en el Kiki, al que lo mató la Policía, lo grabó mientras se desangraba, y en la cantidad de pibes asesinados, tendales. Además, una definición en un tiempo político que no es solo de la Ciudad, pero tenemos la particularidad de que somos la ciudad capital y la vidriera de una política que viene creciendo en toda América Latina y en el mundo. Hoy no podemos pensar en intentar desarmar esto, nuestras particularidades –pensaba en Soldati y cómo cambió de ser un barrio de cinco cuadras–, si no pensamos primero cómo va el mundo y la gran disputa entre el bien y el mal, entre quienes entienden que hay millones de personas que se tienen que morir prontamente y quienes disputamos para poder vivir. Esa es la discusión hoy de la humanidad: estamos acá y en el tiempo real, si se fijan, va a aparecer alguna publicación de Gaza donde van a escuchar los aullidos de los niños que mueren ahora. Y los dueños de las redes nos comparten para replicar la muerte, porque hay una definición, como hace 50 años, de que hay personas que merecen vivir y personas que no. Pero estamos en este lugar donde 50 años después se sigue manteniendo la memoria de los compañeros, por lo tanto, los brazos no los vamos a bajar nunca, eso está clarísimo, porque somos militantes. Hay una realidad: es un tiempo muy particular, donde hay un cambio de paradigma. Eso me parece que tenemos que poder repensar.

También en materia de seguridad, porque, como vecina del sur, se da una discusión. ¿El Estado está presente? Sí, porque el recurso del Estado es el mismo o es mayor. Nuestra ciudad es particularmente muy rica, no tiene un problema de recursos, tiene una clara definición. Alguna vez fue progresista con Ibarra, después hubo una tragedia, se volanteó y acá estamos, 20 años de la derecha. Durante el tiempo del gobierno nuestro a nivel nacional había un freno: entonces, sí, pero no tanto; hacían, pero hasta ahí; no tenían su propia fuerza policial. Hasta que asume Macri en la Ciudad: que se agarran de la ley y de la trampa, porque es la ley más progresista en perspectiva de derechos humanos. Primero crean la Metropolitana y después la Policía de la Ciudad. Con una lógica que es la misma desde el principio, solo que hoy está potenciada con la luz verde nacional que incentiva, en el marco de una América Latina de crecimiento de las ultraderechas que ya tienen totalmente habilitada la política de deshumanización absoluta. Y, obvio, aplica principalmente a los trabajadores ambulantes, a las personas migrantes, a las personas con discapacidad, a los jubilados, a los hinchas de fútbol: el enemigo interno de hace 50 años cambió y somos todos nosotros. El militante que trata de vender y organizarse en el barrio, que quiere juntar pibes, porque hay una definición política de destruir, como planteaba la compañera, de terminar de pulverizar el tejido social. Hay una definición y está clarísima: hay que pulverizar todo ámbito de organización; porque si pensamos juntos y juntas, tenemos diferencias; pero, en el fondo, queremos lo mismo. Queremos que la familia pueda comer en su casa, queremos que los clubes estén fortalecidos, que los docentes puedan enseñar y no hagan de psicólogo, de trabajador social. Queremos que los pibes no se nos maten o se quieran matar a los 8 años.

Realmente estamos atravesando un tiempo de mucha complejidad, que nos obliga, como planteaba el compañero, también a repensar la seguridad. Todos combatimos, somos todos militantes, cada uno tiene la particularidad, la radiografía de su territorio, avanza. El compañero hablaba de Flores, de los senegaleses: hace unos años, la Ciudad de Buenos Aires fue condenada por un organismo internacional porque durante un tiempo a los senegaleses en la comisaría les quemaron los dedos con la plancha, me acuerdo el caso más gráfico de un pibe que vino a la Legislatura con los dedos pelados. Y no pasó nada. La violencia institucional tristemente se queda, se encierra. Nosotros denunciamos por las compañeras trabajadoras sexuales de Constitución a un policía por violencia sexual, donde comprobamos el abuso de cinco mujeres: abuso sexual con uniforme policial y un montón de detalles tremendos. Y al policía lo ascendieron. Es el comisario Gigena, jefe de todos los operativos, que los encabeza como un perro rabioso mordiendo a la gente, es el que acaban de ascender. Toda una definición política, pero que tiene un gran actor, que es el gran desafío como militantes de cara al futuro: la jJusticia. Porque frente a toda la impunidad de las órdenes de desalojo, de cómo la Policía se roba las cosas y después las vende o se los ve con la misma camiseta puesta, la cuestión es la Justicia. Políticamente tenemos un problema en ese sentido. Construimos determinadas prácticas políticas de alianzas que no están funcionando a los fines de este presente que nos atraviesa, con una compañera como Cristina proscripta y presa, con la persecución salvaje a todo el movimiento social y, ya hoy, con la avanzada directa contra la ciudadanía en su conjunto.

En este tiempo estamos en plena disputa por un cambio profundo de un nuevo paradigma, un nuevo sentido común. ¿Y cuál es el anhelo? Tenemos que interpretar políticamente este tiempo, porque, siempre, el peligro nuestro, de la militancia, es quedarnos en nuestra cotidianidad. Que por supuesto es importante, porque es la que sostiene ese rincón del territorio que es fundamental; pero perder de vista cuál es la gran discusión nos está cerrando en este rincón y no nos permite encontrarnos con el resto de los compañeros y compañeras con quienes nos mueve lo mismo. Pareciera que no podemos terminar nosotros de identificar qué es lo que está pasando. Creo, como militante de los derechos humanos, que estamos frente a un peligro real de retroceder y de perder mucho más. Si uno se fija en Trump, en Bolsonaro, nosotros que decíamos que lo logró el marketing latinoamericano, que no pasaba nada, que era todo circo. No: hay un diseño, hay un algoritmo, hay una herramienta que controla y hace que las personas cada vez pensemos menos, seamos menos inteligentes que hace 30 años. Y los pibes tienen menos capacidad de resolver problemas reales. Porque hay una construcción desde la virtualidad que parece una realidad; es, sí, cierta realidad. Después hay otra realidad y resolver problemas concretos de la vida. Nos están pasando cosas muy graves. Y en este tiempo también hay un riesgo de destruir todo lo que genere claridad con respecto a una salida, que puede ser pronta si nos organizamos.

Y ahí vuelvo a la historia nuestra: si hoy tenemos memoria sobre compañeros de los cuales no tenemos ni cuerpos para recordar, es porque salieron a luchar personas donde no había ninguna posibilidad de nada. Todo terror, militares por todos lados, desaparición y las Madres salieron a luchar. Las Madres se nos están yendo, se nos murió Tati, nos quedan dos madres, dos abuelas. ¿Cómo defendemos el sentido de lucha en su expresión más concreta y palpable y humana, en tiempo de tanta deshumanización? Porque todo: la seguridad, la política social, la salud mental. ¿Cómo pensamos nuestra ciudad de cara al futuro? ¿Qué pasa con nuestros abuelos mayores? ¿Qué pasa con las infancias? ¿Qué pasa con las violencias, con todas las violencias que hoy nos atraviesan? Todas esas discusiones las vamos a poder transformar si cambiamos el rumbo de la Ciudad y de la Argentina. Y eso es una urgencia. Es una urgencia porque esta monstruosidad puede ser todavía más tremenda y en un tiempo en el que las máximas referencias ya no están. Entonces, hay que volver a construir un sentido de unidad y de compromiso militante, de poder pensarse con el otro, con la otra, desde la humildad, desde los aportes que cada uno de nosotros puede hacer, identificando que al frente hay un tsunami que viene a cargarse con todo. De hecho, es importantísimo que estemos todavía, porque para esta altura de este tiempo esto no debería existir: deberíamos indignarnos por redes sociales y poner “me gusta”, “no me gusta”, ni siquiera mirar. Porque en breve va a venir eso: necesito a veces no mirar, porque es demasiado. Y esta como pulsión nuestra de encontrarnos y visitarnos: esto de un docente que colabora con los compañeros que colaboran con los otros compañeros, que después se organizan con los compañeros y que después defienden otras cosas. Esas redes nuestras son las que nos salvan. Lo que hicieron los compañeros: organizarse, meter todas las cámaras juntas, pensar de dónde mierda salió la bala. Porque esta Justicia no va a hacer nada, al menos ahora.

Organicémonos para conquistar, para conquistar la cabeza y los corazones de la gente. La gente no es mala gente, no es que los vecinos son nazis; la mayoría quiere vivir, no entiende nada de lo que está pasando y necesita que la angustia no termine de romperla en mil pedazos. Pero nos pasa a nosotros. Después una vuelve y dice “no, pará”. Como hacía Tati. Yo a veces la llamaba y decía “estoy cansada” y ella te decía que estaba yendo a tal lugar. Entonces, una decía “perdón, Tati, por estar cansada”. La vieja estaba a las 8 de la mañana acá, a las 10 allá, y a las 7 me voy con un encuentro con los compañeros y vos decís, 50 años de lucha con 95 años y la vieja hasta el último día le mandó mensaje a los compañeros estaban presos en Libia, a los dos compañeros que liberaron la semana pasada. Uno de los de las últimas preocupaciones de Tati era saber qué pasaba con esos compañeros, que les acerquen nuestra preocupación, que les digan que acá estamos luchando. Bueno, Tati no está más. Y nos toca a todos nosotros tener esa claridad de que en el mundo se está disputando el sentido mismo de la humanidad, y que nosotros frente a eso tenemos un montón de cosas para aportar. Desde las experiencias de gestión, desde la militancia territorial, desde la fe. En lo que cada uno crea, nos tiene que servir de anticuerpo para este tiempo monstruoso.

Entonces, quiero agradecer mucho en serio, porque hace mucho frío, porque estamos cansados, porque todo está difícil. Encontrarnos es importante y pensar la Comuna 4, la 8, el sur, que tiene una historia tremenda pero también de mucha dignidad. Nosotros lo que tenemos es mucha dignidad, tenemos una gran capacidad de generar cosas. En Soldati el peronismo gana siempre. Hay una conciencia de pueblo atravesado por todo. A Soldati le sacaron la Comisaría del medio del barrio para crear la Villa Olímpica. La Villa Olímpica tiene tres comisarías alrededor: la vieja 36 y las dos comisarías, y dejaron el barrio de Soldati sin comisaría. Después tiene el Metrobús y el Parque de la Ciudad. Entonces, la Policía, que debería, si vos ves el mapa –y ahí pienso en la gestión, que no sé si son estúpidos o hijos de puta o las dos cosas juntas–, estar en cuatro o cinco minutos en el barrio, como tiene el Parque que no se puede transitar y el Metrobús, tarda quince minutos. Y terminan sancionando a los policías. Pero hay un sentido: que en Soldati se maten todos entre ellos y vamos a poner las comisarias donde va la gente bien, un edificio muy bonito, precioso.

Hay particularidades que se dan y de las que uno tiene que aprender. Cuando fui legisladora, trabajé un montón con las mujeres policías: la pasan muy mal las pibas. Les dan un chaleco, las tienen horas, fijensé cuando vayan al barrio, las ponen en los peores lugares. Le meten los chalecos, la mayoría son madres, muy jovencitas, y les genera mastitis, tienen que estar con fiebre abajo del chaleco. Hay un desafío, porque el problema de la Policía es el control político de la fuerza. La Gendarmería, que le rompe la cabeza a los abuelos, daba chocolatada con nosotros. Es el mismo gendarme. El control político dice “usted va y rompe la cabeza, usted va y entrega la chocolatada”. Tenemos que mejorar nuestras herramientas de control, tenemos que repensar la seguridad desde un lugar serio. La seguridad es cosa seria, y tiene que haber tecnología, formación y conciencia clara de que hoy en la Argentina, en Florencio Varela tenemos la cárcel más grande de Latinoamérica. Ese es nuestro problema. 50 años de dictadura cívico-militar, tenemos la cárcel más grande de Latinoamérica. Miren si perdimos más que 30 mil compañeros. Porque el sentido de la vida de esas 30 mil personas era la justicia social. Y hoy tenemos la cárcel más grande de Latinoamérica. En cada discusión que tengamos del barrio, de la Policía, de la seguridad, de los manteros, tenemos que dimensionar cuál es la gran disputa.

La Argentina y nosotros lo hicimos hace 50 años y lo vamos a poder volver a hacer. Cualquier camino es nuevo frente a un escenario de desolación. Porque lo que transitamos hasta ahora no aplica para este tiempo: a este tiempo político de la humanidad no aplica, no sirve. Pero sí nos sirve a nosotros para que sea la base de lo que queremos construir de la humanidad. Cuando estamos todos juntos, me parece que es eso: pensar en el desafío a la juventud: ¿qué les pasa en esta definición, la necesidad de comunicar, de construir empatía aún en algo tan frío como las redes? ¿Qué nos pasa a los que transitamos otra realidad y cómo nos juntamos con eso? Y cómo nos cuidamos entre todos. Y encontrarse es parte de eso. Gracias, compañeros. Y a los compañeros y compañeras que se acercaron, gracias.