Las victorias de la derecha en Perú y Colombia colocan a Brasil en el centro de la disputa por el futuro del Mercosur, los BRICS y la integración sudamericana.

Perú y Colombia cambiaron de signo político por apenas unos miles de votos. Dos elecciones definidas al filo, atravesadas por una fuerte polarización social, que trascienden sus fronteras y reconfiguran el equilibrio de poder en Sudamérica. La atención regional se traslada ahora a Brasil, donde Luiz Inácio Lula da Silva buscará en octubre evitar que el principal país del continente complete el giro ultraconservador que atraviesa a la región.

En Perú, tras un lento escrutinio, Keiko Fujimori logró finalmente llegar a la Presidencia luego de cuatro intentos. La hija del exmandatario Alberto Fujimori consiguió romper el techo político que durante años representó un apellido asociado al quiebre del orden democrático y a las violaciones sistemáticas de los derechos humanos cometidas durante el régimen instaurado entre 1990 y 2000, fecha que marca la huida de Fujimori a Japón, desde donde renunció a la presidencia vía fax.

La diferencia con Roberto Sánchez, representante de los sectores históricamente excluidos y exministro del gobierno de Pedro Castillo, fue de apenas el 0,27 %, equivalente a 49.641 votos. Resultó decisivo el voto en el exterior, donde Fujimori obtuvo el 63,2 % de los sufragios y una ventaja superior a los 81.000 votos.

La futura presidenta será la novena persona en ocupar el cargo en apenas una década, reflejo de una crisis institucional permanente marcada por vacancias presidenciales, renuncias y causas de corrupción que mantienen a cuatro expresidentes encarcelados.

También Colombia protagonizó la segunda vuelta más ajustada de su historia. El abogado y empresario Abelardo de la Espriella, sin experiencia en cargos electivos, defensor de paramilitares y con un discurso de seguridad inspirado en el modelo del presidente salvadoreño Nayib Bukele, se impuso por apenas 0,9 % –algo más de 250.000 votos– sobre el senador Iván Cepeda, histórico defensor de los derechos humanos e hijo de un dirigente asesinado por agentes estatales y paramilitares en la década de 1990.

El resultado sorprendió, porque se produjo después del primer gobierno de izquierda en la historia republicana colombiana. A pesar de indicadores positivos en materia de reducción de la pobreza, el desempleo y la desigualdad, el oficialismo quedó enmarañado en la intensa polarización política que atravesó la campaña y que se terminó de consolidar en las últimas tres semanas previas a la primera vuelta, cuando todas las encuestas auguraban la victoria de Cepeda y del Pacto Histórico. De la Espriella, como ya lo hicieron otros gobiernos latinoamericanos de derecha, promete redireccionar su política exterior hacia el norte.

El verdadero impacto de las elecciones de Perú y Colombia, sin embargo, se mide en Brasil. Allí, Lula buscará renovar su mandato frente a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, quien permanece inhabilitado para ejercer cargos públicos tras su responsabilidad en el intento de golpe de Estado para desconocer el triunfo electoral de Lula en 2022 y los posteriores ataques a las instituciones brasileñas, un episodio calcado al asalto al Capitolio estadounidense impulsado por Donald Trump en enero de 2021.

Al igual que ocurrió con Gustavo Petro en Colombia, la evaluación del gobierno de Lula muestra avances en materia económica y social. Sin embargo, la radicalización regional parece jugar en sentido contrario: hacia una derecha recalcitrante y autoritaria. Después de la pandemia de COVID-19, los oficialismos encuentran crecientes dificultades para retener el poder y los ciclos políticos se acortan. La alternancia se convirtió en una constante y los electorados parecen adoptar el lema “vamos probando” por sobre las identidades o posiciones ideológicas. Chile ofrece un ejemplo elocuente: en apenas dos décadas alternó gobiernos de Michelle Bachelet, Sebastián Piñera, Gabriel Boric y ahora José Antonio Kast.

Brasil no parece escapar a esa lógica. Las encuestas muestran una sociedad profundamente polarizada y una disputa abierta entre dos proyectos antagónicos de país. Pero, por el peso específico de Brasil, la elección trasciende ampliamente las fronteras nacionales.

La señal más elocuente del rumbo que propone la oposición apareció esta semana. En una carta dirigida al secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, Flávio Bolsonaro agradeció el respaldo recibido durante una visita a Washington, solicitó revisar los aranceles aplicados a productos brasileños y adelantó que, si llega a la Presidencia, pondrá a disposición de las autoridades estadounidenses a su equipo de transición para negociar un amplio acuerdo comercial y de inversiones.

“Escribo, en primer lugar, para darle las gracias por la cordialidad con la que fui recibido durante mi reciente visita a Washington. Nuestra conversación reforzó mi convicción de que la amistad entre nuestras dos naciones se basa en valores compartidos y en una visión común para la seguridad y la prosperidad del hemisferio occidental”, así se arrastraba el candidato bolsonarista ante Washington.

Es de una gravedad obscena que un país extranjero pueda asistir al entremés de equipos políticos en un supuesto recambio presidencial cuando se informa sobre temas tan sensibles como puede ser infraestructura, defensa, obra pública, recursos naturales o política exterior.

Pero es real.

Tamaña genuflexión obtuvo el repudio inmediato y categórico del presidente Lula: “Es inaceptable que la familia Bolsonaro, con su actitud servil, quiera someter a Brasil a los intereses de Estados Unidos, como queda claro en el documento enviado hoy por uno de sus miembros al gobierno estadounidense. Siempre dialogaremos de igual a igual con cualquier nación del mundo. Pedir que el aumento de aranceles contra nuestro país se posponga hasta después de las elecciones es una actitud más propia de traidores a la patria”.

Más allá del debate sobre los alcances institucionales de esa propuesta, el episodio refleja dos concepciones muy diferentes de la inserción internacional de Brasil. Mientras Lula apuesta por fortalecer el Mercosur, los BRICS+ y una política exterior de mayor autonomía, Bolsonaro plantea una subordinación total con Washington.

A pocos meses de las elecciones, las encuestas muestran a Lula nuevamente al frente de la carrera presidencial. Tras varios meses de paridad, los últimos sondeos le otorgan una ventaja cercana a los diez puntos (46,3% a 36,6%) y también lo ubican por delante en una eventual segunda vuelta. En política, sin embargo, octubre todavía parece una eternidad. La encuesta fue publicada el miércoles 1 de julio por AtlasIntel.

Las victorias conservadoras en Perú y Colombia, sumadas a los cambios políticos registrados en otros países de la región y al avance de la extrema derecha en Chile, Bolivia, Argentina y Ecuador, dibujan un nuevo tablero. Si Brasil también modificara su rumbo, el principal socio del Mercosur y la mayor economía latinoamericana pasaría a integrar un bloque de gobiernos sumisos a Washington y menos inclinados a fortalecer espacios de integración regional y de autonomía estratégica.

Por eso, la elección brasileña determinará si Sudamérica conserva capacidad para actuar como un bloque con voz propia en un escenario internacional cada vez más tensionado.

Después de Perú y Colombia, Brasil ya no representa una elección más. Se convirtió en el último dique de un reordenamiento que puede redefinir el rumbo político, económico y estratégico de la región durante la próxima década.