Pese a la persistencia de crisis estructurales y a las miradas pesimistas, en la última década África atraviesa una reconfiguración geopolítica que refuerza el protagonismo de actores locales en un mundo cada vez más multipolar.
Si se repasan los principales procesos desplegados en el continente, una de las primeras miradas debe dirigirse al Sahel. Allí, entre 2020 y 2023, una sucesión de golpes de Estado configuró un “cinturón golpista” que se extiende desde el Mar Rojo hasta el Atlántico. Quizá este cambio sea lo más destacado para pensar una reconversión de alianzas y un reacomodamiento africano en un mundo en transformación vertiginosa. A pesar de los problemas, las crisis humanitarias, la inseguridad o la pobreza, varios gobiernos africanos están renegociando su inserción global frente a las potencias tradicionales y diversificando socios (China, Rusia, Turquía) en una marcada oposición a Occidente y su patronazgo clásico.
Un inédito cinturón golpista y el lugar de Francia
2020, año marcado a fuego por la irrupción de la pandemia global de Covid-19, en África propició pronósticos catastrofistas, una vez más sometiendo al continente al acostumbrado afrooptimismo y los estereotipos negativos. Sin embargo, fueron predicciones erradas. El paso de la enfermedad tuvo poco impacto y las noticias más importantes no fueron sanitarias. El primer golpe se dio en Mali, en agosto de 2020; el último, en Níger, en julio de 2023, generando bastante inestabilidad regional con incluso una amenaza de intervención militar en su contra que al final no se dio.
A resultas de la caída de esos sistemas democráticos, Mali, Burkina Faso y Níger adoptaron una retórica panafricanista y antiimperialista en un proceso novedoso. Las juntas militares golpistas decidieron barrer con la presencia francesa negociando el retiro militar de la exmetrópoli, anulando las licencias de transmisión de emisoras de ese origen y nacionalizando recursos claves, entre otras medidas.
Entre 2023 y 2024 quedó constituida la Alianza de Estados del Sahel como un sistema de defensa conjunta acompañado del retiro de la regional económica de África occidental (Ecowas, por su sigla en inglés), lo que alteró significativamente el equilibrio político regional junto a la difusión de un claro mensaje antioccidental. Otros países africanos fuera de la Alianza (e incluso lejanos), como Senegal, Ghana, Togo, Botswana o Namibia, mostraron afinidad con ella y/o tomaron medidas similares.
Dentro de la nueva Alianza saheliana emergió sobre todo el liderazgo del jefe de la junta burkinabé, Ibrahim Traoré. Sus discursos rememoran el proceder del expresidente Thomas Sankara (1983-1987) y sus palabras apuntan a cuestionar, como sucediera en la década de 1980, la dependencia económica extranjera, la deuda, el vínculo con Francia y el neocolonialismo. Pese a la retirada francesa y un golpe duro a la Françafrique, sin embargo, la moneda regional continúa siendo controlada por esta nación europea en casi quince economías locales. Esto ocurre pese a la promesa de creación de una unidad monetaria común, el Eco, noticia que ya se podía leer a partir de la segunda mitad de la década de 2010, aunque es un proyecto jalonado por obstáculos y demoras. Finalmente, se esperaría su implementación en 2027.
Pero el golpe a París implica también un revés a la hegemonía occidental. Por ejemplo, los Estados Unidos debió retirar una gran base de drones en Níger en 2024. Los golpes militares, según los argumentos explicados, se dieron por la ineficacia de las democracias de resolver acuciantes problemas económicos y la cuestión securitaria, el flagelo del yihadismo, sobre todo en el triángulo de fronteras compartidas entre esos tres países, el eje Liptako-Gourma, constitutivo de la alianza militar antedicha que ha encontrado un nuevo socio en Rusia en detrimento de Francia, además del apoyo turco. El acercamiento ruso a África es un tema fundamental de la geopolítica reciente: la primera cumbre ruso-africana se celebró en 2019.
El ascenso del yihadismo
La degradación de las condiciones de seguridad es un fenómeno amplio. En el caso del Sahel, progresivamente Burkina Faso por dos años consecutivos (2022 y 2023) concentró la mayor cantidad de muertes a nivel global por yihadismo. En definitiva, en los últimos años el Sahel pasó a ser epicentro global del terrorismo, desplazando a Medio Oriente. En un principio desde naciones sin salida al mar, en los últimos años los ataques comenzaron a irradiar a países vecinos con salida marítima al sur que al momento se consideraban seguros, como Togo, Benín y Costa de Marfil.
Pese a las promesas, las nuevas juntas militares impuestas en estos países no han podido proteger a las poblaciones de este flagelo, ni aun combinando fuerzas en reemplazo del desacreditado G5 francés que coordinó a cinco de las naciones sahelianas. En efecto, la junta de Bamako vive momentos difíciles, pues uno de los grupos más poderosos, el Frente de Liberación de Azawad, conformado por secesionistas de extracción étnica tuareg, ha retomado el control del norte maliense, en parte rememorando los momentos en que la situación nacional se complicaba a finales de 2012 a partir de una alianza (efímera) entre ese grupo y el yihadismo.
Otros escenarios han empeorado, como el noreste de Nigeria, de la mano de Boko Haram. A partir de 2015, el grupo amplió operaciones a Camerún y Chad, convirtiendo la cuenca del Lago homónimo en un caldero y en simultáneo a la escisión de la organización bajo un brazo nuevo que declaró la lealtad al Estado Islámico, autodenominándose Estado Islámico en África Occidental (ISWAP, su sigla en inglés), y que ingresó en lucha con el grupo original ante objetivos y tácticas diferentes.
En 2017 nació otro frente yihadista mucho más al sur, en Mozambique, de modo que la provincia norteña de Cabo Delgado lleva casi una década bajo una insurgencia islamista que ha provocado escenas atroces de asesinatos masivos en canchas de fútbol, secuestros (particularmente de menores), más de 6 mil muertes, al menos un millón de personas obligadas a huir del hogar y una campaña de intervención internacional en la que sobresale la participación de una potencia africana en ascenso, Rwanda.
Tampoco en Somalia las cosas han mejorado. Shabab, grupo afiliado a la red Al-Qaeda, pero sin relación con el de Mozambique (este último “sucursal” de Daesh), no retrocede pese a una misión de la Unión Africana en el terreno y un país exhausto que busca recomponer lo que fue el equilibrio antes de la debacle de 1991. Por último, en el noreste congoleño preocupan las correrías de las Fuerzas Democráticas Aliadas (ADF, por su sigla en inglés), otro grupo yihadista, en este caso de origen ugandés, que declaró fidelidad al Estado Islámico convirtiéndose en su provincia de África central desde 2019.
Conflictos y cambios políticos
En materia de conflictividad, los motivos son múltiples, pero en buena medida se entiende al cambio climático como un agravante. África apenas emite el 3% del gas invernadero del planeta, pero es en su territorio donde más repercute el calentamiento global generando el avance de la desertificación, sequías extremas cada vez más frecuentes (alternando en algunos casos con inundaciones), plagas de langostas, desplazamientos masivos y choques intracomunitarios. En particular, el impacto pudo observarse en el Cuerno de África ante la combinación de todos estos factores. Por ejemplo, a agosto de 2022, la OMS contabilizó más de 37 millones de personas con hambre severa y 7 millones de menores de 5 años bajo desnutrición aguda.
En estos últimos años surgieron dos nuevos conflictos: la guerra de Etiopía en Tigray (2020-2022), que pudo haber causado hasta 600 mil víctimas con riesgo de reanudarse, y la tercera guerra civil sudanesa, iniciada en abril de 2023 y que, además de ser un enfrentamiento intracastrense, no es más que la continuidad del genocidio en Darfur pero por otros medios. La caída de la prolongada autocracia de Omar al-Bashir pareció devolver las esperanzas a una población golpeada por tres décadas de una de las dictaduras más férreas de la historia contemporánea, pero esas expectativas se frustraron por las desavenencias al interior del ejército, actor que continúa manejando los resortes del poder. La guerra en Sudán incluso podría desestabilizar a la frágil vecina Sudán del Sur, el país más joven del planeta. Aunque allí la paz formal se alcanzó en 2018, una nueva crisis política desde finales de 2025 profundizó la fractura dentro del gobierno y reavivó la violencia, alimentando temores de un retorno a la guerra civil.
En cuanto a otros escenarios críticos cuasi-eternos, el noreste del Congo no presenta cambios, excepto el muy preocupante ascenso del grupo armado M23 que, a comienzos del año pasado, emprendió una campaña de captura de ciudades importantes en la región ya trastocada hace casi treinta años, incrementando un espiral de violencia casi crónico en una de las zonas más ricas del planeta en cuanto a recursos naturales, sobre todo minerales, y la complicidad de Rwanda con algunos de los actores locales, como el propio M23. Las negociaciones de paz no han surtido efecto, entre las que se incluye la intervención de la dupla Donald Trump-Marco Rubio tras el retorno del mandatario a la Casa Blanca en enero de 2025.
Libia es desde 2011 otro escenario convulso del norte africano, pese a los esfuerzos infructuosos de la comunidad internacional por devolverle tranquilidad. Por último, el Sáhara Occidental oscila entre momentos de paz y de tensión armada, con la novedad del reconocimiento al plan de autonomía marroquí avalado por las grandes potencias, empezando por los Estados Unidos, a finales de 2020, al ir finalizando el primer mandato de Trump.
El lugar de África en el esquema global
En contraste con la primera presidencia de Trump (2017-2021) y su acercamiento prácticamente nulo al continente, a excepción de algunos episodios subidos de tono en que insultó a gran parte de los países y hasta inventó uno inexistente, en su segundo y actual mandato lo africano tiene mayor prioridad en su lucha silenciosa contra los rivales planetarios más fuertes: China y Rusia, a los que también hay que sumar a Irán, sobre todo a tenor de la guerra iniciada este año.
Pese a continuar priorizándose la consigna “America First”, Trump mantiene una política africana más fuerte que en su primer período, la cual lo llevó a enemistarse con Sudáfrica, a reemplazar el enfoque de la ayuda al desarrollo por el del comercio y la inversión y a fijar aranceles, una política planetaria pero en algunos casos de castigo puntual contra determinadas economías africanas. El recorte de la cooperación –faceta en la cual lo más destacado es el desmantelamiento de la agencia USAID– ha incidido negativamente en el continente, por ejemplo ante la atención al programa SIDA y la lucha contra el hambre, entre otros aspectos. Desde hace casi dos décadas China ha superado al país americano como el principal socio comercial y ese dato resulta molesto en Washington. La estrategia estadounidense es recuperar terreno en general frente a la competencia con el gigante asiático y África también cuenta.
El continente se muestra como jugador activo en la globalización: en los últimos años, se ha intensificado el impacto de hitos globales, de los que son ejemplos la pandemia de coronavirus, las repercusiones de la guerra en Ucrania a partir de 2022 y la actual guerra en Irán bajo el efecto del cierre en el Estrecho de Ormuz, que impacta en aumento de precios y en escasez de hidrocarburos, alimentos y fertilizantes. Estos costos crecientes han generado tensiones y malestar en países diversos como Nigeria, Kenya, Somalia, Mozambique o Sudáfrica, o, por otra parte, situaciones críticas de endeudamiento en el marco de una tendencia inflacionaria global que arrastró a algunos países a declarar el default o apuntar a la renegociación de los términos, pese a que durante la pandemia China se destacara por condonar deuda. Pese a todos estos dramas, sin embargo, África también tiene resiliencia y se ha dado esfuerzos genuinos por defenderse, como la mencionada Alianza de Estados del Sahel, que no es el único caso.
Más allá de la narrativa pesimista
Frente a la globalización y sus efectos nocivos, la economía africana intentó blindarse mediante la cooperación intracontinental. Desde 2018 se forjó la idea de crear un área de libre comercio, el Tratado de Libre Comercio Africano (AfCFTA, por su sigla en inglés), que representa el mayor hito africano de integración desde la fundación de la Unión Africana a comienzos del siglo actual. Su implementación efectiva se retrasó por algunos imprevistos y por la irrupción del Covid, pero hoy es un área de gran alcance y que alberga el sueño de crear una moneda continental unificada.
Con las economías de mayor ritmo de crecimiento del mundo (Etiopía, Rwanda, Senegal, Costa de Marfil, Tanzania) y con una recuperación apreciable del PBI general, luego del punto más bajo en pandemia de 2020, el continente se muestra resiliente. Si bien puede constituir un desafío, en términos demográficos es el más joven del planeta y en la mayoría de sus países al menos el 60% de su población no supera los treinta años, sumado a sus riquezas y el foco en particular más reciente sobre los minerales críticos.
Las nuevas generaciones urbanas están transformando el modo de vivir, explotando el mercado de las fintech, impulsando hubs tecnológicos –sobre todo en Nigeria, Sudáfrica y Kenya– e incentivando el fomento del ecosistema digital en general, ya sea como canal económico, a través del auge del empleo del dinero móvil, o como forma de protesta.
Sobre esto último, la “Generación Z” ha sido protagonista de protestas contundentes en Nigeria, Togo, Kenya, Madagascar y Sudáfrica, en esta última remontándose hasta el movimiento de protesta universitario #FeesMustFall de 2015 y 2016. En muchos casos también con la participación ciudadana, si bien continúan las gerontocracias y/o “semidemocracias” (Guinea Ecuatorial, Eritrea, Congo-Brazzaville, Rwanda, Uganda), los primeros años de la década asistieron al derrumbe de sistemas autoritarios sostenidos en el tiempo: Gambia (2016-2017), Zimbabwe (2017) y Argelia (2019), o a cambios abruptos de liderazgo en democracias: Sudáfrica y Etiopía (2018). En esta última, a su llegada al poder en ese año, el actual primer ministro etíope Abiy Ahmed ganó notoriedad al haber alcanzado un histórico acuerdo de paz con Eritrea que al año siguiente le posibilitó el Nobel de la Paz.
Como bloque, África ha dado pasos sustantivos en materia tecnológica, ampliando su carrera espacial tras el lanzamiento de nuevos satélites y, al nivel de las relaciones internacionales, reclamando un mayor protagonismo. En este último sentido, se le dio respuesta en tanto pasaje de mero “escenario” a “actor”, ya que en 2023 el G20 incluyó a la región en calidad de miembro permanente. También se puede sumar que a finales de ese año Sudáfrica interpuso ante la Corte Internacional de Justicia una denuncia por presunto cometido de genocidio del Estado de Israel en Gaza. Finalmente, el 1 de enero de 2024, el bloque BRICS sumó dos países africanos de peso: Etiopía y Egipto, pese a su rivalidad incrementada desde la inauguración de la Gran Represa del Renacimiento Etíope.
En conjunto y en perspectiva, los hechos y cuestiones sucintamente mencionados en estas líneas contribuyen a contrarrestar la narrativa que presenta y coloca a África como víctima, al demostrar su emergencia y afianzamiento como actor global con peso propio y múltiples posibilidades a futuro.




