Hace diez años nacía SANGRRE. Hace diez años, el oligarca inmobiliario Donald Trump llegaba a la presidencia de los Estados Unidos. Un fenómeno de ultraderecha, supremacista y sectario, que venía consolidándose en Europa, cruzaba el océano para instalarse en la principal potencia mundial. Luego, vinieron los Jair Bolsonaro, Nayib Bukele y Javier Milei.
La historia no es lineal, pero sus espirales nos hacen sentir que volvemos a un mismo punto. Una década después, Trump vuelve a ocupar la Casa Blanca, pero con un nivel de radicalización que ha puesto no solo a Estados Unidos, sino al mundo entero, al borde de una quiebra del sentido de humanidad.
Las violaciones constantes al derecho internacional, la naturalización de la masacre de civiles, el secuestro de un presidente y el apoyo estadounidense irrestricto a Israel en un genocidio a cielo abierto que ya lleva dos años y medio se han convertido en la expresión brutal de un orden global sin reglas. Un mundo en el que los mecanismos de control de los organismos supranacionales han quedado reducidos a mero decorado. De Gaza a Líbano, de Irán a Yemen, pasando por Venezuela, Haití y Sudán, el mapa es el de nuevos colonialismos disfrazados bajo amenazas irreales de terrorismo, narcotráfico y migración descontrolada. Las armas de destrucción masiva 2.0.
En estos diez años, el centro político prácticamente desapareció. La radicalización de un puñado se masificó y gana elecciones escupiendo odio. El “vamos probando” también se volvió criterio electoral. La pandemia de Covid-19 aceleró este proceso: en América Latina y el Caribe, los gobiernos comenzaron a ser efímeros, las reelecciones se hicieron excepcionales y la democracia cada vez pierde más terreno, evidenciando sistemas políticos cada vez más frágiles.
En octubre de 2020, en un análisis sobre las elecciones pospandémicas en la región, señalábamos: “La tendencia es a la retracción territorial en un marco de desigualdad acelerada por el Covid-19. Esto derivará en ciclos políticos más cortos, atravesados por picos de estrés económico, laboral, educativo y sanitario, junto con el crecimiento global de la extrema derecha y el descreimiento en la democracia”.
La llamada “marea rosa”, ese ciclo de dos décadas con gobiernos a la izquierda del centro, quedó atrás. Pero la restauración conservadora tampoco logró consolidarse plenamente. Conviven triunfos progresistas –como los de Lula en Brasil o Gustavo Petro en Colombia, que este año se juegan su continuidad– con el avance de proyectos abiertamente reaccionarios.
Argentina y Chile son ejemplos de ese giro, con figuras como Javier Milei y José Antonio Kast, que tensionan los límites democráticos. Perú, por su parte, funciona como un espejo extremo de la profunda crisis de representación: el domingo 12 de abril se presentaron 35 candidatos presidenciales y quien asuma de ese proceso, que aún deberá esperar una segunda vuelta, será el noveno presidente en diez años. Esa nación desigual, que tiene a siete de cada diez trabajadores en la informalidad, es considerada, paradójicamente, uno de los paraísos sudamericanos para las inversiones extranjeras.
A diez años de su nacimiento, el editorial de SANGRRE se pregunta: ¿cómo llegamos hasta acá?
Llegamos como el mundo actual: a los tumbos. En medio de una aceleración de procesos que erosionan sentidos, observando la descomposición del orden mundial basado en reglas, que había nacido tras la Segunda Guerra Mundial. Hace una década, SANGRRE intentaba construir una narrativa sobre las prácticas, relaciones e inscripciones populares en el tejido social y político. Hoy, ese desafío es más urgente.
Volver a leer 1984, de George Orwell, revuelve las tripas. Publicada en 1949, la novela distópica resurge cada vez que el autoritarismo se normaliza. El trumpismo –expresado en el movimiento fascista MAGA– se apoya en la idea de supuesta grandeza anclada en la expansión de una América blanca, extremista y ultramontana, que data de la propia independencia de los Estados Unidos.
“La guerra es la paz, la libertad es la esclavitud, la ignorancia es la fuerza”, escribe Orwell. No como metáfora, sino como lógica de poder.
El propio Trump lo formula sin rodeos en su flamante Estrategia de Seguridad Nacional: una política de “Estados Unidos primero”, basada en la fuerza, la reafirmación de la Doctrina Monroe y el control de rutas estratégicas. El lenguaje crudo de las esferas de influencia.
Hay un pasaje de 1984 que hoy resulta familiar, naturalizado por la inteligencia artificial, la toxicidad de las redes sociales y los medios corporativos: “El Partido les dijo que rechazaran la evidencia de sus ojos y oídos. Fue su orden esencial”.
Ese es el punto: La ruptura del acuerdo básico con la realidad. Cuando los hechos dejan de importar, cuando el pasado se reescribe y la mentira se vuelve norma, lo que se erosiona no es solo la política, sino la posibilidad misma de comprender el mundo.
Ahí es donde 1984 deja de ser literatura.




