El miércoles 3 de junio se cumplen once años de la primera marcha Ni Una Menos. Coincide con la convocatoria el contexto del tercer año de un gobierno que no se cansa de negar la cuestión de género y el problema de la violencia estructural que padecen las mujeres argentinas en todo el arco de su despliegue: desde la precariedad laboral hasta el abandono de sus familias en términos de salud y educación, desde la incomprensión de su nueva cosmovisión política hasta el ultraje violatorio. Coincide, también, con un sistema judicial penal que está completamente desarticulado del cuidado de la vida de las ciudadanías en este territorio, con un nuevo orden policial a su servicio, instalado exclusivamente para vigilar y castigar la organización y los focos de demandas sociales. Pero la más triste de las coincidencias es con el crimen de Agostina Vega. El femicidio de una niña de catorce años vuelve a poner a toda la sociedad argentina de cara a una encrucijada: enfrentarse a su responsabilidad social o seguir cultivando la bruteza y la complicidad criminal del silencio y del mirar hacia otro lado.
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El viernes 29 de mayo mientras Claudio Berrelier ya estaba detenido como único sospechoso en el caso de la desaparición de Agostina Vega, la inquietud de Sangrre en clave de la última década también se extendía de la (re)emergencia de los feminismos durante 2015 a un balance que nuestras compañeras –integrantes históricas del movimiento– vienen gestando. ¿Cómo llegan hasta acá? ¿Cuál es la lectura con la que se rearticula un debate estructurante de sus militancias e intervenciones en el espacio público?

“Este Ni Una Menos, esta convocatoria del 3J, once años después de la primera, nos encuentra otra vez enfurecidas, pero sosteniendo un movimiento, una lucha. A pesar de los ataques, a pesar de los retrocesos, sobre todo desde este gobierno de ultraderecha fascista de Milei y asociados, sostenemos, porque este movimiento lleva muchos años luchando. Y a pesar de que tenemos un femicidio en Argentina cada 34 horas –esto quiere decir que ahora mismo se está perpetrando o preparando un nuevo femicidio– y aunque este gobierno quiera negar esa figura y está desmantelando todas las políticas de género, los programas de prevención, los programas de atención a las víctimas, la educación sexual integral y demás, el movimiento feminista sigue reunido y sigue batallando, así como lo hizo antes del primer Ni Una Menos. Nosotras ya nos veníamos reuniendo, nos habíamos convocado en torno a la frase y a esta consigna tan potente que es el Ni Una Menos. Luego del femicidio de Chiara Páez (el 10 de mayo del 2015) salimos a la calle ese 3 de junio de 2015 con toda nuestra furia, y la convocatoria fue enorme. Nuestra demanda era básica: que dejen de matarnos. En ese sentido la convocatoria fue muy amplia, pero también, al ser tan masiva, incluía demandas que desde el movimiento Ni Una Menos no compartimos; por ejemplo, las respuestas punitivistas. No se trata de medidas de fuerza y de seguridad más fuertes, sino se trata de medidas preventivas. Nosotras luchamos por educación sexual en los colegios para que haya una reversión, una revisión de la cultura machista en la que tantos años llevamos cultivándonos. Eso es muy importante de aclarar, la responsabilidad del Estado que venimos marcando desde siempre. En este caso, hay específicamente un ataque explícito, por eso hablamos de que estamos en una situación de antifeminismo de Estado”, adelanta Marina Mariasch, escritora y editora de Latfem.org, un día antes de la movilización al Congreso.
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El lunes 1 de junio por la mañana, la ministra de Seguridad de la Nación, Alejandra Monteoliva, ofrece una conferencia de prensa sobre el caso Agostina donde reitera el libreto de “verdad completa”, al tiempo que evita definir al crimen como femicidio. La cadena de felicitaciones está intacta: la ministra aplaude el accionar policial y el fiscal cordobés, el de un perro rastreador. Las palabras de la socióloga y ensayista María Pía López son la contracara absoluta de esta desidia organizada de la “seguridad” en Argentina. “Diez años, once años desde el 2015 desde el primer grito Ni Una Menos, o sea, de feminismos masivos callejeros, como parte de la larga y vasta y hermosa historia de los feminismos en Argentina. Lo que señalamos con esas fechas es el despliegue de una especie de desborde de los momentos anteriores, de los activismos, fundamentalmente a partir de la aparición de la consigna Ni Una Menos el 3 de junio del 2015. Es una consigna que se actualiza todo el tiempo, lamentablemente diría que está condenada a seguir actualizándose. De hecho, este año estamos marchando de nuevo con el brutal femicidio de una chica de catorce años que solo es posible pensarlo con la complicidad que se denuncia, desde hace muchos años, del Poder Judicial, de los funcionarios del Poder Judicial con las lógicas patriarcales. En medio de una discusión en la que Carolina Losada impulsa una ley para sancionar lo que llama ‘falsas denuncias’, en lugar de estar impulsando formas más efectivas de tratamiento, de procesamiento judicial de las situaciones de peligrosidad que atraviesan muchas personas. O sea, Ni Una Menos es una consigna que persiste y persistirá en una actualidad dolorosa”.
“Pero, por otro lado”, continúa María Pia, “hay otra cuestión que aparece vinculada a eso que podemos pensarlo un poco más políticamente, que esa consigna señalaba –o señala– fundamentalmente que ninguna vida es descartable. Que todas las vidas son dignas de ser lloradas y esa consigna es necesario volverla más general, más dramáticamente presente para pensar y discutir a un régimen neofascista o fascista como el que estamos viviendo que tiene como principio la producción de vidas desechables. Es más, nosotras solemos movilizar por los lesbicidios, los travesticidios, los femicidios, pero también esta es la época en la que estamos asistiendo a políticas eugenésicas brutales que condenan a discapacidades y a jubilades a ver restringidos sus lógicas de cuidado, sus atenuantes sanitarios, sus resguardos en términos de medicamentos. Esas dos poblaciones, jubilades y discapacitades, además de ser objetos de represión en sus movilizaciones, son tratados como poblaciones sobrantes respecto de la lógica del déficit fiscal o del superávit fiscal. Ese enjuiciar la lógica de los sobrantes, del desecho, del descarte, a mí me parece que se puede hacer también desde las fuerzas de nuestros feminismos, de feminismos que se hicieron masivos diciendo que nadie es desechable”.
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La conferencia de ese mismo lunes 1 desde el colectivo Ni Una Menos coincidió con las pericias médico-jurídicas sobre el cuerpo de Agostina, el revuelo punitivo del dispositivo mediático y en red sobre la madre, y el intento de digerir los prejuicios machistas de un fiscal cordobés: tres imágenes que pusieron de relieve la necesidad de afinar el sentido de esta nueva convocatoria. “Ni Una Menos, si tuvo una función, es la de la de ser un paragolpes en esta contraofensiva atroz del capitalismo en el mundo. Un paragolpes es, fundamentalmente, una pieza de seguridad que tiene como función absorber esa energía que se produce en un choque y justamente amortiguar ese impacto y proteger las partes más importantes, las partes vitales del motor. Trabaja para reducir los daños estructurales. Yo creo que el Ni Una Menos funcionó como un paragolpes frente a la contraofensiva capitalista en el mundo entero”, sostiene Gabriela Carpineti, abogada militante del campo popular.

“Pero también”, agrega, “es lo que pudimos atesorar de las luchas y de los avances civiles de las mujeres durante el siglo XX, porque cada conquista individual de una mujer, sin lugar a dudas, está vinculada a un proceso colectivo. Esto también es una particularidad del género femenino: las conquistas que a veces sentimos individuales en materia económica, laboral, de derechos civiles en sí, en relación a la disposición de nuestros cuerpos, de nuestros bienes, de nuestros salarios están vinculadas a procesos colectivos. Entonces, también en los últimos diez años ese paragolpes funcionó para proteger conquistas del siglo XX y dar algunos pasos más que nos reaseguren en esas conquistas. Por lo menos así sucedió en la Argentina. Como toda década, está plagada de velorios, pero también de fiestas”.
Y puntualiza Gabriela: “Me parece muy importante destacar que la agenda que tiene que recuperar y retomar con fuerza el feminismo es la agenda económica de las mujeres. Porque creo que, si algo quedó claro, aunque intenten a veces este demostrar lo contrario, es que la pelea feminista no es una pelea contra los varones ni contra los hombres ni una guerra de sexos y de género, sino que es un paragolpes contra el capitalismo en esta era de la humanidad; es una guerra por la vida, por las libertades civiles, por la justicia social, en donde las mujeres están un pasito más adelante. Pero eso implica también asumir una serie de desafíos. El desafío fundamental de poder pensar en una interpelación más universalista, más general, que implique, que también incluya como objeto de esa interpelación a personas que son identificadas como varones. Esto siempre es una discusión dentro de los feminismos, y es lógico que lo sea, pero me parece que ahí tenemos un desafío. Es decir, pensar que los feminismos son una fuerza emancipadora para todos. Y el otro desafío que para mí es clave en este momento es pelear mucho contra los intentos de convertirnos en algo de nicho, con los intentos incluso de encerrarnos en una agenda de género. Para insistir precisamente que los temas de los feminismos masivos son los grandes temas que hacen a la construcción de una sociedad que es más capaz de alojar todas las vidas, de permitir la vida a todos, que es algo que está muy en entredicho en este momento”.
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El martes 2 de junio, mientras se espera la conferencia de prensa del padre de Agostina, millones de mujeres se preparan para tomar las calles. Quieren volver a discutir todo: agenda económica, de producción y reproducción de la vida. Desean barajar y dar de nuevo para cuidar aún más su debate y su construcción. Profundiza María Pia: “Nuestros temas son los de la economía, los cuidados, la socialización de los cuidados, la educación, la vivienda. No solo son los temas restringidos a los derechos civiles, a la gran discusión que asumimos, afrontamos y ganamos como fue la legalización del aborto, sino que también son estos otros que suelen considerarse los temas de ‘lo social’”.
“A mí me parece, insisto, que todas las discusiones sobre finanzas, deudas, economía, trabajo, educación, vivienda y salud tienen que estar atravesadas con una perspectiva feminista, pero para eso tenemos que resistir muchísimo a una presión general, que es la de reducirnos a un cuarto propio, a un nicho propio. Ese es nuestro principal desafío. Aceptar ese desafío es también llevar adelante la fuerza de la contraposición que de algún modo nos pone en juego el gobierno cuando nos declara sus enemigas. Yo diría: asumir una enemistad cabal: no estamos siendo sus enemigas porque seamos ‘woke’; somos sus enemigas porque tenemos una fuerza en los feminismos, en el laboratorio colectivo que son los feminismos, una posibilidad de generar ideas, imágenes, estrategias de lucha, acciones que van mucho más allá de la agenda habitual”.
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Hoy, miércoles 3 de junio a las 17 h, millones saldrán nuevamente a las calles. Tomarán sus pañuelos para volver de donde nunca se fueron: la lucha por una realidad, una sociedad, un país en donde poder vivir. Ni Una Menos.




