A partir de la elaboración y difusión, en agosto del año pasado, de su Manifiesto Orillero, el Comando Orillero –grupo de vecinos y vecinas de diferentes barrios de la Ciudad de Buenos Aires, con base en la sureña Comuna 4– se propuso llevar adelante una serie de mesas temáticas en las que poder encontrarse con otros vecinos, militantes y organizaciones para conversar y compartir inquietudes acerca de algunos ejes y problemas que están en el centro de la vida cotidiana y popular porteña. La propuesta, a la par de ejercitar la reflexión colectiva y ampliar las propias miradas, pone el foco en repensar las propias prácticas de militancia social, territorial, política y enfocar qué cuestiones y dinámicas fueron en los últimos años quitando trama política popular.
Así, el año pasado –26 de septiembre de 2025– se realizó en el histórico bar La Flor de Barracas el primer encuentro, enfocado en la pregunta por la miseria, entendida, en palabras del propio colectivo, “no como dato económico-estadístico, ni como categoría moral, ni como condición individual, sino como experiencia situada y colectiva”.
Luego de una presentación de la Mesa, se llevó adelante una conversación e intercambio colectivo entre compañeras y compañeros, tanto del Comando Orillero como de otros espacios y organizaciones territoriales: vecinos y activistas de Villa 21, vecinos de Lamadrid, organizadores del Festival de Cine de Barracas, exponentes de la cultura del barrio, jubilados de Boedo, integrantes de la agrupación Max Huracán, estudiantes del Colegio Mariano Acosta. El encuentro continuó con intervenciones a cargo de Ana Arias –profesora, trabajadora social, profesora, doctora, decana de la Facultad de Ciencias Sociales, en aquel momento candidata a senadora nacional por Fuerza Patria en CABA– y Amado Boudou –economista y vicepresidente de la Nación entre 2011 y 2015.
Compartimos desde SANGRRE la propuesta de conversación del Comando para la actividad, junto con las intervenciones de Ana y Amado.
Mesa de Barracas: Propuesta de conversación
Realizamos la convocatoria al encuentro en Barracas invitando a preguntarnos por la miseria. Pero no la miseria como dato económico-estadístico, ni como categoría moral, ni como condición individual, sino como experiencia situada y colectiva, fruto del proceso de miserabilización nacional desplegado en buena medida por el gobierno de ultraderecha encabezado por Javier Milei. De este proceso, quisimos poner en foco tres cuestiones para conversar:
- La existencia de una mayoría de trabajadores activos (asalariados y cuentapropistas, en blanco y en negro, ocupados, semiocupados y sobreocupados, jóvenes en su primer empleo o en busca de él) que no llegan a fin de mes con lo que ganan. Esto implica una enorme cantidad de adultos, niños y jóvenes que tienen cubierta una sola comida al día.
- La existencia de colectivos enteros de personas con condiciones específicas que ven estigmatizados y negados sus derechos. Viejos y enfermos (jubilados, pensionados, discapacitados, subsidiados) a quienes se les han recortados remedios y prestaciones imprescindibles para su vida.
- El constante aumento de precios de alimentos, servicios, alquileres (a contramano de los anuncios de “baja inflación” y de “estabilidad”), que lleva al endeudamiento familiar como condición creciente, generalizada y permanente.
Tres constelaciones de problemas que significan millones de vidas que, en nuestro país, ven cómo su horizonte se ha angostado hasta quedar reducido a la sobrevivencia. Problemas concretos que nos dejan ver un estado de miserabilización, un conjunto de acciones y omisiones concretas sobre ciertas vidas dedicadas a inocular en ellas carencia, privación, incertidumbre, deuda, miedo, desamparo, abandono, y, de este modo, convertirlas en vidas míseras, indeseables de ser vividas. Asistimos en estos años a una operación devaluadora, denigratoria, humillatoria, contra la vida de una inmensa cantidad de personas (llevada adelante por ciertas otras personas, con ciertas otras vidas, a favor de ciertas otras vidas, en todos los casos pertenecientes a una minoría de la población rica, poderosa, propietaria y privilegiada –en general muy poco discutida ni señalada en lo que tiene de responsabilidad sobre la realidad social actual).
Ana Arias
Les agradezco muchísimo la invitación de compañeros y compañeras que nos conocemos hace tantos años y con los que hemos pensado mucho tiempo juntos. Yo en este momento soy una política en campaña, pero soy una política en campaña que tiene mucho gusto de ser una política en campaña. Lo que quiero decir es que esta posibilidad de la campaña es la posibilidad también de escuchar: no con la idea de que la política se “conecte”, sino con que tengo plena conciencia de que nosotras y nosotros necesitamos generarle un freno lo antes posible a esta a esta etapa que estamos viviendo, que tiene una crueldad que va a dejar un daño en el pueblo argentino por años –por décadas, me animo a decir–, porque lo que estamos viviendo tiene un nivel de violencia que va a ser muy difícil pasar. Entonces, nosotros necesitamos ponerle un freno lo antes posible a esto. Necesitamos la respuesta que tenemos que dar, la respuesta política, de proyecto político que tenemos que construir.
Y a ese proyecto no lo tiene la política, por decirlo así. Es una propuesta política, pero no es que la tienen los dirigentes. O sea, yo no creo en esta idea de que los dirigentes tienen que “conectar con la base”, porque me parece que lo que tenemos que hacer es pensar cómo construimos una propuesta que sea inédita, porque estamos teniendo problemas inéditos, a pesar de que tenemos mucho aprendido, de que se logró mucho, que se hizo mucho.
Yo las y los escuchaba muy atentamente. Y hablaban de las políticas públicas, que lograban otra opción para los pibes. Y es verdad: el deterioro durante este gobierno que hubo y hay de la política pública, la quita de derechos, se han hecho cosas de un nivel de crueldad tremendo. Yo siempre cuento una anécdota, pero es una realidad. Había un programa en la SENAF, la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia, que acompañaba a las chicas y los chicos que se habían criado en institutos y que tenían que irse a los dieciocho años. Entonces le daban una beca –una miseria total– y le hacían un acompañamiento para ayudarlos en ese tránsito tan complicado. Se cerró, hasta ese programa, que presupuestariamente es nada.
Pero también sería mentira decir que este gobierno no tiene política social. Porque el 80% del presupuesto del Ministerio de Desarrollo Social en la gestión anterior se dedica exactamente a lo mismo que se dedica ahora, que es la transferencia directa a la familia por medio de la AUH, la Asignación Universal por Hijo, que ha sido un gran logro del pueblo argentino durante el gobierno de Cristina, y la Tarjeta Alimentaria, que son las dos políticas que se actualizaron incluso por la inflación, ¿no? O sea, eso existe, opera, por suerte. Lo que sí se cortó fue toda la línea anterior, que durante años se intentó, que eran las políticas más vinculadas con el acompañamiento, la política territorial, las políticas comunitarias: eso sí se cortó de cuajo y se echaron a sus trabajadores. Y también es cierto que, cuando se hizo de cuajo, no generó una reacción de acuerdo al tamaño del daño, por decirlo así. Y como estamos entre compañeras y compañeros y tenemos la obligación del debate sincero, cabe decir que quizás mucho de lo que pasó es que tuvimos herramientas que no estuvieron funcionando bien.
Hace veinte, veinticinco años, hacíamos, analizábamos y discutíamos acerca del desempleo. Habiendo aprendido de esa experiencia y siendo conscientes de que tenemos problemas inéditos, podríamos decir que es otra la situación del empleo hoy, y no se puede caracterizar igual que como era el desempleo del que escribíamos a finales de los noventa. El problema de lo que significaba, por ejemplo, que las masculinidades estuvieran en los barrios, a diferencia de etapas anteriores. Es otra la realidad hoy, porque lo que tenés es un sobreempleo, niveles de sobrelaburo: o sea, el compañero en aquel entonces desocupado hoy es el que tiene tres changas seguidas; no está en el barrio. Cambiaron muchas cosas. Entonces, lo que nosotros tenemos que proponer también es inédito. Porque también está habiendo una serie de sufrimientos: los de quienes están en situación de calle, los problemas de consumo, los problemas de salud mental… Estamos teniendo una cuestión de salud mental que hablan de cierta implosión, que no se expresa de la misma manera organizativa como antes –que era decir “bueno, se organiza, se corta la ruta”–, porque hoy es una forma de padecimiento más complejo, distinto.
Entonces, todo eso tenemos que poder procesarlo, y no nos lo va a resolver necesariamente la política pública. O, en todo caso, tenemos que pensar formas de organización que generen otras políticas públicas. Porque si replicamos la misma política pública que nosotros supimos conseguir, aunque muchas fueron muy buenas, nos falta.
Yo estoy aprendiendo y disfrutando de la campaña, por la posibilidad de juntar, de ver cómo nosotros empezamos a hilar. Por eso esta idea del Comando me parece tan buena, porque necesitamos lo que estamos aprendiendo. También se dijo hoy: “a los pibes les cuesta sostener la atención por el celular”, y lo dice alguien siendo de un Centro de Estudiantes. Y los docentes intentan hacer una cosa medio canchera, intentan negociar y no va. Y ahí también se dijo, desde la experiencia docente: “¿qué hay que hacer con eso?”, Y, yo no sé qué hay que hacer con eso, la verdad que no me animaría, porque además no soy docente de secundaria. Pero lo que sí sé es que hay que buscar una nueva forma, y creo que esa forma no te la resuelve la política pública, si no tenemos, antes, capacidad de colectivizar los problemas que estamos teniendo.
Porque, si no, sería pensar que la política pública tiene la solución o que los dirigentes no conectan, y nosotros estamos teniendo otro problema –además de que no conectan, además de que hay gente de mierda, vamos a decir todo también: más allá de eso, tenemos que pensar que esta época nos exige nuevas formas de organización, nuevas formas políticas. Porque, como es muy bestial el deterioro, lo que estamos viviendo, tenemos el riesgo de decir “nada sirve de todo lo que se construyó, hay que tirar todo”. Y no es ni “lo viejo funciona” –porque lo viejo solo, bueno, que sé yo…–, ni tampoco es la de negar todo.
Entonces, ahí hay un trabajo que es claramente político, y hay cosas que sí sirven. Se hablaba acá sobre los clubes, por ejemplo. La cantidad de organización que tenemos en la Ciudad de Buenos Aires: caminás tres cuadras y te encontrás la asociación, el club, la cantidad de pibas y pibes que tenemos, las mesitas que ponen los sábados los militantes para repartir volantes. Hay una capacidad que es un gran valor nuestro, aunque nos cueste conectarlo, aunque a veces nosotros mismos en nuestras propias prácticas repliquemos cosas que ya no nos convencen del todo.
Pero me parece que este es el momento: hay que construir mucha capacidad organizativa, hay que creérsela, en el sentido de que tenemos capacidad de generar y hacer. En medio de eso, no hay que olvidarse que los otros también juegan y que las que están jugando están siendo muy bestiales y que, aunque con un enojo sideral, hay que votar, porque no votar es una expresión de esa implosión, sigue siendo una implosión de la misma manera, y no genera ningún efecto de parar nada. Tenemos que votar, y como soy una “política en campaña”, déjenme un toque: creo que el peronismo sigue siendo lo que más le molesta al poder, a pesar de que a veces podemos ser un corso contramano (no lo dije) [risas], pero a pesar de eso, creo que somos la expresión que más capacidad tiene de molestar al poder real y creo que eso hay que jugarlo.
Y eso no quiere decir invalidar la discusión interna. Yo digo, la principal interna nuestra ¿saben cuál es? Qué vamos a hacer con el Fondo Monetario Internacional cuando este cachivache se prenda fuego. Que ya está prendido fuego. Ahora, que Milei tenga el boleto picado no quiere decir que el modelo de Milei lo tenga. Digo, ojo con esto. Entonces, nosotros, sabiendo eso, ¿qué vamos a hacer con el endeudamiento? Pero eso, ¿saben quién se lo responde? La persona que sabe, la que todos vinimos a escuchar, Amado.
Amado Boudou
¿Cómo están todas y todos? Yo me preguntaba qué estamos haciendo acá. Yo vine a escucharlos, así que ya me puedo ir [risas]. Pero creo que estamos todas y todos muy emocionados por los que fuimos escuchando, que estamos compartiendo la escucha y la palabra en un grupo que nos podemos escuchar, mirar, y con una política en campaña, ni más ni menos. Entonces voy a tratar de compartir lo más profundo que tenga adentro.
Porque, primero, yo no quiero que me represente más nadie que hable solo de las cuestiones macroeconómicas. Yo quiero que me represente alguien que hable de lo que estamos escuchando acá. No puede ser que el discurso de quienes pretendan representar al campo nacional y popular esté atravesado por la conceptualización y por los temas que decide el poder real. Entonces, yo ahí pondría un primer eje. Yo quiero que me represente alguien que sea capaz de interpretar que el problema de la Argentina pasa por la vida diaria. No pasa por el valor del dólar ni pasa por el tamaño de la deuda. Esas son cuestiones que hay que resolver, pero no son el problema de la Argentina. Los problemas de Argentina son los que compartimos hoy acá. Y veo a nuestra dirigencia muy lejos de estas discusiones y muy cerca de las discusiones del enemigo. Creo que es lo primero que tenemos que exigir a nuestra dirigencia. Estamos en campaña, es tiempo de exigir. No es tiempo de callarse la boca. Siempre es tiempo de exigir.
Porque la otra conceptualización que está circulando hace rato es que “no es momento de hablar de eso”. Y entonces nunca es momento de hablar de lo que hay que hablar. ¿De qué hay que hablar? ¿Qué pasa en los colegios? ¿Qué pasa en las calles? ¿Qué pasa en los clubes? ¿Qué pasa con la mesa donde se sienta o se sentaba la familia? Me parece que tenemos que exigir a quienes nos pretenden representar que se hable de esas cosas, porque también me parece que es un poco injusto decir que la estafa electoral es de Macri o de Milei, cuando yo me siento estafado por el gobierno anterior. Y “uy, no hay que hablar de eso”. Mirá, si no hablamos de lo que sale mal, nada puede salir bien. Y esto no implica la autocrítica, implica que todos quienes participamos de algunas ideas en común seamos capaces de ver qué es lo que tenemos que exigir.
Porque el tercer problema es que nada se puede. Y si nada se puede, bueno, dediquémonos a otra cosa. Todo se tiene que poder: puede salir bien, mal, regular, pero exijamos todo. Porque si empezamos quitando del menú aquellas cosas que son las que queremos, no va a quedar nada. Y me parece que este es el gran aprendizaje, ¿no? Hay un gran intento global para que los espacios que pretenden representar lo nacional y popular estén llevados adelante por personas que no están convencidas. ¿Por qué? Porque estos son los candidatos que el poder dice que pueden ser. Todos estos, no: somos marginales o somos proscriptas y proscriptos. Y ahí hay un nudo ¿no? Porque claro, ¿cómo puede juntar correlación de fuerzas alguien que no tiene una dialéctica con quienes pretende representar? Para decirlo más claro: si hay un gobierno que viene a representarnos a nosotros y consolida todo lo que hizo Macri… Claro, ¿para qué va a juntar fuerza? ¿Quién lo va a acompañar? ¿A qué lo van a acompañar? Si después de cuatro años el problema con el Fondo Monetario es peor, el problema con el sistema de administración de leyes que llaman “Justicia” es peor y las políticas internacionales de mi país son peores, ¿por qué lo voy a acompañar? Entonces, exijamos lo que no se puede, exijamos que se hable de lo que nos pasa todos los días y exijamos que no nos digan que no es el momento.
Y a partir de ahí, sí pensemos cuáles son las cosas que se podrían hacer, las cosas que hay que resolver. Porque enroscados en la discusión macroeconómica se olvidan los clubes de barrio, se olvidan las escuelas, se olvida la casa, se olvida la vida. Y este es, yo creo, el camino que hay que retomar. Y todo se puede. Miren, ¿hay problema con el Fondo? Sí, hay problema con el Fondo. Ahora, Argentina se tiene que parar a discutir que esto no lo va a pagar. Y hay que saber que eso tiene consecuencias para el país y para las personas que encarnan esas ideas. Entonces, tenemos que buscar gente que nos represente, que esté convencida de que se puede hacer de otra forma, que lo explicite, que lo diga y además que se la banque. Y que no retroceda, porque no es fácil ni va a ser fácil.
Entonces, la primera pregunta que yo creo que hay que hacerse es: ¿en qué mundo está la Argentina? Porque con el cuento de que “Argentina no está en el mundo” nos llevan a un lugar en el cual solo nos queda que nos vaya mal: todo lo que hace este gobierno, todo. Porque también otra cosa que me infla bastante es cuando empiezan con “algo había que hacer”. Todo lo que hacen está mal, no hay nada que se pueda rescatar, porque forma parte de un proyecto que es malo para el pueblo argentino y es malo para la Argentina como país. Entonces, no hay nada que rescatar de este gobierno. Nada.
¿Qué lugar tiene Argentina en el mundo y en qué mundo estamos? Nosotros vivimos en un mundo en el cual la principal guerra es la guerra por ver quién puede tener puestos de trabajo en su país. Esa es la primera guerra que hay que librar y dar. Que no es fácil. Ahora, para avanzar por ahí hay que estar convencido de que el trabajo sigue siendo un valor. Y no aceptar que se acabó el trabajo ya el mundo. ¿Cómo “se acabó el trabajo”? ¿Y la plusvalía de dónde va a salir? ¿Adónde va el capital para quedarse con algo? No se acabó el mundo del trabajo: tenemos que estar dispuestos a pelear por los puestos de trabajo. Porque es el principal ordenador de una comunidad, la posibilidad que tengamos de preservar los puestos de trabajo. Y eso implica pelearse con gente.
Yo creo que es inaceptable que la actividad económica en Argentina esté tan concentrada como está. En la industria láctea, en la industria de la panificación… ¿Por qué? ¿Por qué un país como Argentina no puede producir leche en cada una de las ciudades? Y tenga que la leche andar dando vuelta en camiones, llegar a un lugar y después volver, ¿por qué? Los quesos, las pastas. ¿Por qué? Parece medio básico, ¿no? Bueno, es básico. Porque nosotros tenemos que decidir si vamos a hacer un país para 47 millones o un país para ocho manzanas. Si vamos a ser un país en el que su macroeconomía está “acomodada” y “ordenada” para que algunos tengamos un iPhone o va a estar acomodada y ordenada para que casi todas y todos tengan trabajo. Esta, yo creo, es la pregunta de fondo.
Si uno está convencido de esto, va a decir cosas que no gustan. Por ejemplo, que Argentina se tiene que desconectar: nosotros nos tenemos que desconectar del mundo financiero. ¿Para qué sirven las grandes finanzas internacionales en un país como Argentina? Para poder decir eso también hay que tener una interpretación de que la economía no es una ciencia o al menos no es una ciencia en sí misma. Es parte de la ciencia social. Y tiene que ver con la historia, tiene que ver con la psicología, tiene que ver con la sociología, tiene que ver con la ciencia política. No existe la economía en abstracto: la economía en abstracto es un proceso político disfrazado de ciencia. Y a eso estamos asistiendo en este momento. ¿Somos un desastre? No, eso viene pasando en el mundo. Hay un trabajo muy fuerte para que esto suceda así en las universidades, en los medios de comunicación, en lo que desparraman los dueños del capital. Pero bueno, tenemos que ser capaces de decir “no, eso no queremos”.
Nosotros tenemos, creo yo, que volver a lo territorial. Otra discusión que hay en este momento: nadie quiere decir cuál es el sujeto político. ¿Cuál es el sujeto político? Bueno, parece ser que no se puede hablar más de clases. Bueno, yo pretendo seguir hablando de clases. Pero aun dándonos cuenta de que hay una diferencia en el sistema de producción y entonces se pierde el vínculo territorial entre la fábrica, la familia, la escuela, ¿no será hora de pensar que el sujeto político es un sujeto territorial? Y que vivimos en un mundo en el cual las capitales de los países se parecen más entre sí que a su propio país. Y es en esas capitales donde se desarrollan todas las políticas, entonces están desconectadas de lo que le pasa al resto de los compatriotas. Si el sujeto es territorial, tenemos que desarrollar políticas públicas para que las personas puedan desarrollar su vida en el lugar que nacieron o que decidieron vivir. Y eso requiere un sistema financiero distinto, requiere un sistema monetario distinto, requiere un sistema tributario distinto y lo podemos hacer. Además, requiere, por ejemplo, con el tema de la leche, que no aceptemos estándares internacionales que le ponen una calidad a la leche que, en realidad, no tiene nada que ver con la salud, sino con consolidar un monopolio. Si se puede hacer leche del día, venderla mucho más barata en una ciudad y lo que sobra, sobró; y eso es mucho mejor que un litro de leche que viaja mil kilómetros diarios a una fábrica para tener un tratamiento que no hace falta.
Hay que pelearse. Hay que pelearse, porque los que tienen la sartén por el mango ni la quieren largar, ni quieren que se caliente tanto que la tengan que soltar. Pero requiere política y políticos que, en vez de estar mirando la gran macro, estén mirando la vida.
Hay una cosa que se dice: que Argentina para crecer necesita por cada punto de crecimiento tres puntos más de problemas con el dólar, una demanda de dólares por insumos. Yo creo que a eso hay que decir que no, necesariamente: tenemos que tener otro patrón de acumulación de capital que permita generar aquellas cosas que resuelven la vida de personas por fuera del sistema de concentración. ¿Cuáles son esas cosas? De mínima: construcción, alimentos, vestimenta. Está claro que no vamos a poder fabricar un auto por fuera del sistema global, ni Trump pudo: porque el tema de los aranceles no lo pararon algunos dirigentes, lo pararon las automotrices que fabrican. ¿Y eso qué nos tiene que hacer pensar? Que hay empresas que tienen un volumen tan grande que le pueden marcar la cancha hasta al presidente del imperio. Entonces, tenemos que tener una estrategia distinta para llevar adelante nuestra vida.
Estoy convencido de que Argentina puede crecer un montón mejorando la vida de todas nosotras y nosotros en un camino distinto al que nos propone la globalización o al del consumo actual. Ahora, eso requiere un trabajo político muy fuerte en la cuestión comunitaria, donde una ciudad pueda tener su producción local y eso tenga que ver quizás muchas veces con cooperativas y no con empresas. Muchas veces, una fábrica de quesos o un grupo de jóvenes que se dedican a hacer software tranquilamente pueden hacerlo en un esquema cooperativo, sobre todo a una escala territorial local. Creo que este es el camino que tenemos que pedirle a quienes estén dispuestos a representarnos.
No hay nada más lindo que alguien que diga “estoy feliz de hacer campaña”. Yo fui feliz haciéndolo. Ahora, el resto también tenemos una responsabilidad, que es exigir. Que es hacer que nos escuchen. Que es no permitir que nos digan qué discutir, porque ¿vieron las discusiones que hay ahora? Son todas frivolidades: si el rebote va a ser “una V corta o una pipa de Nike”. ¿Qué sé yo? Si ni hay rebote. Y meses hablando de la “pipa de Nike”, pero que el problema es que “la buena macroeconomía” no llegó a la microeconomía. Tengo una mala noticia: llegó. Esta macroeconomía genera esta microeconomía. Llegó hace rato. El tema es si nosotros seguimos mirando la realidad con los anteojos de los enemigos.
Porque son enemigos: esa es otra cosa que me parece que en algún momento hay que decir, ¿no? Quienes quieren llevarse puesta la vida de las personas para hacer maquilas son enemigos. Y está claro que la función de una empresa es maximizar su beneficio. Bueno, la función del Estado es proteger a las personas. Y componer los intereses, porque la otra cuestión que yo creo que hay que discutir es este asunto de la “racionalidad” o “no racionalidad”. Resulta que no solo nos hacen mierda, sino que nos dicen que somos “irracionales”. Yo creo que la racionalidad es una construcción: lo que realmente ocurre es que la sociedad está llena de intereses, que los intereses bien expresados generan razones y esas razones generan racionalidades, con “s” al final. Porque, si uno se sienta con un empresario o con una persona del campo, claro, todo lo que dice está muy bien argumentado, muy bien fundamentado; el asunto es que también hay otra racionalidad, que es la racionalidad popular. Y esa racionalidad rara vez encuentra quien la quiera representar en las discusiones. Y la función de un gobierno, creo yo, es componer, entre todas las racionalidades, algo que no es la intersección, porque no hay intersección. Muchas veces entran en conflicto, son antagonistas esos intereses, y, por lo tanto, esas racionalidades. Y en ese camino no hay que aceptar esta idea de que hay una sola racionalidad. ¿Cómo va a ser la misma racionalidad la del dueño de una empresa petrolera que la de una pareja que lleva su vida y ha pasado un montón de dificultades y le cuesta mucho llegar a fin de mes? Bulgheroni –creo que es la persona más rica argentina, si no le pega en el palo– dice: “bueno, ahora viene un periodo de mucho dolor”. Y la única pregunta importante en economía es ¿para quién? El resto es todo cuento. La única pregunta importante, la sabiduría popular, es ¿para quién?
Toda esta sensación de estos días de alivio, que seguramente atraviesa a muchos de nosotros, quizás por alguna situación de que tenían que pagar algo, dólares o alguna dificultad, es un falso alivio. Esto agrava el problema. No es solución de nada, todo este paquete de ayuda. Y me parece que también tiene que invitar a pensar en qué mundo estamos viviendo. Porque en el 2001 había una situación similar con el problema del dólar, y por 1500 millones de dólares el Fondo Monetario le soltó la mano a Argentina y pasó lo que ya todos sabemos. Bueno, hoy no fue igual. No le soltaron la mano, porque vivimos un mundo en el cual está disputada la hegemonía global. Y esa disputa hace que la estrategia del imperio dominante sea buscar dónde junta. Sobre todo, porque Argentina en el mundo que viene va a ser más importante de lo que fue los últimos cuarenta años.
En el mundo que viene vamos a ver cambios impresionantes, no solo en las cuestiones informáticas, que están más claras. Claro, al pobre profesor que no sabe qué hacer con sus alumnos y sus celulares le pasa lo que me pasaría a mí: no somos nativos en este mundo, somos casi fantasmas atravesando un mundo que ya no existe. Muchos de nosotras y nosotros. Y es muy difícil esa situación cuando hay que intervenir en la realidad. Cuando hay que intervenir en lo que sucede. Vieron que en las películas siempre hay un consejo de ancianos: ¿por qué existe el consejo de ancianos? Porque los cambios tecnológicos tenían una velocidad tal que quien más sabía era el más viejo. Por primera vez vivimos en un mundo en el cual la experiencia y el manejo de la tecnología están disociados cien por ciento. Entonces, todos tenemos más para aprender que para enseñar. Por eso me parece tan emocionante participar de este encuentro. Pero en este mundo va a haber cambios también en las cuestiones que nos parecen obvias. Por ejemplo, en la logística y el transporte: nosotros estamos acostumbrados a vivir en un mundo en el cual todo el transporte pasa por los canales, ¿no? El canal de Suez, el canal de Panamá, por ahí circula el transporte. Yo estoy convencido de que en los próximos veinte años esto no va a ser más así. Vamos a tener un comercio circulando por los polos, por el mar Ártico y por el mar Antártico. Ya se abrió la ruta al norte. ¿Por qué Trump pelea por Canadá y Groenlandia? No es un capricho de un loco: está ya viendo esta situación en la cual, por motivos ambientales, porque bajó la cuota del agua, porque cambió la navegación, porque funciona la racionalización de otros, por un montón de motivos, vamos a ver un cambio. Y, sobre todo, porque hoy el principal centro de consumo ya no es más el eje Norteamérica-Europa, sino que está en Asia. Entonces, el costo del transporte también es distinto en ese sentido.
Yo creo que vamos a ver cosas insólitas, que no nos tienen que nublar la vista. Entre esas cosas, hace rato vengo pensando que están intentando partir Argentina en tres. Hace unos años me miraban con cara de loco. Ahora también [risas]. No, ahora un poco menos, porque ya de hecho tenemos la república del litio, la república de la soja y la república de los hidrocarburos. Y el DNU 70, más el RIGI, más la visión de Patricia Bullrich generando conflictos que no existen donde tiene que proteger al capital, tratando de militarizar internamente zonas de Argentina, tienen que ver con esto. Porque nadie puede creer el cuento de la guerrilla mapuche-iraní: eso tiene que ver con poner el Ejército ahí para cuidar la cuestión de las inversiones extranjeras petroleras. Entonces, me parece que a veces estamos tan metidos en la discusión macroeconómica que perdemos la dimensión política internacional y la dimensión de la vida, que son, me parece, los dos polos desde donde pensar qué es lo que tiene que hacer un gobierno que pretende defender a las mayorías.
Ahora ¿todo esto con qué se come? Se come modificando cosas. Yo creo que Argentina tiene una constitución que no le sirve. Nosotros tenemos una constitución del Consenso de Washington, hecha en tiempos del Consenso de Washington. ¿Qué es el Consenso de Washington? Los diez puntos que decidieron en Estados Unidos lo que todos los países teníamos que hacer sin ningún consenso para dominarnos. Acá cada tanto aparece alguien que dice que ahora los que están en el Fondo son buenos. Yo no sé si son buenos o malos, yo no divido el mundo en buenos o malos; yo creo que hay intereses, la cuestión de bueno y malo es para los amigos. El Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, incluso las Naciones Unidas, son herramientas de Estados Unidos para imponer el patrón dólar al resto del mundo. Entonces, ahí no puede haber cosas buenas para la Argentina. No puede haber. Si uno mira la historia, Perón no entró al Fondo, Argentina entró en la Fusiladora de la mano de [Raúl] Prebisch. Mirá que en Argentina los prestigios se construyen de una forma curiosa… Porque después, ¿quién fue el primero que aplicó las políticas del Fondo? [Arturo] Frondizi. Todos los prestigiosos tienen derroteros extraños en mi país. No puede haber algo bueno del Fondo Monetario para la Argentina. Lo único bueno es sacárselo de encima, como hizo Kirchner, y seguir yendo a decir lo que hay que decir. Pero ahí no hay nada, porque las políticas de Fondo son las que se aplicaron en el África después de la descolonización en la década de 1960, en el sudeste asiático también después de su descolonización, en América Latina en tiempo de los golpes de Estado.
Lo que tenemos que hacer es pensar autocentradamente nuestras políticas. Por eso hay un eje central, que es qué vamos a hacer con la deuda. ¿Qué vamos a hacer con la deuda? Hay que estar dispuesto a negociar con todas las cartas encima de la mesa. Y una carta, también, es decir: “no vamos a pagar”, “en estas condiciones no vamos a pagar”. Es una carta, porque, cuando en Estados Unidos el Norte le ganó al Sur la guerra civil y pasó a ser una sola entidad jurídica, esa entidad jurídica tenía todo lo que tenían los dos. Pero ¿saben que dijeron? “No vamos a pagar la deuda que contrajo el Sur, porque la usó para comprar armas y para sostener la esclavitud” y la declaró “deuda odiosa”, esa fue la palabra que se usó, y no la pagaron. Bueno, yo creo que Argentina también tendría que hacer algo similar. Cuando Estados Unidos ocupó Irak y derrotaron a Saddam Hussein, pusieron un administrador norteamericano al frente del gobierno de Irak y le dijeron a Francia, Alemania e Inglaterra: “no le vamos a pagar la deuda, porque usaron esa plata para sostener a Saddam Hussein”. Entonces, ahora es deuda odiosa. Me parece que tenemos que pensar esto. La “racionalidad” es siempre mentira. Porque miren, cuando en el 2001 le soltaron la mano al gobierno de Argentina, vino toda una parafernalia universitaria de Estados Unidos para explicar por qué había que soltarle la mano. Se llamaba (porque son siempre palabras) “riesgo moral”, porque decían: “si ayudamos a Argentina, eso va a hacer que el resto no pague”. Con teoría y la mar en coche, demostraban que no había que ayudar a Argentina, y no la ayudaron. Resulta que, siete años después, los que no podían pagar la deuda eran los bancos, los grandes bancos, Lehman Brothers. Y ahí muchos nos pusimos a mirar: “uy, se les viene el riesgo moral encima”. Y dijeron: “no, hay otra teoría que en este momento es mucho más importante”. La misma universidad sacó el “too big to fail”, “muy grande para caer”. Entonces, salvaron a los bancos. Suponer, por lo tanto, que hay una ciencia económica es una chantada: lo que hay son intereses.
Y nosotros tenemos que poner los intereses populares primero. A mí no me digas cómo, pero financiame la educación pública. Nosotros queremos educación pública, gratuita, universal. A mí no me digas que los clubes de barrio tienen que pagar las tarifas de luz que tienen que pagar. Y ahí viene otro tema. Así como creo que tenemos una Constitución que no le sirve a Argentina, yo creo que todos los servicios públicos tienen que estar en manos del gobierno. No alcanza con decir “hay que tener inversores argentinos”. Porque el problema es tenerlo sujeto a la lógica comercial: una vez que vos tenés un socio y le tenés que rendir cuentas al socio, sobre todo si ese socio emite acciones que cotizan en otros países… YPF, bueno, se dio un paso muy importante, pero insuficiente. Insuficiente. Nosotros necesitamos que estén manos del Estado argentino, porque las tarifas de los servicios públicos no pueden ser una variable de decisión empresarial de maximizar beneficios: son un vector de desarrollo o no de un país. Un país que no tiene comida barata y energía barata es un no-país, está sujeto a lo que las empresas quieren hacer con él.
Estas son las cosas que nosotros tenemos que exigir. ¿Cuál va a ser la actividad económica en mi ciudad, en mi barrio? ¿Cómo vamos a hacer para producir y trabajar en nuestro lugar? “Ah, no, porque sale más barato hacer eso afuera”. ¿Sabes qué pasa? Si traemos todo lo que sale más barato hacer afuera, no va a haber quién pueda comprarlo. Pero además vamos a estar ayudando a que haya chiquitos que trabajan por dos monedas en esos países que hacen más baratas las cosas para que se vendan acá. La responsabilidad de un país, de la sociedad, de la comunidad, es cuidar todas estas cuestiones. Y es probable que sea un poco más caro; pero va a haber quien lo pueda comprar, porque va a tener un trabajo y va a poder llevar a la mesa de su casa todas estas cuestiones.
Nosotros vivimos en un país que, desde el nacimiento de esta corta democracia, la tiene condicionada. Tenemos un poder judicial que atravesó la dictadura genocida cívico-militar sin despeinarse y sigue: es el único poder de la Argentina que no se renovó, junto con el poder empresarial, que también fue parte de la dictadura genocida, muchos de ellos. Pero esa democracia débil hoy tiene una cuestión adicional, que es la proscripción a muchas y muchos –porque para llegar a Cristina yo siempre quiero recordar a Milagro Sala y a Julio de Vido, de mínima–. Pero, con la principal dirigente política de un país proscripta, no puede haber paz política. No puede haber paz política, porque incluso quien gane representándonos a nosotros no puede estar en paz. En la Argentina, Perón estuvo proscripto dieciocho años: en ese periodo hubo golpe de Estado, pero hubo también un presidente que llegó en acuerdo con Perón, Frondizi, y no pudo terminar; y hubo un presidente que llegó en contra de Perón, Ilia, y no pudo terminar. Un país con una proscripción política de ese tamaño no tiene paz política, no va a tener paz política. Y esto cabe para ajenos y propios –la palabra “propios” me parece horrible: los que estén de este lado y los que estén de aquel lado–. Hay que entender que es una situación que tiene que formar parte de la campaña y de la discusión política. Seguramente, habrá otras opiniones; pero, por el bien común, una democracia con semejante nivel de prostitución me parece que es una democracia muy débil. Y para que la educación pública tenga fondos, para que la salud pública tenga fondos, para que tengamos una universidad donde puedan ir todos y todas, para que las tarifas sean pagables, para que se generen puestos de trabajo, para que las jubilaciones valgan la pena, hay que tener ética. Muchas gracias.

