La transformación de Medio Oriente sigue en marcha y se encuentra en su pico crítico. Desde la caída del régimen de Bashar al Asad en Siria, a finales de 2024, Estados Unidos e Israel desplegaron un plan integral para consolidar su hegemonía en la región. Pero todavía más: ambos actores intentan reconfigurar Medio Oriente en base a la aniquilación total de sus “enemigos” y convertir a ese territorio multiétnico y multireligioso en una gran base de operaciones de Occidente.

Esta política impulsada por Washington y Tel Aviv hoy se muestra descarnada. Donald Trump y Benjamin Netanyahu conforman una dupla que tiene como objetivo la destrucción de cualquier rastro díscolo o rebelde en Medio Oriente. Si esa calificación recae sobre Hamas, Hezbollah o Irán, deben ser eliminados. La tierra arrasada con la que sueñan el presidente estadounidense y el primer ministro israelí tiene su origen en la convergencia ideológica que conforman el sionismo, el neoliberalismo y las vertientes más conservadoras del pentecostalismo norteamericano. A esto se suma la voracidad por ganancias, uno de los pilares del sistema estadounidense. Las ganancias generadas durante décadas en base a la ocupación e invasión de países son el principal activo de Israel, que anualmente recibe miles de millones de dólares de Washington sin tener que justificar su gasto con absolutamente nada. Al fin y al cabo, el régimen de Tel Aviv es un gran portaviones implantado en Medio Oriente con el aval de Estados Unidos y las potencias europeas.

La consolidación de la hegemonía estadounidense e israelí choca con varios factores. Ejemplo de ello es la guerra desatada contra Irán —que ahora se encuentra en un frágil impasse. La furia militar de Estados Unidos e Israel contra el régimen de los ayatolas se encontró con una defensa cerrada y masiva por parte del liderazgo iraní. Trump y Netanyahu lanzaron un ataque militar que no logró ninguno de sus objetivos más cercanos (que el gobierno iraní y sus fuerzas armadas se desplomaran en apenas unos días), ni tampoco reducir la capacidad armamentística del país. Por su parte, el Estado iraní demostró una capacidad militar eficaz y flexible, y dejó en claro que una incursión por tierra de las tropas estadounidenses convertirían al país de mayoría persa en un nuevo Vietnam. Por ahora, los únicos triunfadores en la primera gran guerra del siglo XXI son la clase dirigente iraní —tanto sus representantes políticos, religiosos como castrenses— y, desde el otro lado del Atlántico, las principales compañías del complejo-militar industrial norteamericano.

La guerra contra Irán llevó a Trump a una trampa planificada por él mismo. Luego de rendirse por completo ante la presión israelí para invadir Irán, el presidente estadounidense no solo aprobó un ataque que no alcanzó ninguno de sus objetivos, sino que esmeriló su figura ante el electorado nacional y aisló diplomáticamente su nación. Como bien definió Javier Biosca Azcoiti en un artículo reciente: “Los líderes estadounidenses ya mostraron su desconocimiento del liderazgo iraní al pensar que, matando al líder supremo y otros altos cargos en una estrategia de decapitación, el sistema caería solo. Pero Irán no es la dictadura hiperpersonalista que muchos pensaban, sino que su estructura descentralizada con nodos de poder paralelos en equilibrio constante (principalmente clérigos, políticos y militares) permitieron al régimen seguir funcionando sin sus máximos dirigentes. Lejos de debilitarlo, muchos expertos señalan que Estados Unidos lo fortaleció”.

La crisis interna en Irán —donde la desocupación, la pobreza y la fuerte represión interna quedaron en evidencia en las masivas protestas de principios de 2026— fue leída por Washington y Tel Aviv como la punta de lanza para derrocar al régimen. El resultado, hasta ahora, fue totalmente el contrario. A su vez, la dupla estadounidense-israelí intentó utilizar la “carta kurda”. El pueblo kurdo en Irán está conformado por entre diez y doce millones de personas. Los partidos políticos kurdos y sus brazos armados, que están ilegalizados y perseguidos en Irán, rechazaron de forma clara participar como “tropa terrestre” para respaldar los planes occidentales.

Al mismo tiempo, los aliados de Estados Unidos en Medio Oriente sintieron el poder militar de Teherán. Las monarquías del Golfo Pérsico —salvo Omán— se convirtieron en blanco de una tormenta de misiles iraníes, una operación que asombró por su precisión. Frente a esto, Washington apenas reaccionó ante el pedido de sus socios monárquicos de desplegar una defensa eficaz. Aunque a primera vista las relaciones de Washington con las monarquías del Golfo quedaron resentidas, los jeques de esos países mantienen una relación histórica con Estados Unidos que, a corto plazo, es difícil que se modifique. También hay que tener en cuenta el proceso de “normalización” de esas monarquías con Israel, un activo importante tanto para Tel Aviv como para la mayoría de los países del Golfo, que permite jugosos negocios y, en paralelo, sostener un bloque de confrontación contra el denominado “Eje de la Resistencia” conformado por Irán, Hezbollah (en Líbano), Hamás (en Palestina) y el movimiento huti (Ansar Allah en Yemen).

La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán dejó, hasta ahora, algunas coordenadas para tener presentes. La primera es la confirmación de que el sistema internacional tal como lo conocíamos está prácticamente obsoleto. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) es apenas una cáscara vacía del derecho internacional y su capacidad de intervención está casi extinguida.

El segundo punto es que la brutalidad como política de Estado se encuentra a la orden del día. El genocidio que Tel Aviv comete en la Franja de Gaza y la actual invasión en el sur de Líbano (con miles de desplazados y cientos de personas asesinadas) sintetizan la ideología permanente de la clase dirigente israelí. Esta política siempre tiene el aval de Estados Unidos, ahora sin matices con la administración Trump.

El tercer punto es el nivel de resistencia de Irán, no solo en el plano militar, sino en su capacidad política para sostener a un régimen que logró, al menos a primera vista, abroquelar a una parte importante de la sociedad a su alrededor. Si en Irán las protestas populares se vienen acrecentado desde hace años, la guerra desatada por Trump y Netanyahu generaron una situación contraria a la que esperaban. Además, Teherán demostró su fortaleza para afectar la economía mundial al bloquear el estrecho de Ormuz y generar el aumento de precio en el barril de petróleo.

Por último, existe un tímido movimiento de los gobiernos europeos por despegarse de Estados Unidos, ya que el ataque masivo contra Irán solo tiene coherencia en la mente alucinada de Trump y en el expansionismo explícito de Netanyahu. Por su parte, China y Rusia observan expectantes el desenlace final para reacomodar sus fichas en Medio Oriente. Los golpes que en la actualidad se autoinflinge Washington pasan directamente a la columna del haber de Beijing.