Un empate técnico con las características del siglo XXI. Así se puede definir el resultado de la guerra relámpago entre Israel e Irán que estremeció –otra vez– al mundo. En los doce días que duraron los bombardeos cruzados, quedó al descubierto la nueva realidad que atraviesa el planeta.

Los contendientes se adjudicaron un triunfo abstracto. En el medio, el autoproclamado juez de este conflicto bélico, Donald Trump, desnudó su más profunda patología de cómo concibe el mundo: el presidente estadounidense terminó de dinamitar cualquier instancia internacional para dirimir tensiones, conflagraciones o enfrentamientos entre Estados. Trump fustigó y amenazó a Irán, dijo que “reflexionaría” dos semanas sobre las medidas a tomar, apenas veinticuatro horas después ordenó tres bombardeos contra el territorio iraní y a continuación sentenció que la guerra se había terminado gracias a su gestión. En este último punto, por supuesto, obvió cualquier instancia internacional y ni siquiera propuso la firma de algún tipo de acuerdo, armisticio o alto el fuego permanente. Si existió un registro por escrito, fue el mensaje publicado por Trump en su propia red, Truth Social, y luego replicado en el resto de las redes sociales.

Los doce días de guerra dejaron en evidencia que el sistema internacional que conocíamos –con la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como eje principal– quedó prácticamente desactivado. Para los poderosos es algo para festejar. Para el resto del mundo es la confirmación de la desprotección casi total en la que sobrevivimos. Desde hace mucho tiempo, la ONU se parece cada vez más a una cáscara vacía que no puede ni mediar ni poner límites a quienes violan los derechos básicos de la humanidad. El genocidio que comete Israel en la Franja de Gaza es el ejemplo más descarnado.

En un artículo publicado semanas atrás en La Tinta, el analista internacional Gonzalo Fiore Viani explicó que, mientras caían bombas en ambos países, “la comunidad internacional –esa entelequia a la que se apela cuando ya no hay nada más que decir– apenas alcanza a emitir comunicados pidiendo ‘moderación’. Ni Rusia ni China van a mover un dedo. Moscú está atrapada en sus propios frentes abiertos, y Pekín entiende que este no es su conflicto. La gran potencia asiática apuesta a la estabilidad, no a las aventuras. Aunque ambos actores expresen su repudio al bombardeo de instalaciones nucleares, saben que intervenir no solo sería costoso, sino inútil. El unilateralismo norteamericano demostró que sigue intacto. A veces agazapado, pero nunca dormido”.

La definición de Fiore Viani es difícil de digerir, pero muestra la deriva mundial a la que apuestan las expresiones de la ultraderecha capitalistas. También revela las inconsistencias de los progresismos, atrapados –o cómodamente ubicados– en propuestas que oscilan entre la repetición de un capitalismo que ya no es y el derrotismo liso y llano.

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El Estado de Israel, dirigido con mano de hierro por Benjamín Netanyahu, es el principal responsable de la guerra con Irán. Las excusas israelíes y estadounidense para desatar los bombardeos fueron varias, pero la más insistente es que el régimen de Teherán intenta producir armamento nuclear. No importó que el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), una agencia de la ONU, negara esta posibilidad. La sombra del Irak de 2003 sobrevoló Irán durante varios días. En aquel momento, la “excusa” de las armas de destrucción masiva que, según la Casa Blanca, producía el régimen de Sadam Husein abrió las puertas para una invasión demoledora contra los pueblos de Irak.

Tel Aviv y Washington machacaron una y otra vez que su objetivo era destruir plantas de energía atómica iraníes y, si eso no alcanzaba, invadir el país. La respuesta militar de Irán fue masiva y demostró el poderío de la República Islámica. Mientras Estados Unidos, Irán e Israel desplegaban sus fuerzas militares para mostrar sus capacidades no sólo militares, los civiles muertos aumentaban.

El gobierno de Netanyahu también esgrimió que los bombardeos contra Irán permitían defender la “seguridad interna” de Israel. Esta justificación se repite una y otra vez en el Estado israelí, sea quien sea el primer ministro de turno. El sionismo, ideología sobre la que está fundado Israel, es profundamente racista y colonizador, pero mediante un sostenido trabajo de propaganda y complicidades se presenta como una víctima de los gobiernos y regímenes árabes que rodean a Israel. Sin embargo, es el Estado israelí quien comete un genocidio en la Franja de Gaza, mantiene cada vez más encarcelada a la población palestina de Cisjordania, ocupa ilegalmente zonas de Líbano y Siria (países que además bombardea) y –pese a su retórica de victimización– ha normalizado sus relaciones con países como Emiratos Árabes Unidos (EAU), Marruecos, Sudan y Baréin.

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La guerra entre Israel e Irán tiene una fecha de inicio precisa: el 8 de diciembre de 2024, cuando cayó el régimen de Bashar al Asad en Siria. Con la salida precipitada de Rusia del territorio sirio y el avance de los yihadistas de Hayat Tahrir al Sham (HTS) sobre Damasco, Estados Unidos y su principal aliado en Medio Oriente vieron una oportunidad histórica: avanzar con la imposición de su hegemonía compartida sobre la región, luego de varios años de disputas entre Moscú y Washington, en los que Teherán también buscó ampliar su influencia. La presencia de milicias sostenidas por Irán en Siria e Irak demuestran que el régimen de los ayatolas siempre tuvo como objetivo expandir su concepción político-ideológica hacia otros países. Irán, al fin y al cabo, es una potencia regional, con aspiraciones de poder y control, que busca reproducir su concepción capitalista del Estado y el territorio.

El enfrentamiento entre Israel e Irán no terminó. Nadie sabe con exactitud cuándo puede estallar otra vez. Lo que es claro es que las políticas militaristas y coloniales que parecen estar en auge perfeccionaron sus herramientas para expandir su poder. No es casual que a finales de junio, los treinta y dos países de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) aprobaran elevar los gastos militares al 5% de su PIB para 2035. Aunque la excusa de esta medida es la “amenaza a largo plazo que representa Rusia”, en la alianza atlántica saben que, en un mundo donde el derecho internacional y la legislación surgida desde la ONU están heridos de muerte, la imposición de la fuerza es un camino que hay que asfaltar con rapidez.

Ni la guerra entre Israel e Irán, ni muchas de las conflagraciones bélicas en curso son hechos que beneficien a los pueblos más humildes. En la selva capitalista en la que vivimos, la fuerza bruta parece que es la nueva y peligrosa moda. Pero, como bien sabemos, la moda no es vanguardia.