La escena resulta, cuanto menos, grotesca. Más propio de un circo de fenómenos. Un freak show.

Mientras Colombia apenas comenzaba a contabilizar las víctimas del terremoto de magnitud 7,4 que golpeó el occidente del país el 10 de agosto, el flamante presidente Abelardo de la Espriella aparecía sonriente ante las cámaras, lanzando besos, saludando exultante. La tragedia ya había dejado cientos de muertos, miles de heridos y una emergencia de dimensiones nacionales, pero el hombre parecía estar en un cumpleaños.

La extravagancia presidencial no terminó allí y ya no debería causar sorpresa.

Acorde a los tiempos que corren: un showman, atento a lanzar frases incendiarias, como aquella de que su objetivo era “destripar” a la izquierda. De la Espriella ha sido abogado de paramilitares acusados de violaciones a los derechos humanos y de personajes del hampa y la farándula. Además, ha declarado su admiración por mandatarios como Donald Trump, Javier Milei, Jair Bolsonaro y Nayib Bukele, de quién dice que copiará aún más radicalmente su modelo de seguridad.

Con el terremoto aún en la retina de los colombianos y como si la tragedia no fuera el foco central, el nuevo gobierno aceleró el giro de la política exterior, que ya había comenzado a delinearse desde su llegada al poder. De la Espriella anunció el reconocimiento de la soberanía de Israel sobre los Altos del Golán, territorio sirio ocupado por Israel desde 1967 y cuya anexión no solo no es reconocida por la comunidad internacional, sino repudiada.

El gesto no es menor. Apenas unos días después de asumir, De la Espriella rompía con la posición que había sostenido el gobierno de Gustavo Petro de condena al genocidio en Gaza y se acercaba a una de las decisiones más peligrosas de Donald Trump durante su primer mandato. Para el mundo árabe, el reconocimiento de los Altos de Golán como israelí es una provocación.

No se trata de un movimiento aislado: la nueva administración también avanzó sobre el conflicto en el Sáhara Occidental, al reconocer la “pretendida soberanía” de Marruecos sobre ese territorio y congelar las relaciones diplomáticas con la República Árabe Saharaui Democrática (RASD). Hace dos semanas, Omer Freixa publicaba en SANGRRE acerca del rol central de Rabat en la llegada masiva de migrantes a Ceuta como forma de extorsionar a España.

La cuestión tiene una particularidad que no debería pasar inadvertida: Naciones Unidas mantiene al Sáhara Occidental entre los 17 territorios no autónomos pendientes de descolonización, entre los cuales, además, se encuentran las Islas Malvinas.

Gustavo Petro cuestionó la decisión y planteó una pregunta que sintetiza la disputa: “Que nos diga Abelardo ¿por qué el único pueblo árabe que habla español no puede ser república independiente y soberana?”.

Respuesta saharaui

Tras este cambio de rumbo drástico de la gestión ultraderechista, dialogué telefónicamente con el embajador de la República Árabe Saharaui Democrática en Colombia, Mohamed Alí Alí Salem, quien cuestionó la decisión del nuevo Gobierno colombiano.

El diplomático calificó como “desafortunada” la decisión de suspender las relaciones diplomáticas con la RASD y sostuvo que esta “contraviene el artículo 9 de la Constitución de Colombia”, relativo al reconocimiento y respeto del derecho de los pueblos a la autodeterminación.

“También da lo que no es suyo a quien no le corresponde”, afirmó el embajador, al cuestionar la decisión del Gobierno colombiano de pretender reconocer soberanía sobre un territorio ocupado y pendiente de descolonización. El Frente Polisario (representante del pueblo saharaui) y el Reino de Marruecos están en guerra desde 2020, un conflicto con poca prensa.

Alí Alí Salem agrega que la medida se contrapone “a los esfuerzos de Naciones Unidas encaminados a solucionar el problema teniendo como base y fin la autodeterminación del pueblo saharaui”.

El representante saharaui expresó su agradecimiento a sectores políticos y sociales colombianos por el respaldo que han brindado a la causa. “En particular, agradecemos a su líder, Gustavo Petro, todo el apoyo a la RASD, su defensa escrupulosa, decidida, audaz y generosa del derecho de los pueblos a vivir y decidir su futuro”, manifestó.

El embajador también reivindicó el papel de la República Saharaui como vínculo entre el mundo árabe, África y América Latina. “Somos el único país árabe de habla hispana. Somos la genuina puerta de entrada para el mundo árabe y África”, sostuvo.

La aguja apunta a Washington

El giro colombiano resulta especialmente significativo porque coloca a Bogotá ante dos conflictos que, aunque separados por miles de kilómetros, comparten una discusión de fondo: qué ocurre cuando un Estado pretende convertir una ocupación territorial en soberanía reconocida.

Desde su llegada al poder, De la Espriella ha planteado como prioridad la recomposición de la relación con Estados Unidos. Su gobierno se incorporó además al denominado “Escudo de las Américas”, iniciativa de seguridad impulsada por Washington basada en los principios de la Doctrina Monroe, que plantean la supremacía y exclusividad estadounidense en el continente.

Colombia ocupa un lugar estratégico para Estados Unidos. Su posición geográfica, su salida al Caribe y al Pacífico, su frontera con Venezuela y su histórico papel en la agenda de seguridad regional convierten al país en una pieza particularmente sensible dentro del tablero hemisférico.

El alineamiento con Washington, el acercamiento a Israel y el respaldo a Marruecos forman parte de una misma orientación internacional: abandonar la mayoría de las posiciones sostenidas durante el gobierno de Petro y recuperar una relación umbilical con Estados Unidos.

El nuevo mapa reaccionario

El giro colombiano es parte de un contagio ultra en toda la región. Las nuevas derechas latinoamericanas vienen construyendo un espacio político transversal. Javier Milei en Argentina, Nayib Bukele en El Salvador, Daniel Noboa en Ecuador, Santiago Peña en Paraguay, José Antonio Kast en Chile, Keiko Fujimori en Perú y ahora De la Espriella en Colombia forman parte de una misma reconfiguración regional: el fascismo está aquí.

Flood the zone with shit es la célebre frase de Steve Bannon, exasesor de Donald Trump y gurú comunicacional de las sectas ultraderechistas. Ocho años después de pronunciada, el deseo escatológico se hizo realidad: “Inundar la zona de mierda”.

Washington vuelve a ocupar un lugar central en ese entramado. La agenda de seguridad funciona como uno de los principales puntos de articulación. Narcotráfico, migración, crimen organizado, China o percepciones varias pueden aparecer como amenazas diferentes según la coyuntura. Pero todas terminan incorporadas a una misma matriz: la seguridad nacional estadounidense.

Y frente a esas amenazas, Estados Unidos desempolva una vieja herramienta: la presión política, económica y militar sobre los gobiernos latinoamericanos. La interferencia abierta de Trump en casi todas las elecciones de la región es un botón de muestra, más aún cuando restan apenas cuarenta y cinco días para los comicios claves en Brasil. Los ataques a Lula ya se hacen sentir.

La Doctrina Monroe encuentra así una nueva remake, adaptada a los conflictos del siglo XXI.

Hay, además, una dimensión simbólica que acompaña el giro. De la Espriella decidió asumir la Presidencia en Cali y no en Bogotá, rompiendo con la tradición de realizar la ceremonia en la capital, frente al Congreso de la República. La escena estuvo marcada por una fuerte presencia militar y por un discurso centrado en la confrontación y la violencia.

Abelardo de la Espriella lleva apenas quince días en la Casa de Nariño, pero sus señales son elocuentes: la brújula se imantó hacia el norte.