No es país para viejos

Hace solo dos meses que regresé de España. Desde entonces muchos acontecimientos políticos se fueron hilvanando día tras día como por inercia. El hallazgo del cuerpo de Santiago Maldonado, la detención de Amado Boudou, la desaparición de un submarino, el asesinato de Rafael Nahuel y hoy 7 de diciembre amanezco con la incorrecta detención de un grupo de ex funcionarios kirchneristas. Salgo para registrar con mi cámara la Marcha de la Resistencia, previo recorrido por San Telmo. Camino por Defensa y me refugio en la pizzería Pirilo. Me zampo una fugazzetta mientras contemplo un poster anticuado donde un futbolista promociona unos botines diciendo “En Europa no se consiguen”. Lo que hoy no se consigue en Europa son pizzas como las de Pirilo. Doblo por Moreno hacia Bolívar. Llego a la esquina y me sorprende el insólito uniforme de un policía de la Ciudad. Sinceramente percibí cierta nostalgia costumbrista por el azul federal. Por la vereda de enfrente transita un torbellino de colores. Hay un amplio contraste entre una vereda y otra. Fin de curso del Colegio Nacional Buenos Aires. Cruzo un vallado. Penetro en un microcosmos aunado por risas y abrazos, con senos sueltos, cuerpos pintados y besos profundos. Una estigmatización me hace resguardar la cámara en la mochila. Esperaba un topetazo de pintura o chorro de vino espumante sobre la lente. Nada de eso sucedió. Saco la cámara. Enfoco, posan, ríen con espontaneidad.

Compañeros y almas gemelas ególatras de su espacio se envuelven y se desenvuelven. Arman y desarman a su antojo un arcoíris propio experimentando su particular epifanía, invitando a extraños a ser convertidos por un acid house arrollador donde los cuerpos hablan por sí solos: “vive y deja vivir”. Un bálsamo urbano que no va ser reproducido por ningún prime time de la tarde.

A solo doscientos metros, Plaza de Mayo. La marcha arranca con una pancarta que expresa “La falta de trabajo es un crimen que alguien debe pagar”. Las madres revueltas pero no juntas. La ronda, los cantos, las banderas. No saco fotos. Cada vez que encauzo la cámara intuyo que alguna vez esa imagen ya la hice. Retrocedo. Me detengo en el Cabildo. Amago una panorámica desde Bolívar hasta la Pirámide de Mayo. Regreso al Nacional. Apunto a una pareja de jóvenes que se besan como si fuera el último de día de su existencia. En la Argentina de hoy tal vez lo sea. Disparo con la contradictoria sensación de que ya no es país para viejos.

 

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