Tanto mar

Pasó de todo. En los últimos días todos los momentos fueron puros y desconocidos a la vez, como en los comienzos. Una chica del Centro Cultural y Alejandro, un hombre pelado que trabaja con ella en atención al público, me vinieron a ver al quinto piso el sábado. Era tarde. Ella se llama Karina y a veces tomamos juntas el tren porque va para el sur. Yo le había preguntado hace un tiempo si no necesitaban gente en el área de ellos; el sueldo es casi el mismo, pero “no bancaba más el mundo Impecable” le había dicho y se rió. Alejandro no era muy alto, me habló de un proyecto que iba a empezar a funcionar en un par de meses. Su mujer, que era brasilera, reabría una posada en un lugar llamado Arraial do Cabo; se había enterado por Karina que yo buscaba otro trabajo, que no tenía pareja ni hijos, si estaba dispuesta a viajar él podía recomendarme como ayudante. “Está buscando a alguien, así que llamala a principios de semana por la noche”, dijo. “Gracias por tenerme en cuenta”, murmuré y anoté el número. Alejandro se fue.

La cara que tendría yo que Karina se empezó a reír mientras me respondía: Arraial do Cabo quedaba cerca de Rio de Janeiro. El trabajo no era temporario y tampoco necesitaban que hable portugués. La mujer de Alejandro necesitaba alguien joven y responsable “que esté dispuesto a empezar de cero y tenga ganas”, le habían preguntado y a ella le parecía que yo era ideal para el puesto. La posada se llamaba Tanto mar, un lugar hermoso, “googleealo y vas a ver”, decía. La llamaron por el handy y se fue al segundo piso, ya daban puerta. Yo quedé sola en el auditorio 511, sentada en el escenario con la franela apretada en la mano. ¿Irme? ¿Brasil? ¿En cuánto tiempo? ¿Qué tenía que hacer si no necesitaban el idioma? Seguro era para limpiar otra vez, por eso pensaron en mí, ¿no? …Igual, cuando llamase ya habrían encontrado a otra persona, y además de dónde iba a sacar yo plata para irme. No tenía que ilusionarme.

Busqué en Google: aparecía en Booking como Pousada Tanto Mar, B&B, Arraial do Cabo, Estado de Rio de Janeiro, Brasil. Era un lugar soñado, en la punta de una bahía, la vista increíble, con pocas habitaciones, pileta y un lugar de estar grande para dar el desayuno. Hasta que fui a cambiarme para fichar no hice otra cosa que pensar en ese lugar, en mí, en cómo ordenar esto que había venido a cambiar todo. O nada. Faltaban dos días hasta el lunes, Karina había oído decir que Valeria, la esposa de Alejandro, tenía fama de estar siempre ocupada yendo de una ciudad a la otra y arreglando mil detalles.

La vuelta en tren pasó volando, llegué a casa y estaban mis viejos sentados mirando la tele. Habían pedido pizza, sobraban dos porciones por si quería, tomaban cerveza, los chicos dormían. Me senté y largué todo el rollo de lo de Brasil. Me reía mientras lo contaba: “¿No es increíble? Está loca esta piba Karina, ¿mirá que voy a ir a trabajar a Brasil?”, les decía. Contárselo a mis viejos era como terminar de tirar la pelota fuera de la cancha, iban a coincidir conmigo: era una locura todo el plan, algo imposible de hacer. Contárselo a mamá sobre todo, que era la máquina de desactivar cualquiera de mis “delirios” como ella llamaba históricamente a mis planes. “¡Cuando llames, vas a darte cuenta si es para vos o no!” me dijo, “Además nosotros podemos ayudarte con lo del pasaje, ¿no?”. Papá levantó las cejas, conocía varios hijos de compañeros del taller que estaban viviendo afuera y les iba bien. Quedé muda. Mamá trajo un plato con la pizza y otro vaso para cerveza. Me acarició el pelo mientras se sentaba y comentaba con papá las fotos de la posada.

Me fui a acostar intentando descifrar cómo sucedieron las cosas. Parecía un juego, un misterio. Algo estaba en claro, a mis viejos les costaba menos confiar en mí que a mí misma, creían que a mi edad uno puede darse algún lujo, incluso el de perder el tiempo. No lo hubiera sospechado jamás, resultaba que su estilo realista o pesimista no llegaba hasta sus hijos: era exclusivo de sus cosas, en sus charlas, sus críticas al mundo, pero no lo extendían hasta mí. Yo podía arriesgar, perder el laburo actual, ahí podían dar margen. Lo tomaban tan naturalmente, como si fuera parte de una tradición, incluso le daban acento como si en ese permitir estuvieran enseñando algo, pasando una antorcha. Pensé en eso y supe que lo iba a recordar por muchos años: no hacía falta ser tan infeliz.

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