La mesa del bar

Solo faltan dos horas de clase para salir del colegio. Es miércoles y tengo fútbol. Desde que nos dejan usar la notebook en la clase de Inglés estoy empezando a escribir más y a escuchar menos a la profesora. Creo que igual la escucho, todo el tiempo, y ella se escucha a través de lo que escribo. No solo ella, sino también mis compañeros de clase, algunos perdidos en la incertidumbre del pizarrón verde y otros en las pantallas de sus celulares.

Sentarme a escribir sin pensar, sobre todo cuando tendría que estar haciendo otra cosa, es el momento en que me escapo. Tengo que estar acá hasta las 16:45, pero si busco otros lugares para recorrer puedo inundar el tiempo ocioso en el colegio y darle la vuelta a todo esto.

El fin de semana fui a Temperley después de dos meses de no ver a Augusto H. Hacía un tiempo que a todos los audios y las fotos que le mandaba recibía un visto, una carita o ni eso. Después, cuando se le ocurría a él, una demostración de amor totalmente colgada que me llenaba de felicidad y me daban energías para seguir mandándole cositas lindas por otra semana más. Cuando lo vi la última vez le dije que nuestra relación me hacía sufrir. Se lo dije después de dar algunos rodeos, después de intentar que me dijera algo lindo. Pero él solo me miraba y me agarraba la mano fuerte, sin poder decirme nada.

Cuando nos levantamos de la mesa del bar agarré mi mochila y me fui a la estación de tren. El plan era quedarme a dormir con él –ya le había mentido a mi mamá y todo–, pero no pude: mis ganas de llorar y mi enojo conmigo misma por no darme cuenta antes me ganaron. Me levanté de la mesa del bar y me subí al primer tren que vino, aunque con el servicio lento iba a llegar a capital de noche.

Entrando a la ciudad me sentí de vuelta en mi casa, me di cuenta de que no tenía que ir más hasta allá para estar con él y en un punto me sentí liberada. La estación de Constitución el sábado a la noche se enciende de personas que van a pasear y de personas que vuelven de pasear, de gente que va a trabajar y de gente que vuelve de trabajar. De familias, de grupos de amigos, de gente sola. Me escabullí entre los que querían subir al tren y me fui buscando el subte C. Miré el celular y me había quedado sin batería. Como ya le había avisado a Romi que mi vieja pensaba que yo estaba con ella en su casa, me fui para allá.

Desde ese día, Augusto H no me había vuelto a hablar y yo tampoco quise hablarle a él. Eliminé su contacto de todos lados, para no tentarme, y sus fotos de mi celular. También borré las que me había sacado él. Así, con 0 MB a su nombre, seguí enchufada a la vida de todos los días. Colegio, fútbol, amigas, fiestas, familia, colegio.

Hace una semana estaba buscando unos ejercicios de matemática abajo del banco y encontré que en el eje donde se cruzan X e Y había dibujado un corazón. Me acordé de él: ¿por qué no puedo olvidarlo cuando pongo delete? Fue un impulso: busqué una canción de Moby que me gusta mucho y la agregué a la lista de Youtube que compartimos cuando hacés eso, a la otra persona le llega una notificación en el momento. Después, él subió otra canción a la lista. De nuevo, impulso: le mandé un mensaje al Hangouts (su única dirección que no había borrado).

En mi banco de colegio escribiendo esto, mirando a la profesora de inglés escribir condicionales de tercer tipo (contrafácticas) en el pizarrón –yet again–, pienso que al menos por dos meses más no le voy a volver a escribir. Pero sí, quizás, lo voy a volver a seguir en Snapchat.

Share on FacebookShare on Google+Email this to someonePrint this pageTweet about this on Twitter