La cultura del barrio

Villa Crespo es vertical. Las chimeneas de las épocas fabriles y las torres de departamento hacen que se extienda a lo alto. Las manadas de perros que llevan los paseadores inundan el espacio de ladridos, las fachadas de los edificios hacen de megáfono y el ruido, también, sube. En este barrio, dentro un edificio de dos pisos de una ex fábrica sobre la calle Murillo, el Club Social La Cultura del Barrio recrea la cercanía de lo bajo. “Formamos parte de una cultura callejera que tiene las raíces de la clase laburante y tratamos de mantenernos sobre ese eje, de ser un espacio para esa clase”, explica Luis, uno de los referentes de la experiencia. “Para nosotros hoy sería muy fácil, por donde estamos ubicados, por la gente del barrio, por la cercanía con Palermo, hacer algo muy distinto y nos iría ‘bien’; pero nosotros tenemos nuestra identidad, formamos parte de la cultura skinhead en Argentina y la sostenemos desde nuestras prácticas y nuestras formas”.

La Cultura del Barrio se transformó en el primer Club Social y Deportivo Skinhead Antifascista de América Latina. Comenzó a gestarse en 2011 cuando tuvieron su primera sede en el barrio y desde hace dos años alquilan el edificio de la ex fábrica. “Ahora que podemos tener la puerta abierta circula mucha más gente del barrio, preguntan por actividades, se anotan. Crece muchísimo la parte social. Nosotros somos todos vecinos del barrio, vivimos toda la vida acá. No somos un gueto que nos encerramos entre nosotros; por eso quizá la relación con el barrio se da naturalmente, sin forzarla”, sigue Luis. Ser un club social y deportivo, entienden, no es lo mismo que un centro cultural o un boliche; es la posibilidad de tocar el timbre en cualquier momento, entrar y encontrarse con algo. Y sobre esto trabajan.

En la parte deportiva, hay más de siete disciplinas de contacto. En el primer piso, alrededor del ring profesional que armaron ellos mismos, los cuerpos luchan por no atrofiarse. La práctica del boxeo se basa en la repetición de un mismo golpe, sin la fuerza, claro. Es la reiteración del movimiento hasta que el cuerpo lo incorpore y se vuelva gesto. Se trata de luchar contra los años de cultura que pesan sobre los cuerpos en todas las dimensiones. Para Bruno, uno de los profesores de boxeo y referentes también de la organización, “muchos de los chicos que entrenan hoy acá no hubieran entrenado nunca en otro gimnasio. Nosotros no hacemos boxeo para entrenar un campeón, sino para darle un contenido social al deporte, que sirva para la inclusión, para generar ideas, pensar juntos otras cuestiones como la discriminación. Y en ese ida y vuelta crecemos todos”. La Cultura del Barrio hace festivales de exhibición y recibe invitaciones de los gimnasios y clubes de boxeo más importantes de la ciudad, como Almagro, Huracán y Atlanta. Los gimnasios los apoyan, participan, los reconocen. “Los profes de los otros clubes vienen, se encuentran con banners, con gráficos, con cosas que no ven en otros gimnasios y les llaman la atención. Y ese también es el objetivo”, cuenta Bruno. “Por ejemplo, el otro día un profe se quedó tildado frente al mural que tenemos de dos boxeadores besándose. Para nosotros, se llevó algo”.

En el aspecto social del club, hay recitales, proyecciones, presentaciones de libros. Hubo fechas de música desde noise hasta hardcore. Brindan el espacio y no cobran nada, siempre bajo un mismo criterio: “a nosotros como organización de base nos gusta que los diferentes colectivos se apropien del lugar para mostrar lo que hacen”.

“Partimos de estar siempre en un destino que no aceptamos: la calle, la cárcel”, define Luis. Como resultado de esa constancia, en los espacios del club se superponen los profesores, los que vienen a hacer las actividades, los amigos que se suman a colaborar, los que se apropian del espacio y hacen sus actividades. Unos invocan intensidades fraternas, otros hacen especulaciones sobre las marcas en su propio cuerpo. Les gusta estudiar el espacio, fijarse dónde pega mejor, dónde rebota, dónde se pierde. Probar formas de rebobinar la atomización. “Muchos de los chicos son pibes de barrio que te escuchan reguetón y vienen acá y van cambiando o aumentando la mirada. No es “voy a tirar una molotov y cae el sistema”, es el día a día que construye otra mirada. Es lo más jodido porque hay que mantener el laburo de base todos los días, pero ahí creemos que está el cambio”.

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