Homoxidal 500

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UN FORMATO. Cultural, política, musical, de poesía, de historietas, de ideas o del interés más específico imaginable, toda revista es un artefacto hecho y ajustado para estallar principalmente en el presente particular de su publicación. Sin embargo, si está bien construida, tiene la virtud de atravesar barreras espacio-temporales y ponerse en funcionamiento toda vez que alguien la abra y recorra sus páginas. El fanzine, ese tipo de revista surgido a partir de la certeza de que la escritura sobre fenómenos culturales no es monopolio del periodismo o de la crítica “profesional”, comparte esa capacidad explosiva, aunque con medios siempre artesanales, de fabricación casera y, en muchos casos, a partir de esfuerzos unipersonales que, de mínima, permiten la expresión de una individualidad y, en los mejores casos, componen, proponen y aportan a visiones del mundo singulares y a la vez compartidas. Si toda buena revista es una bomba de tiempo, un buen fanzine tiene las características y la potencia de un cóctel molotov.

UN RESCATE. La editorial Alcohol & Fotocopias viene hace algunos años llevando adelante un sostenido trabajo de publicación y difusión de la cultura punk de nuestro país, que incluye tesoros como el monumental Resistencia, Registro Impreso de la Cultura Punk Rock Subterránea de Buenos Aires (1984-2001), de Patricia Pietrafesa (publicado en 2013) o Tarde para todo, preciosa selección de collages del fanzine La Ponzoña (coeditado junto a Tren en movimiento y otros colectivos en 2014). Recientemente, llegó el turno de Homoxidal 500, compilado en formato libro del mítico fanzine homocore, editado por el productor, músico y activista Rafael Aladjem. La cuidada edición de 240 páginas incluye, íntegros, los cuatro números aparecidos entre 2001 y 2003, algunos Extras pensados para un quinto número nunca editado, una introducción del autor-editor y un doble índice de nombres y de temas. La publicación de Homoxidal 500 es una muy feliz noticia no solo por el lugar que ocupó en la cultura under de los años dos mil, sino por la vigencia que sostiene, en nuestro presente, su original mix de curiosidad punk, irreverencia hardcore, antidogmatismo libertario y una constante voluntad de autoafirmación estética, política y erótica.

UNA POSICIÓN. “Puto. Re-Puto. Putísimo. No se rían. Eso es lo que soy”. Homoxidal 500 elige desde el vamos, en posición de disidencia, fuera y contra algunas definiciones establecidas: la de “homosexual”, que suena a “clasificación de un manual de psicopatología”; la de “gay”, que apunta muchas veces a constituir un mercado y un consumo y despliega sus modelos, normativas y exclusiones (“todo lo que más me chocaba del mundo homo”). La operación, en línea con tantas otras, dentro y fuera del campo de la diversidad sexual, es la de apropiarse de lo más ajeno y recombinar su sentido: las palabras no tienen más sentido que el que nosotros les damos. “Puto” recoge el guante del insulto, lo da vuelta y convierte en carta de presentación, desactiva el lado “maligno” de las palabras y encuentra una perspectiva desde la que hacer un uso propio de la lengua.

UNA COMPOSICIÓN DE MUNDO. Aunque cuenta con un sostenido voltaje político, Homoxidal 500 nunca va a panfleto o a bajada de línea. Prefiere el muestrario, el intercambio, la proliferación y promoción de datos y experiencias. El mosaico de referencias estéticas y culturales desplegadas componen un mundo, del rock hardcore y punk al cine queer y el manga, pero también la escena contracultural porteña en la que el fanzine está inmerso, con eventos como el Festival Belladona, de mujeres rebeldes, o las fiestas Homocore, el día después de las Marchas del Orgullo GLTTB. La amplitud es una característica central del mundo Homoxidal: en su sección “Refrescos musicales”, de reseñas de discos, conviven Nick Drake, los Magnetic Fields, el low-fi bailable de Gravy Train, el hardcore de 7 Seconds, los experimentales y queercore The Need, la psicodelia brasileña de Secos e molhados y hasta una vindicación de Pablito Ruiz, aquel astro infante que cantaba y bailaba “impávido ante ceños fruncidos y risas asordinadas”. Otro punto importante lo constituyen las entrevistas a exponentes de la escena del hardcore y el homocore: a Martín Sorrondeguy, uruguayo, cantante de las bandas Los Crudos y Limp Wrist; al mexicano Luis Illades, baterista de los californianos y homopunks Pansy Division; a Boom Boom Kid, por ese entonces todavía Nekro, de Fun People; incluso, en el último número, a Facundo, un anónimo puto stone. En ellas se condensa el interés editorial del fanzine de presentar una sensibilidad que discuta, hasta derribarlas, posiciones reaccionarias al interior del universo del rock y el punk, y poner en valor un horizonte estético y existencial a esa altura presente pero en buena medida invisible y subestimado.

UNA ESCRITURA. Pero, además de todo lo anterior, Homoxidal 500 es una formidable apuesta de escritura. De hecho, el libro-fanzine bien puede leerse como una novela. De iniciación y de incitación (“Si no sos torta, si no sos puto, seguro que te hacés. Como mínimo. Y si ya sos, agarrate Catalina”). A lo largo de los números y las páginas, numerosos textos –la mayor parte de ellos de Rafael Aladjem, aunque hay lugar para colaboradores esporádicos e incluso lectores– van hilvanando una historia compuesta por mil y una historias. De las vivencias en el secundario al diario de viaje juvenil de la sección “Loosereando”. De los testimonios de “salida del closet” a las indagaciones sobre el mercado gay y sus parámetros identitarios y de consumo. De relatos de infancia en los que “coger” era una palabra abstracta asociada a imágenes vagas a anécdotas surgidas bajo el asombroso descubrimiento de una línea telefónica de contactos. Este continuum de escritura en primera persona, con fraseo, despojamiento y la presencia persistente del humor, permite cumplir con la invocación que, inaugural, aparece en el primer número: “Homos, rebeldes, unámonos”. Un ejercicio de narración a muchas manos y voces que, con el espíritu punk del “Hacelo vos mismo” y una disposición sensible superlativa (y seguramente envidiable por otras experiencias culturales y militantes), afronta ciertos interrogantes sustanciales de la vida en común: cómo conocerse a sí mismx, cómo reconocer a lxs otrxs y reconocerse en lxs otrxs, como confabularse con otrxs.

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