Mansión Dorée

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El otro día cuando volví de entrenar fui corriendo al baño de mis papás. En el mío estaba mi hermano y yo necesitaba ir urgente. Cuando pasé por el cuarto de ellos agarré algo que estaba sobre la mesa de la tele y que nunca había visto antes en mi casa. Tengo la costumbre, como la mayoría, de llevarme algo para leer o inspeccionar mientras estoy en el baño.

El objeto me había llamado la atención por la combinación de colores estridentes que desentonaba con la temática visón y camel del resto de la casa. Era un cenicero que llevaba la inscripción “Mansión Dorée” en el centro y abajo, chiquito y en cursiva, decía “El placer de tus fantasías” con dos figuras enroscadas. “¿Será un telo?”, me pregunté en ese momento, más que confundida.

Cuando salí, dejé el cenicero exactamente en el lugar donde lo había encontrado. Intenté hacer memoria y ser meticulosa, como cuando era chica y por estas fechas descubría el escondite de los regalos de Papá Noel (también en el cuarto de mis papás). Iba todos los días, desde que lo encontraba hasta el 24 a la noche, a revisar qué había para mí y para el resto. Antes de que entrara alguien al cuarto, volvía a poner todo en su lugar para no arruinar la sorpresa.

Fui a la compu y googleé en una ventana de incógnito “mansión dorée”. Tenían una página personal y una en Facebook. Abrí la primera e inmediatamente empezó a sonar una música de fondo como si fuera la cortina del programa de Susana Giménez. Las sospechas estaban confirmadas. Era un telo, nomás.

 

Las clases habían terminado y no me había llevado ninguna materia. Pero como me aburro en casa, las fui a buscar a Romi y a Luke al colegio que rendían inglés. Me puse el uniforme para que el portero me dejara entrar y me fui a sentar al descanso de las escaleras del segundo piso, mi lugar adentro del colegio.

Voy a sentarme ahí cuando tengo sueño, cuando no tengo ganas de hablar con nadie o tengo que hacer una tarea a la velocidad del rayo. Es un lugar oscuro, con poca luz –solo pusieron unas lamparitas cálidas de bajo consumo cada tres metros–, que me deja concentrarme y pensar en cosas, como por ejemplo: que mis papás estuvieron, hace relativamente poco, en un telo.

¿Cuándo habrá sido? ¿Se habrán quedado a dormir? Quizás el fin de semana que yo me fui de campamento y mi hermano a lo de los Santa. No me molesta eso. Pero el gesto de traerse el cenicero. O sea, te vas a un telo y encima te llevás el cenicero, como si no tuvieras hijos a los que tal vez no les guste pensar en sus papás teniendo sexo en su casa ni en un telo. En un telo con luces rojas, en un telo con música de fondo, en un telo con consoladores, con consoladoras, con jacuzzis, con horas de estar desnudos en una cama observados por una cámara de seguridad.

 

Estaba pensando en eso, acostada boca arriba en el banco de iglesia del descanso, cuando vino Luke y se sentó sobre mis piernas. Estaba comiendo un chocolate. “Che, pesás, boluda”, le dije. “¿Qué hacés acá, Poli?”, me respondió. Le dije que las había ido a buscar para ir al Andén a entrenar. “Joya”, pero todavía no empezó el examen. Nos dieron un recreo antes de diez minutos. Estábamos todos abajo pensando en la fiesta”. Al principio estaba perdida pero después me acordé que hablaba de la fiesta que estábamos organizando para juntar fondos para el viaje de egresados 2018. El otro día le conté a mi papá y me dijo que, con la inflación, con esa plata en dos años no alquilamos ni una bota de ski. Se lo dije a Luke y me respondió que a ella le habían dicho lo mismo sus papás. Nos reímos.

 

Después del examen de inglés, salimos Luke, Romi y yo para ir a fútbol, como todos los martes y jueves. En vez de ir directo, como tenemos media hora de más, siempre vamos a hacer tiempo a Plaza Flores. En el kiosko de Lucy compramos unas sonrisas, unas Lays y una coca chiquita y nos fuimos a sentar por el lado que da a Yerbal, cerca de las vías. Encontramos un círculo de pasto con sombra de dos metros de diámetro, con lagunas de tierra por acá y por allá. Era quince de diciembre y hacía un calor que pesaba sobre los hombros.

Nos pusimos espalda con espalda con Romi y Luke se acostó con la cabeza sobre las piernas de Romi; las tres cerramos los ojos al mismo tiempo. Tenía mucho sueño porque anoche me había quedado hasta tardísimo viendo The Walking Dead y me quedé dormida al instante. En ese momento, alguien me tocó el hombro izquierdo. Del susto pegué un salto en el lugar que despertó también a las chicas. Todas levantamos la vista, pero ya no había nadie cerca nuestro. Me paré, sacudiéndome el pasto que se me había pegado en el cuerpo, volví a buscar para todos lados y tampoco vi a nadie que nos estuviera mirando.

Agarramos las mochilas, los papeles de la comida que habíamos dejado tirados en el piso y salimos de la isla de pasto para entrar al océano gris. Ya teníamos las tres puestos los botines de Papi que llevábamos como uniforme al colegio. No necesitábamos cambiarnos la ropa; ni bien llegamos, pedimos una pelota y nos pusimos a hacer pases en la cancha de sintético número tres de El Andén. Cuando llegó el resto de las chicas ya estábamos bien entradas en calor.

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