Papi, fútbol

fulbito

Desde hace unos años que estadísticamente se acrecentaron las posibilidades de que me vuelva millonario. Desde hace algunos años que tengo un hijo que practica papi fútbol. Tiene condiciones y algunos parecidos importantes con Messi. Por ejemplo, suele llevar una camiseta de la selección argentina o del Barcelona, que dice Messi en la espalda.

Lo malo es que sus compañeros de equipo también la usan y sueñan con ser Messi. Y eso reduce las chances estadísticas de que en el futuro yo sea millonario.

—Pa, ¿vos creés que puedo llegar a ser como Messi? —me pregunta a veces.

—No, para nada.

—¿Por qué?

—Porque no te voy a llevar a los entrenamientos.

La verdad, es de admirar que los padres de Messi hayan logrado soportar durante tantos años los entrenamientos de fútbol de su hijo.

Porque es un ambiente imposible, como un circo romano, donde los papás presionamos a los chicos-gladiadores-esclavos-gallos-de-riña para que hagan cosas tremendas, cosas horribles a los hijos de los demás.

Hay papás re sacados. Se ponen a gritar basta, eh, juez, así Maxi, a los tobillos. Matalo, morde, mordé. Y es una mierda. Porque hay un árbitro que no los deja. Eso te desmoraliza y a ellos les baja la autoestima.

Mi hijo insiste:

—Pero ¿y si me llevaras a los entrenamientos? ¿Creés que podría ser como Messi?

—No, tampoco. Además no especules con algo que no puede suceder. Es imposible que cuando crezcas te deje entrenar tanto, porque correría riesgo tu escuela secundaria y como padre no puedo permitir que pongas en riesgo tu secundaria: es la institución donde aprendés cosas importantes, como drogarte. Y donde te enseñan a quedarte quieto y callado en un lugar sin entender para qué carajo estás donde estás. Eso va a ser fundamental para tu vida. Y, sobre todo, para la mía.

El otro día una mina interceptó a un pibe que probablemente era su hijo y le preguntó inquisidoramente por qué iba a cambiarse de remera.

—Porque tengo que atajar, faltó el arquero —contestó el pibe.

La mujer se levantó y, unos segundos antes de que su interlocutor saliera a jugar con los guantes puestos, le recriminó que aceptara. Dijo que ser arquero era una porquería, que ella se iba al bar a tomar algo y que si en algún momento él jugaba de verdad le avisara.

Es increíble que así sean las cosas. Lo dado vuelta que está el sistema de valores que tenemos como sociedad: en el segundo tiempo el chico salió del arco, se puso a jugar y no tuvo la deferencia de advertirle. Encima, sin la mujer cerca, el desagradecido hizo un gol que ella no pudo disfrutar.

Creo que en papi fútbol y, en general, en todos los órdenes de la vida familiar, es importante que no nos desviemos con exigencias estériles hacia nuestros hijos; que siempre estemos enfocados en lo primordial: ayudarlos a que nos hagan felices.

Share on FacebookShare on Google+Email this to someonePrint this pageTweet about this on Twitter