Transistores

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Cae el rocío. El cielo, nuevamente, vierte su manto de humedad sobre la tierra. Escucho el viento a lo lejos. No he sido suficientemente penitente, mi postura no es la correcta. Espalda erguida, miro lejos, pero no logro entrecruzar las piernas como indica el maestro. El ayuno ya no importa, la corrección viene más de una actitud mental a la que debo arribar. Zazen.

Los pensamientos deben ser como nubes dispersas en el cielo. No debe existir voluntad de gobierno intelectual sino un estado de unión y comprensión sensorial de mi entorno. Hombros relajados, espalda apuntando con vigor hacia el cielo. La respiración. Afuera, el camión recolector de basura hace su ingreso de todas las noches. Pla pla, sube el contenedor, pla pla, lo baja. Comprime la basura re, bruuuum bruuum, gime. Se queja, y una vez más se escucha el grito para continuar el camino.

No sé cuánto tiempo ha pasado ya, Carlos esta demorado. Siento que ya tengo la concentración y el foco necesarios para esta nueva misión: las horas que llevo aquí en la oscuridad me han preparado para una visión nocturna más acabada y, ojalá, una mejor percepción sensorial. El camino del artesano ha comenzado.

“Cruel en el cartel, la propaganda manda cruel…”, un tanguito irrumpe en mi guarida; primero pequeño, de a poco se sigue acercando. Reconozco el tono un poco chillón del sonido de la radio de Carlos. Sin embargo, no me muevo; sopeso la distancia entre “yo te di un hogar, siempre fui pobre pero yo…”. No debería admitirlo, por falta de humildad, pero en estos momentos juego una carrera conmigo mismo en la que desafío la precisión de mis sentidos.

El silbido de Carlos me termina de despertar. Él es así, no le gusta tocar ni el timbre ni la puerta; “Hay recuerdos que prefiero no evocar”, me dijo una vez, cuando le pregunté por qué. Entonces me hace su silbido típico y ya sé que prende uno de sus armados y me espera en la vereda. No me apuro. Necesito mantener mi concentración.

Salgo a la calle, ahí está; le hago una señal con la mano y comenzamos la marcha.

—¿Traes las pilas?

—Sí, tranquilo. ¿Todo bien con tus cosas?

—Sí, me las cuidan.

Su radio nos sigue de cerca. Ya sé que Carlos no es de decir mucho y a mí eso me viene muy bien. Me abruma la verborragia de algunos. Padezco la vileza del chorro innecesario de palabras que algunos derraman sobre el prójimo. Pero cuidado: humildad y concentración. Esto es lo que necesito para esta nueva misión.

Caminamos por Emilio Mitre, rumbo a Rivadavia, a buen ritmo. “¡Cuidame las cosas, eh, me lo debes, capo!”, grita Carlos a alguien que se asoma en su parada debajo de la autopista.almagro-dark-2-500x500

Yo apenas lo escucho. Se mezcla el aroma del pasto húmedo con el zumbido del tráfico de la autopista, mis articulaciones se acomodan al ritmo de la caminata y el locutor va tirando las noticias de las doce.

Conozco a Carlos hace más de un año; de a poco fuimos entrando en confianza, me gusta que sea prudente, que vaya sopesando al otro. Tal vez por defecto profesional. De a poco, fuimos atravesando los pruritos y temores de cada uno. Creo que ahora podemos decir que compartimos una amistad. A él no le molesta la máscara, desde el principio me dijo que le gustaba. Y mi vestuario despojado ni le llama la atención. Eso me ahorra energía y disipa mi mal humor. He aprendido con los años que, por más explicaciones que uno intente dar, hay cosmogonías que no se pueden transmitir si no hay preparación necesaria. Él tampoco acostumbra usar el transporte público, en principio porque no puede llevar su carrito y luego por mera costumbre. “Voy a pata”, dice y comienza a caminar.

“Primero pasamos por Don Bosco, ahí hay sopa seguro y luego seguimos aunque sea con algo en el buche”, dice y me guiña un ojo. A mí, poco me importa el alimento. Mi misión omite esos placeres pero para Carlos es importante, él debe asegurarse el bocado. Cada vez que deja pasar una oportunidad, se compra futuras complicaciones. “No sé si llegaremos antes de que pase el camión. Perdoná, estuve demorado resguardando el petate”.

En Don Bosco hay cola. Algunos ya con el plato salen a comer sentándose en el descanso de una de las puertas. Carlos se saluda con varios y a otros los mira de reojo. “Vos conmigo”, me dice seco y me señala para que lo siga. Extremo mi cuidado: debo velar por Carlos, sin sobresalir ni crearle problemas.

—Ella es Antonia, mi chica. Nos guardaba el lugar —me dice, riendo. Ella me saluda, me mira con curiosidad pero pronto se vuelve a meter dentro de su capucha hasta lograr el plato de sopa. No sabría descifrar su edad. Nunca la había visto por el barrio. Carlos me comenta que la conoció este último año después de un desalojo de Barracas. Cuando se quedó sin la piecita del hotel, vino a la plaza con otros y se encontraron. La sopa no está mal, bebemos y seguimos viaje.

La radio de Carlos se vuelve a sentir: ”Yo no sé cuantas noches de insomnio, en tus ojos pensando pasé…”.

—¡Anto, esta es para vos! —le dice y hace unos pasitos de vals.

Ella deja ver media sonrisa debajo de su capucha y no afloja el paso. Carlos me mira y se pone serio otra vez. Se para en la ventana del bar de la esquina y otea para adentro.

—¡Miren! Acá están todos los próceres del box: Carlitos Monzón, Pascual Pérez, Nicolino Loche, Ringo Bonavena, Locomotora Castro. Siempre que paso por acá los saludo.

—¡Ahhh, Carlos, vos siempre tan sentimental! —Antonia se ríe y lo empuja suavemente.

Apretamos el paso. Nos faltan unas veinte cuadras para llegar a destino y ya venimos demorados, ella lleva un carrito como de compras pero muy prolijamente dispuesto; a pesar de que está bastante cargado, no deja que eso la demore. Lo tiene como adosado al cuerpo, diría yo. Lo maneja con destreza y, llamativamente, no es obstáculo para nuestra marcha. También lleva un pichicho que la acompaña de cerca: ni muy grande ni pequeño, muy movedizo, se las arregla para ir y venir entre las esquinas y nuestros pasos. Siempre buscando, olfateando.

—Ella es enfermera, ¿sabes? Fue ella la que me ayudó con la pierna.

En este punto estoy un poco fuera de mí. El esfuerzo por ver la escena desde todos los ángulos me nubla el temple. Mientras las palabras de Carlos me atraviesan –hoy está especialmente parlanchín–, voy midiendo el entorno como la doctrina manda. Los patrulleros dispuestos por Avenida Rivadavia se van multiplicando a medida que avanzamos. Si bien hay movimiento de gente, ya los cuerpos se disponen por la ciudad de un modo diferente. Hay una mayor tensión en el ambiente llegando a Once. Plaza Miserere, Antonia, su capucha y su paso ligero contrastan con las trabajadoras de la plaza; aquí y allá, algún gigoló observando de lejos, gente sentada en los bancos y policías, de los uniformados y también de los otros. Tengo un tic nervioso que se dispara en estos momentos, acaricio el tzuka-maki de mi katana; sé que no debo hacerlo, pero me da seguridad. En estos momentos debo apelar a la doctrina, al camino del artesano.

—Anto, ¿le cuento a Sami tu historia, dale? —Antonia sube los hombros casi sin interés y sigue su camino. Carlos se me acerca y me relata, entusiasmado—. Ella trabajaba cuidando a unos abuelitos, por Belgrano, hasta que un día hubo una desgracia y los dueños la culparon a ella. Y ahí se quedó sin trabajo. ¡Flor de hijos de puta, encima que la explotaban la dejaron con esta pena! Siempre me habla de ellos, de cómo los cuidaba y se pone triste cuando piensa en el fuego. ¿Traes las pilas, no? Ya te pregunté, ah, sí, sí.

Finalmente llegamos a destino, Plaza Congreso.

—Dámelas, así te presento.

Busco en mi morral, saco despacio el paquete. Lo había envuelto de acuerdo a sus indicaciones, para que no se viera el contenido y disponiendo las pilas de modo tal que se pudieran ir sacando de manera independiente. Un muchacho alto acude a nuestro encuentro. Noto que me mide mientras se va acercando. Finalmente, Carlos nos presenta:

—Cacho, te presento a Sami, mi amigo de quien ya te hable, ¿te acordás? —Cacho asiente, sin dejar de mirarme fijo mientras le doy la mano—. Acá nos trajo para los muchachos —indica Carlos, mientras le da el paquete. Cacho agradece con un gesto con la cabeza y nos invita a reunirnos con los demás.

—Este es un bien escaso —dice finalmente—. Cuando nos quedamos sin ellas, la noche se estira y las preocupaciones y los miedos nos invaden. Muchachos, acá nos visita Sami —me presenta al grupo—. Hoy nos trajo pilas, así que el que necesite que me pida, pero con calma que la noche es larga.

Y así, debajo del escudo, himno y bandera, veo aparecer pequeñas radios a transistores de varios modelos y tamaños abriendo sus bocas para renovar la energía.

Fotografías: César Fernando Díaz

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