Ritual cotidiano

Fotografía: César Díaz

“Silencio en el desierto.
Una brisa descorre el velo y en un instante aparece;
la mirada no puede ya desconocer el horror.
Aquel sabor casi olvidado, como a sangre seca, se renueva.
Duele más, ya que el sopor se ha disipado,
la decisión de querer saber”.

Representación. Defensa o, tal vez, imitación. Es un bálsamo la diaria reconstrucción.

En el espejo, cómo no, es donde comienza el cambio.

Azul, color espiritual que recuerda la soledad y da perspectiva como el cielo. El rojo pone en relieve el peligro, ese, el de las almas. Advierte al transeúnte cansado la anomalía de las partes.

Blanco, el fondo que resalta la vida y la muerte. El negro, dueño de las sombras, recoveco, refugio. Y donde el traidor amasa sus quimeras.

La máscara diaria prepara y protege al guerrero para la lucha cotidiana. Cuerpo y cáscara se  complementan para que la perspectiva sea mayor. La sabiduría reside en el universo que los separa y debe guiar la precisión de sus gestos.

La repetición diaria no debe dejar de lado el ritual. En la danza de los tintes debe reinar el vals del concepto, la esencia del Samurái Peronista.

La repetición diaria no debe dejar de lado el ritual. En la danza de los tintes debe reinar el vals del concepto, la esencia del Samurái Peronista.

 

El camino. San Cayetano

“Jamás dejaré de entregar lo mío a los necesitados, hasta que me vea en tal pobreza que no me quede ni siquiera un metro de tierra para mi tumba, ni tenga un centavo para mi entierro.”
Gaetano di Thiene, abogado italiano de familia noble, despojado de materialidad y devenido santo

Visto mis ropas de fiesta, túnica color crema y abrigo suficiente para la jornada. Sé que hay presencia en Liniers desde la víspera, pero la ansiedad no es buena consejera. Ordeno la botella de agua en el morral y agrego unos frutos secos para el camino. El fresco del amanecer me acompaña y salgo a la calle: son las seis de la mañana. Cuando llego al parque, está vacío; ingreso por Emilio Mitre y ahí veo más trasnochados que deportistas madrugadores. Doy la vuelta en la esquina para ver si está Carlos, pero sin suerte. Ya debe estar dentro de la carpa, acaba de comenzar su horario de descanso.

Veo pasar a lo lejos el 85. Resisto la tentación. Mido los movimientos. Son veinte los kilómetros hasta el santuario. Debo hacerlos con holgura. Hoy soy el peregrino que garantiza la presencia, soy el reemplazo de algunos compañeros de la vigilia nocturna. Atravieso las calles nuevas por la luz de la mañana y el viento helado me muerde mientras aprieto el paso. Pan y Trabajo. Espiga de trigo y cinta roja. Desde el Santuario de Liniers bajaremos a pedirles más a los de la tierra que trabajan en Plaza de Mayo.

Casi sin darme cuenta, ya camino acompañado; es un imán el que nos lleva a estar presentes este domingo del año, es preservar la dignidad la que nos lleva a escuchar. Eucaristía para traer el pan al hogar y se escucha el aplauso cerrado cuando el Cardenal pide por sus feligreses. Lee la consigna papal: “No aflojar contra la pobreza”.

Me encuentro con Javier: él tiene todo organizado, caminaremos juntos. “Mi mujer nos espera en Once con sanguchitos y algo para tomar, así llegamos bien hasta la plaza”, me comenta con una sonrisa enorme. Ya organizados, caminamos juntos para comenzar a formar parte de la columna que va tomando la Avenida Rivadavia. Agrupaciones políticas, religiosas, frentes sociales: abruma tanta vida presente. Avanzamos por la calzada; en los balcones se asoman familias curiosas a mirar la gente que pasa, hay señoras en camisón que aplauden y alientan. En las esquinas puede verse a quienes, sin sumarse a la procesión, se acercan a saludar a sus caminantes conocidos. El lema: “Paz y Trabajo”, con el que han convocado varias de las organizaciones.

Sin perder el paso, me concentro en discernir toda la escena. Debo permanecer atento de los cuatro puntos cardinales, nada debe tomarme por sorpresa, Javier a mi lado va saludando a mucha gente. Es creyente y peronista, compañero de años, pero mi doctrina precisa de concentración para percibir la totalidad de la imagen, para que nada nos tome por sorpresa. No sé si él tiene clara la noción de cuál es mi función a su lado.

Estación Castro Barros del subte. Me subo a un camión estacionado en la esquina y veo que la columna se ve enorme hacia abajo: hay gente por lo menos hasta Primera Junta. Otros a mi lado sacan fotos de la multitud. Perderse es una fortaleza, ir en zigzag también lo es, pero perderse ante los ojos del adversario es el método que más utiliza el enemigo. Es por esto que necesito estar alerta. No es novedad la sospecha de alborotadores o algún loquito desatado, envalentonado por la época.

A mi lado, una familia acaba de unirse al camino de Javier, los padres conversan con él, sus hijos, de la mano, se van quejando: “¿vos sabías que veníamos a esta marcha?”, le pregunta el nene de diez a su hermana, un poco mayor. Ella, en actitud superada, niega con la cabeza. “Tengo hambre”, sigue él. Pienso en los frutos secos del morral, los saco y le ofrezco, pero el nene me mira con sus ojos bien abiertos. Expande su cara y, finalmente, con gran solemnidad, me agradece. Luego se adelanta con pasos cortos y se vuelve a tomar de la mano de su madre.

Fotografías: César Fernando Díaz

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