Mirtha vence al tiempo

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Alguna vez el General Perón dijo: “la organización vence al tiempo”. Pero, por ahora, solo por ahora, quien vence al tiempo es Mirtha Legrand. Y lo vence doblemente: con su presencia los sábados a la noche y los domingos al mediodía ante las cámaras de Canal 13, y a través de la fotografía que reposa sobre su escritorio, la que renueva semanalmente y desde la que sonríe atrapada en un marco como si fuera un sarcófago plateado. Nada de trampa vil al estilo Tinder u otras páginas de contacto donde se retrasa la vejez utilizando fotografías de hace veinte años. La verdad universal de la señora comienza en la verdad particular sobre sí misma.

Pero el General, como siempre, tenía razón: “la organización vence al tiempo”. Y sí: porque Mirtha Legrand es “la organización”. La organización del discurso dominante. O, por lo menos, una de sus defensoras más consecuentes.

 

La máquina psicópata

Dice la conductora: “Todo el sistema penal es corrupto, no solo los policías, también los jueces y los fiscales”.

El programa divide a la sociedad en dos bandos: los que están dentro de la ley y los que están afuera. Y el rol de Mirtha Legrand es nombrar e identificar a los que están afuera de la ley. De un lado, el mundo correcto. Del otro lado, el mundo corrupto. En esta segunda porción del universo, la voz indignada de la conductora va produciendo, programa a programa, un inmenso acumulado: los kirchneristas, los policías, los jueces, los fiscales, los ladrones, los asesinos. Mirtha los nombra y los iguala. Y, al nombrarlos, los clasifica penalmente. Toda la sociedad queda dividida en dos grupos: delincuentes culpables y víctimas.

De este modo, el programa funciona como un dispositivo de culpabilización. Una especie de máquina psicópata. Una máquina de nombrar. Una paternidad siniestra. Un registro civil de la política manejado por alguien empecinado en ponerle nombre a los culpables.

“Basta con el buenismo idiota: en un 65 u 80 por ciento los delincuentes reinciden”, dirá una de sus invitadas, Diana Cohen Agrest. Y explica: Eugenio Zafaroni desarrolló una teoría minimalista del derecho penal que tiene como consecuencia la violencia por mano propia. E insinúa: dado que el Poder Judicial libera a todos los presos, la gente los mata porque no tiene otra alternativa.

Mirtha Legrand conduce una zona liberada para la circulación de los discursos más extremos.

 

La corrupción en todas las cadenas causales

En el programa de Mirtha Legrand, la corrupción es el centro de gravedad de todas las explicaciones. Está en el origen de la totalidad de las cadenas causales. “¡Aumentó la pobreza! Fue por la corrupción”. “¡Aumentó la delincuencia! Fue por la corrupción”. Y así. Mirtha describe a la corrupción mientras esta circula en las cadenas explicativas: ya no como tema, sino como causa de todos los temas. Es la corrupción moviéndose en el lenguaje. Deslizándose como una serpiente que envenena la totalidad de las instituciones. Es el mal, que hay que erradicar, ahora visible y visibilizado, que lo explica todo. De manera sencilla. Para la audiencia de Mirtha.

Al mismo tiempo, Clarín titula una nota sobre la gobernadora de la provincia de Buenos Aires: “María Eugenia llegó a los 60”. ¿Aceleración de la temporalidad? ¿Vampirismo invertido en un juego fallido con el tiempo? No: llegó –se dice– a los sesenta puntos de imagen positiva. Y llegó porque la chica de Morón no solo se parece a una novia de Palito Ortega en alguna película de los años setenta, sino también porque expresa lo que podríamos llamar “el Frepasismo interrumpido en el 2001”: la conversión del discurso de la corrupción como insistente denuncia del gobierno anterior en discurso actual de transformación de las instituciones bonaerenses.

El modo de presentación discursiva de la corrupción como explicación de todos los males sitúa a quien lidera un discurso de erradicación localizada de la misma en un sujeto ascendente y con iniciativa política. En la partición de la sociedad en dos –delincuentes culpables y víctimas–, Mariú es incorporada al segundo campo pero como su expresión justiciera. María Eugenia Vidal es la Justicia. Y lo es porque, levemente, altera la temporalidad macrista: lleva la acción anticorrupción del pasado ampliado a un presente discursivo.

 

Ya no hay memoria: solo tiempo pasado

Mirtha Legrand vence al tiempo mientras el neoliberalismo transforma al tiempo en una categoría transversal de la política: ambos despliegan operaciones quirúrgicas en las que desechan la memoria mediante el mismo procedimiento con el que sobreutilizan el tiempo pasado como espacio ampliado de destrucción de la política. La corrupción lo explica todo pero, a la vez, todas las explicaciones están en ese tiempo pasado. El eterno movimiento del tiempo se llevó al kirchnerismo gobernante y, desde ese pasado, la corrupción del kirchnerismo vuelve como lo político que ha ser denunciado. ¿Y que sucede con la presunta corrupción actual, la del presente? Bien: Juan Tonelli, la pareja de la vicepresidenta de la Nación, Gabriela Michetti, es invitado para que cuente cómo aparecieron los dólares en la casa de su novia. Allí no hay denuncia: hay, en cambio, un largo relato desculpabilizador. Tonelli y Michetti no son clasificados como culpables. No han sido nombrados por el registro civil que da nombre a los corruptos. Están en el tiempo presente. Y la corrupción está alojada en ese tiempo ampliado del pasado.

No hay un trabajo sobre la memoria porque el neoliberalismo prácticamente no tiene historia democrática. Su historia entronca demasiado con las dictaduras y la memoria suele ser lo que las dictaduras quisieron ocultar. Hay, entonces, una desmemoria sobre la memoria, en la misma medida que existe una ampliación del tiempo pasado.

En este punto, Mirtha Legrand resplandece como síntesis: una longevidad que recorre el tiempo pasado y una ideología que niega la memoria. Pero, al mismo tiempo, la conductora, en términos biológicos, necesita de esa memoria sin memoria para seguir clasificando culpables: aparece entonces la presencia tranquilizadora del científico Estanislao Bachrach, que le asegura que “el cerebro no se gasta con el uso”. O la de Facundo Manes. O la de Nacha Guevara. Entre todos, juntos, trabajan para vencer al tiempo.

 

Historias de conflictos que se disuelven

Cuando vi a Gabriela Arias Uriburu sentada en la mesa de Mirtha supuse que no se cansaría de denunciar al jordano que le arrebató los hijos y que la obligó a peregrinar por medio mundo para volver a verlos. Pero no. Arias Uriburu explica lo que le pasó con el maléfico musulmán como un desencuentro entre culturas. Muestra fotos de ella, sus hijos y el ex esposo apropiador compartiendo un cumpleaños, riéndose. Su caso puede verse como una experiencia radical de disolución de un conflicto: una historia donde no hay culpa individual sino puro determinismo cultural y, por lo tanto, se trata de una historia de reconciliación. El conflicto está, pero en un formato en el que resulta denegado. Lo contrario de la psicopatía culpabilizadora.

¿Y cómo se resuelve el conflicto entre Pampita y Nicole Neuman? Como siempre: evitando la violencia.  Recuerda Mirtha: “Evita la deja sin trabajo para toda la vida a Libertad Lamarque”. Y se pregunta: “¿Pasará lo mismo entre Isabel Macedo y Pampita?”. Entonces, interviene José María Muscari, quien diferencia el conflicto de la política del conflicto del mundo del espectáculo: la pelea de Nicole y Pampita no tiene consecuencias. “En cambio, los escándalos y peleas de los políticos sí las tienen”, dice, serio, concentrado; como si fuera un científico de la NASA explicando la próxima expedición a Neptuno. En síntesis: sicarismo simbólico y definitivo sobre el cuerpo inerte del kirchnerismo en ese pasado ampliado, construcción de una memoria sustituta, memoria ejemplificadora de los caídos simbólicos del kirchnerismo en manos de los sicarios justicieros, y un futuro sin conflictos, donde el tiempo se haga infinito y Mirtha Legrand consiga su merecida eternidad. El macrismo funda el tiempo de la inmortalidad de Mirtha.

Se trata, finalmente, de una historia de vampiros, de alteradores del tiempo.

Por suerte, como ya lo dijo Bogart: “siempre nos quedará París”, es decir, la invención de territorios utópicos donde retomar el control del tiempo. A través de la política. Y, si no, ¿de qué otro modo?

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