Sangrre nació obsesionada por retener la idea de otra vida posible.

La quietud y la espera que se producen cuando un movimiento se detiene y toca refugiarse bajo tierra no impiden que la sangre siga su imparable trayectoria. Corre dejando atrás algo desintegrado y tristemente enfermo. Circula con pulso firme aunque de a ratos casi imperceptible, en busca de reparo, convalecencia, reconstitución, sanación. Se mueve hacia algo que deberá indefectiblemente resignificarse y que no depende de ningún hecho particular, ya que consiste en una articulación persistente y nutritiva que hace posible enhebrar, frente a cada peripecia, una superación posible, un devenir vital capaz de cobijar y expandir las inquietudes sobre lo digno, lo justo, lo sensible.

Esta Sangrre corrió, reposó, se renovó y oxigenó incluso cuando la realidad insinuaba que no quedaba nada por hacer. 2019 se presenta como una bisagra en nuestro recorrido. Es el tiempo posterior a la decadencia y la tristeza. Un año cargado de significados absolutos en el que nuestra potencia se despierta, se moviliza y se agita a través de una certeza acerca de lo común, una verdad acerca de lo compartido: esta tierra importa, la vida importa.

La hora de nuestra travesía llegó. Vamos a dejar atrás la miseria de esta época porque afortunadamente todavía tenemos donde ir.